Memorias del pedroñero Luis Olmo Ortiz - Recuerdos de la infancia en El Taray | Las Pedroñeras

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miércoles, 19 de marzo de 2014

Memorias del pedroñero Luis Olmo Ortiz - Recuerdos de la infancia en El Taray



por María Olmo Ruiz




Mi padre escribe sus recuerdos en 1980, con casi sesenta y cuatro años, lo hace a máquina -una Olimpia chiquitita, la primera que tuvimos y conservamos-. Me lo puedo imaginar tecleando con los deditos regordetes que tenía e intentando plasmar sus vivencias a la tierna edad de 10-12 años.


Claro, que habiendo nacido en el 1916, las referencias no son comparables con las nuestras y menos aún con las actuales. Quiero decir que en esa primera parte del siglo XX, a los 10 años se asumían tareas casi de adulto.

Supongo que a los 10 años el chiquete ya sabía –tenía que saber hacer- un montón de cosas, porque los hijos venían para ayudar a los padres y así se vivía, como lo más natural del mundo.

En fin, me propongo transcribir todo lo que relata, con sus expresiones y los giros propios del habla de Pedroñeras, que a lo largo de sus palabras se detecta en muchas ocasiones.

Y sin más, paso a saborear esas cosas pequeñas que realmente muestran la grandeza del ser humano.


MEMORIAS - Capítulo 1 "El Taray"
      

Quisiera escribir algo sobre la manera de pensar en mi infancia, a la edad de diez o doce años. (Esto nos remonta hacia 1926/28).

Cuando yo tenía diez años, mi padre estaba trabajando de mayoral en la aldea del Taray. Allí fueron dos años los que estuvimos. 

Ya entonces pensaba bastante en aventuras; me gustaba mucho “correr” y, de haber podido, me hubiera corrido el mundo entero. De zagal estaba Doroteo Mota que,  por cierto, era una persona excelente pues tenía unas cualidades extraordinarias: era trabajador, obediente, muy educado y cariñoso 

Durante los veranos venían los dueños y yo hacía de morillero. Mejor dicho, de mandaor: iba al pueblo para traer la prensa, el correo y toda clase de carnes y confites, codornices, perdices, conejos, liebres y todo lo que a comida se refiere.




Recuerdo que algunos días el segundo viaje al pueblo se hacía con una tartana tirada por una yegua y era Calixto quien la manejaba. Si él estaba cabreado, llevaba la yegua al trote y si no lo estaba pues al paso. 

A la yegua la llamaba Lola y cuando el animal tenía que cagar se paraba; mejor dicho, iba al paso y Calixto decía: “Arre, yegua, cagar se caga corriendo.” 

Sabina era la cocinera y Calixto le cantaba: 

Que si no se le quitan cantando 
los dolores a la cocinera,
que si no se le quitan cantando,
déjala que reviente y se muera. 

Calixto estudiaba para abogado. 


El señorito Ramón era el más joven. Por las tardes nos íbamos de caza con una escopeta que tenía de matar pájaros y a veces matábamos entre seis y diez. 

Por las mañanas le servían de desayuno leche o chocolate y como no tenía apetito los cuatro o cinco bizcochos que le ponían se los echaba al perro por la ventana, pero que así, todos los días. 

La doncella era la María, nacida en Belmonte, pero yo no tenía con ella la misma confianza que tenía con la Sabina, que era la cocinera, como ya he dicho. Sabina me daba natillas y pollo asado, que estaban gloria

De aquí, del Taray, aún me queda mucho por contar. Recuerdo al hermano Angelón, que era el mayoral de las vacas. 

En esos tiempos dormíamos en la cuadra Doroteo, Celedonio "Sopito" – que era el zagal de las vacas-, mi hermano Felipe y yo. Sobre las seis de la mañana llegaba el hermano Angelón y nos llamaba diciendo: "Vamos, muchachos, poner los huesos de punta y a trabajar".





Me viene a la cabeza un día en que mi padre me mandó al pueblo con un carro de varas y la mula que llamábamos Poderosa, que por cierto era muy perra, y muy mala. 

Esta vez salió de casa ya de mala gana y al llegar a la era se me volvió para la casa y no había forma de sacarla de allí. Mi padre se lió a darle palos y salió para la era como un tiro. 

Recuerdo que, como era verano, o sea en el agosto, iba todo a la larga de un pez –que sí que tendría trescientas fanegas de trigo- y yo en lo alto del carro, y como iba a volverse otra vez para la casa, y la rueda del carro por to lo alto del pez …y …¡allá que te va zumbando, el carro y la mula al suelo! Los tableros salieron corriendo y yo también, con tan buena suerte que no me pasó nada. 

Fue una tragedia, que si alguien la hubiera estado presenciando hubiese pasado un miedo terrible. 

También recuerdo que por las noches, después de cenar, teníamos que bajar pienso y había un cuarto trastero en el que mi hermano Felipe y yo poníamos un saco por el exterior de la gatera y nosotros por dentro, a veces cogíamos hasta quince ¡qué cacerías se montaban! 

En este tiempo también aquí aprendí a montar en bici con una que tenía Antonio el del hermano Vítor Manuel, que, por cierto, yo no alcanzaba a los pedales desde el sillín. 

En los veranos, cuando las viñas ya tenían los tronchos como de una cuarta, yo me tiraba como unos dos meses de trabajo, con una mula y un garabato. 

Mi hermano Felipe, en esta época, con ocho años, iba de pastor con las vacas y por ese tiempo teníamos una perrita, de pelo negro y largo, con una estrella en la frente y los dedos de las cuatro patas blancas que le llamábamos Selica. Era listísima. Felipe la enseñó y se la llevaba todos los días con las vacas y cuando se iba alguna a un trigo o a alguna viña, le decía: "Selica, mira"; y entonces la perra iba y echaba a la vaca fuera del sembrado.





Madrid 14 de febrero de 1980, Sigue…


También en este lugar se crió una gata que era de color ceniza, muy bonita y muy lista; desde pequeña le enseñé a blincar y llegó a saltar casi los dos metros, aproximadamente. Cuando nos volvimos al pueblo la llevamos con nosotros pero al día siguiente se volvió al Taray por tres veces consecutivas y ya tuvimos que dejarla por obra fuerte. Siguió allí, en la casa hasta que se murió. 

Recuerdo que crié un pájaro, que le decíamos Perico era una cidra – son parecidos a los gorriones-; se crió suelto en la cocina y cuando llegó a ser grande le abríamos la ventana y se marchaba al tejado, pero después bajaba muchas veces a la cocina y si le llamaba venía y se subía en mis hombros. 

Aquí fue también donde aprendí yo a nadar pues en los veranos todos los días después de comer nos marchábamos a la Laguna a bañarnos, y allí fue donde aprendí a nadar. Nadie me enseñó, pero es que cuando se está en el agua todos los días, se aprende a nadar uno solo.





Anteriormente al hermano Angelón estuvo de vaquero el hermano Pedro, que tenía dos hijos y dos hijas. Juan, que era el más viejo, se marchó voluntario al ejército. Cuando explotó la guerra civil ya era sargento. Pedro también marchó voluntario, pero ya en guerra, con tan mala suerte que los dos murieron. 

El hermano Angelón, ya el hombre tan mayor –no recuerdo su edad, pero sí que tendría próximo a los sesenta años- en Socuéllamos un día se tiró al tren. Estuvo muy malo pero no murió. 

A este hombre sólo le quedó la mitad de la familia pues los dos hijos murieron en la guerra y sólo le quedaron las dos hijas de las cuales la más vieja estaba casada con un Campos y la más joven con Víctor "Gorreta"

Recuerdo que Juan, antes de marcharse voluntario, siempre estaba con los libros en la mano en la casa y a todas las horas. Soñaba con Ejército, le gustaba con delirio, pero la suerte no le acompañó. 




También por esta época, fue cuando murió Faco "Miguelejas", hermano de Gabriela, que se marchó voluntario y estaba con Simeón, que, por cierto, en este Regimiento era donde tenía solicitado para ingresar voluntario, y al explotar la guerra y todo esto ya no me llamaron. 

Pero yo, como estaba con esta idea, fue cuando decidí de marcharme y me dije “!que sea lo que Dios quiera!”.

Continuará...

©María Olmo Ruiz

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