Ya empiezan verse en esta aún incipiente etapa primaveral, esos atardeceres en los que, del sitio en que el sol se hunde para intentar pulsar el interruptor de la noche y encenderla de nuevo, arranca una palma de nubes de un tornasol rosáceo y azulado. Irrumpe el prodigio sin avisar su belleza y sorprende a los ojos, distraídos y olvidadizos. Y las fotografías solo muestran una pequeña porción del dionisíaco espectáculo, porque algo mágico toma forma indescriptible en nuestro interior.

