Ya empiezan verse en esta aún incipiente etapa primaveral, esos atardeceres en los que, del sitio en que el sol se hunde para intentar pulsar el interruptor de la noche y encenderla de nuevo, arranca una palma de nubes de un tornasol rosáceo y azulado. Irrumpe el prodigio sin avisar su belleza y sorprende a los ojos, distraídos y olvidadizos. Y las fotografías solo muestran una pequeña porción del dionisíaco espectáculo, porque algo mágico toma forma indescriptible en nuestro interior.
Dice de esta imagen de arriba la IA (y así ha de ser) que "Esta imagen captura un momento específico de un cielo colorido al atardecer, caracterizado por nubes de tonos grises, azulados y rojizos.
Este fenómeno visual se produce cuando la luz solar se dispersa al pasar por la atmósfera durante la puesta del sol.
El color rojo intenso y rosado es resultado de la luz solar baja en el horizonte reflejándose en las nubes.
El cielo gris indica áreas con mayor densidad de nubes que bloquean la luz directa".


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