por Vicente Sotos Parra
En los años setenta no era fácil empezar a vivir de lo que daba la siembra solo de los ajos. Los principios todos son duros para los que como Felipón empezó con pocos cuartos con mucha ilusión para el inicio de una nueva vida. Recién acabada la mili sin cuartos. Dependiendo de todo lo ajeno, contando con la ayuda de su tío Raimundo, y los consejos del hermano Juanantes. El consejo fue este: "Busca una tierra de barbecho, una buena simiente, que no le falte la humedad durante todo el año, ya que las plantas son como las personas necesitan comer y beber cada día; mantenlas limpias de parásitos, guierbajos, verás que esas plantas te darán el fruto por ese trabajo". Así fue como el hermano Juanantes le dejó la simiente para sembrar la primera fanega de ajos. Encontró una tierra al quinto. Lo primero que hizo en cuanto los cogió fue a pagárselos. Luego sacó la simiente para las dos fanegas del año siguiente. Esta fue sus ganancias de ese primer año. Entre el quinto de la tierra y el pago al hermano Juanantes saldó el año sin ganancias, pero con simiente de las dos fanegas del segundo año. Pero mejor que yo, que nos lo cuente el mismo Felipón el JABATO pedroñero. Habla Felipón:
Yo me hubiese casado antes, sí; pero ahora, no. ¿Quién es el curro que se casa con las cosas como están hoy? Yo hace cuatro años que estoy de novio. No me parece mal, porque uno antes de casarse “debe conocerse” o conocer a la otra persona, si vale. Mi suegra, o mi futura suegra, me mira y gruñe, cada vez que me ve. Y si yo le sonrío me muestra sus dientes como un mastín. Cuando está de buen humor lo que hace es negarme el saludo o hace que no distingue la mano que le extiendo al saludarla, y eso que para ver lo que no le importa tiene una mirada agudísima.
A los dos años de estar de novios, tanto Carmen como yo nos acordamos que para casarse se necesitan tener cuartos y, ya han pasado los dos primeros y los ajos no valen. Empecé sembrando una fanega el primer año. Con los cuartos que saqué le pagué la simiente al hermano Juanantes. Y sembré dos al año siguiente. A ver si los ajos subían, hice el mismo con el tercer año y puse tres, para ver si subieran de precio.
A todo esto, mi novia y la madre andaban a la gresca. Es curioso; una, contra mí, y la otra a mi favor, siempre tiran a lo mismo. Mi novia me decía:
--Felipón, tienes razón, pero ¿cuándo nos casamos, hermoso?
Mi suegra me decía:
--Tú no tienes razón de protestar, de manera que haz el favor de decirme cuándo te puedes casar.
--Yo la miraba. Es extraordinariamente curiosa la mirada del hombre que está entre una furia amable y otra rabiosa. Le dije a mi suegra (para mí una futura suegra está en su peor fase durante el noviazgo de sus hijas), sonriendo con melancolía y resignación, que cuando valieran los ajos, que con lo que se sacaba casarse significaba ponerse una soga al cuello. Reconoceréis con justicia que no estaba mal encaminado.
Mi novia movió la cabeza aceptando mis razonamientos (cuando son novias, las mujeres pasan por un fenómeno que se invierte, son ellas las que aceptan nuestros razonamientos). Ella aceptó y yo tuve el orgullo de afirmar que mi novia era muy inteligente.
Ya empecé a poner tres fanegas de ajos, pero los precios no subían por lo que seguíamos en las mismas. Y entonces, con gesto digno de un héroe, hice cuentas. Cuentas claras y más largas que las cuentas griegas que, según me han dicho, eran interminables. Le mostré con el lápiz en la mano, el catálogo de los gastos. Encima de la mesa se quedó el papel con las cuentas, que era imposible todo el casorio si los ajos no valían.
Mi futura suegra se enfurruñaba y escupía veneno. Sus ímpetus llevaban un ritmo mental sumamente curioso, pues oscilaban entre el homicidio compuesto y el asesinato simple. Al mismo tiempo que me sonreía con las mandíbulas, me daba puñaladas con los ojos. Yo la miraba con la tierna mirada de un borracho que espera (morir por su ideal). Mi novia, pobrecilla, inclinaba la cabeza meditando en las broncas intestinas, esas verdaderas batallas de conceptos forajidos que se alargan cuando el damnificado se encuentra ausente. Al final se impuso el criterio del aumento de seguir un año más para saber si los ajos tenían mejor precio. Mi suegra estuvo una semana en que se moría, y no se murió. Al contrario, parecía veinte años más joven que cuando la conocí. Manifestó deseos de hacer un contrato para que se cumpliera la idea de que al año siguiente no pasara que nos casaríamos, propósito este que me espeluznó. Dijo algo entre dientes que me sonó a esto: “Le llevaré flores”. Me imagino que su antojo de llevarme flores no llegaría hasta tal extremo. En fin, a todas luces mi futura suegra reveló la intención de vivir hasta el día que los ajos valiesen a dos duros el kilo.
Felipón se detuvo en la calle, con un pie en el bordillo y los labios ligeramente entreabiertos. Una bombilla de la esquina con un ramalazo le iluminó las tres cuartas partes de su rostro, y el vértice de su cornea brilla más que el de un actor de cine. Sin embargo, su corazón galopaba como el de un caballo que va a reventar, y piensa: Al mismo tiempo que ella tomándolo de un brazo repite satisfecha.
--¡Cómo van a rabiar las que yo sé!–. Luego calla, regustando su satisfacción elástica y profunda. Le parece mentira haber esperado durante tanto tiempo llorando de congoja y envidia en su almohada de soltera, cada vez que se casaba una amiga suya. Ellas se mirarían las unas a las otras, diciéndose con ojos aterrorizados de presunciones: "Cada vez es más difícil cazar a estos hombres. ¿Qué debe hacerse para atraparlos?"
Llegó ese año en el que los ajos ya se pagaban a ocho pesetas el kilo. Mi suegra me dijo en un tono que se podía conceptuar de irónico si no fuera agresivo y amenazador:
--¿Supongo que no tendrás intención de esperar otro año?
Cuando le iba a contestar estalló una crisis de gobierno. Casarse bajo un régimen que anda en crisis sería demostrar hasta la evidencia que se está loco. O cuando menos, que se tienen alteradas las facultades mentales. ¡Yo no me caso! Hoy se lo he dicho.
--No, señora, no me caso. Esperemos que el gobierno convoque elecciones y a que se resuelva si se reforma la Constitución, o no. Una vez que el Congreso esté constituido y que todas las atribuciones marchen como deben yo no pondré ningún inconveniente al cumplimiento de mis compromisos. Pero hasta tanto este un Gobierno Provisional no se entregue el poder al Pueblo Soberano, yo tampoco entregaré mi libertad. Además que puede que bajen el precios de los ajos.
--Se le oyó decir a la madre de mi novia.
--¡Aprende.., hacerle... adelantos a tu novio...,aprende!
Cierto que mi actitud no es la correcta, pero en los actuales momentos ni los gobiernos pueden observar procedimientos correctos: cierto que la gente hablará, pero si yo pudiera escribir en los periódicos, le rogaría a los habitantes de este hermoso Lugar que se pusieran una mano en el pecho y que me contestaran imparcialmente. ¿Cuándo la gente no ha comentado la conducta de un prójimo? Si no me caso, las familias, en cotorreo de personas honestas, demostrarían que tengo precisamente la pasta indispensable para ser un excelente marido.
De manera que proceda de una forma, o de otra, las lenguas viperinas me despellejarán sin consideración. Lo que la gente necesita es un motivo de conversación. La liebre. Luego con la liebre, ellos se preparan el guiso a su gusto.
Años más tarde tuvo una idea que le funcionó a las mil maravillas poniendo en el mercado los ajos morados JABATOS por su tamaño y calidad nadie lo dudaba.
¡Y si no me creéis, mirar los que tiene en las manos!
(CHASCARRILLO)
Si los ajos no valen,
Felipón no se casa.
La novia lo entiende y
la suegra muerto lo quiere.
Los ajos no valen
casarse no se puede.
Tendrá que seguir soltero
tendrá que ser la liebre.
Mientras las leyes sean
necesarias para los hombres,
dejan de ser aptas
para la libertad.
PITÁGORAS


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