por Vicente Sotos Parra
Era una noche de esas del mes de enero fría de narices por allí por el año 1968. La discoteca Boyma, la joya del pueblo, brillaba con sus luces de colores y sus letras de neón que parpagueaban de vez en cuando, como si estuviesen cansadas de tanto iluminar noches de fiesta. Felipón y sus amigos se reunían en la puerta, esperando darlo todo en la pista de baile.










