EL ROMANCE DE SAN ISIDRO DIVULGADO EN LAS PEDROÑERAS
Con una motivación especial, tomamos de nuevo la pluma (o el teclado, por mejor decir) para escribir otro artículo sobre san Isidro y su fiesta, a petición de Cristina Pacheco, con la que contraje el pasado año un compromiso que no he olvidado. Esta vez, os hablaré sobre el romance dedicado a san Isidro que se divulgó por estas tierras hasta bien entrado el siglo XX y que uno recogió por escrito y publicó para evitar su olvido. Os pongo en antecedentes.
A raíz de la canonización, en el año 1622 (como comentamos el
pasado año en un primer artículo que podéis leer aquí), la figura de san Isidro se hizo aún más
popular, y favorecieron esto mismo, por añadidura, los numerosos pliegos de
cordel y hojas volanderas en donde, desde el mismo siglo XVII, figuraban
relatos sobre la vida y milagros del santo, es decir, una especie de síntesis
hagiográficas dirigidas al público en general, entre el que abundaba un
analfabetismo manifiesto, más allá de las cuatro reglas y la lectura torpe, silabeada
y guiada con el dedo. Las imprentas sacaron beneficio con estas hojas, pero
también aquellos vendedores ambulantes que se encargaban de divulgarlas por los
pueblos y ciudades de nuestra Piel de Toro, casi siempre ciegos o gente
impedida que se ganaba el pan de esta manera (ese era el beneficio, y que no
faltase: pan, digo). En Pedroñeras, aparecían de cuando en cuando, parando en
lugares pasajeros, y en torno a ellos se arremolinaba la chiquillería y las
mujeres mayormente, que eran quienes más apego tenían a estas historias que el
ciego, manco, cojo… se encargaba primero de recitar o cantar con la mejor
gracia que el cielo o su naturaleza le asistían para embelesar a la audiencia.
Mi abuela Victoriana era una gran compradora de estas hojas volantes, y he de
decir que no tardaba mucho en memorizar los romances que venían impresos en
estas hojitas de papel de poca calidad (algunos de los que se sabía de memoria
superaban los 500 versos, que se dice pronto). A veces, el hombre que las
recitaba (siempre, en todo caso, con cierta melodía o entonación enfática, y
alzando la voz hasta el límite que su garganta le permitía) se servía de un
pliego de aleluyas con viñetas que representaban momentos o escenas de lo que
se iba contando en el relato. También existió este tipo de pliegos en el caso
de nuestro santo. Con una vara o la misma garrota que le servía para apoyarse
al andar, iba señalando la escena al tiempo que sus palabras se referían a
ella. Si habéis visto la película sobre el crimen de Cuenca, de Pilar Miró,
sabréis a lo que me refiero.
Aleluyas sobre la vida y
milagros de san Isidro.
Fue en los años 90 del pasado siglo cuando empleé una buena
parte de mi tiempo libre en recopilar nuestro cancionero popular, ese que solo
podía consultarse no en libros, sino acudiendo a la memoria de nuestros mayores
una vez que decayó la moda o, mejor, la tradición de cantar coplillas y otras
canciones más extensas. Me impuse que toda esa literatura que se había
difundido y cantado de manera oral no podía perderse para siempre, de modo que acometí
tan rara empresa haciendo entrevistas a familiares y ancianos del lugar, y
sirviéndome también de agradecidos trabajos de mis alumnos (algunos todavía los
recuerdan pues dejaron huella en su memoria, no solo por el trabajo resultante
en sí, sino por la experiencia de conocer de sus abuelos de manera directa
estos cantarcillos y romances). El trabajo final se publicó a través de la
Diputación de Cuenca unos diez años después (en 2009) de haber acordado con el
servicio de publicaciones que el libro merecía la pena que pasase a la estampa.
Pero esto es una historia muy larga que merecerá ser contada en su momento.
Yendo a lo que nos interesa, la versión del romance recogida
por mí (en distintas versiones de variantes mínimas en Las Pedroñeras),
respondía a una de las más divulgadas en nuestra región, recopilada también por
el estudioso Francisco Mendoza Díaz-Maroto en su interesantísimo estudio sobre
el romancero albaceteño. Mi informante directo fue mi madre, Lucía Sotos
Gabaldón (quien lo recordaba de memoria perfectamente), pero también me
llegaron otras versiones de Ramona Salcedo, María Gómez Pacheco y Mª Luisa Martínez,
que apenas diferían de la conocida por la Lucía “la Santana”, mi
progenitora.
Este romance fue muy divulgado por la España meridional y
narra el conocido episodio (o milagro) acaecido en las tierras de Iván de
Vargas, en Madrid (aunque no se mencione el lugar ni el nombre de su amo en tal
romance) en las que san Isidro labraba por haber sido contratado para ello.
Otros labradores que allí servían, viendo que el santo aparecía en el trabajo
pasado el mediodía (se ausentaba por irle a rezar devotamente a la Virgen, acto
que tampoco se menciona en el romance) acuden, envidiosos, con el chisme al tal
Vargas (un caso de absentismo laboral, diríamos hoy en día), caballero y dueño
de la finca. Las quejas provocan que el propio Vargas acuda a espiar a Isidro
para comprobar los hechos sobre el terreno. Se acerca a él, pues verifica que
está arando con unos bueyes (también otros que “lucían de blanco” (los ángeles),
lo saluda, le pide explicaciones y le responde Isidro que a él solo le ayuda el
Señor. Emprende entonces la arada y, atónito, Vargas comprueba que, pese a
haber solo un arado, aparecen sobre la tierra tres surcos. Entiende entonces
que Isidro es santo y que lo que allí está aconteciendo es un milagro y que
esto ha de darse a conocer.
Sin más, os paso a copiar el romance en su versión pedroñera
para que disfrutéis con él, lo memoricéis y así ayudéis a perpetuar este
popular poema y la memoria de san Isidro Labrador. Vamos con él.
[Como podéis comprobar, los versos son octosílabos, se
agrupan mayormente en coplas, y se dan en él distintas asonancias en í-a,
-é y á-o, siendo esta última la que más abunda].
Imagen de san Isidro
Labrador que se venera en Las Pedroñeras
(postal de los años 70).
Romance pedroñero de san Isidro
San Isidro
Labrador
labraba en
su quintería
y, cuando
salía a labrar,
era más de
mediodía.
Los de
aquellos alredores
todos le
tenían envidia
en ver que
sus gananciales
iban a más
cada día. (o “sin comparación crecían”)
Fueron a
casa del amo
y lo fueron
a imponer:
-Mire usted,
que su criado
no cumple
con su deber.
-Si mi
criado no labra
ni cumple
con su deber,
a usted no
le pido nada
para pagarle
al criado,
así que él
está conforme,
yo servido y
él pagado.
Su amo, que
no era tonto,
se quiso
enterar del caso.
A otro día,
por la mañana,
ha cogido su
caballo.
Desde la
orilla del pueblo,
vigilaba
desde largo,
y vio que en
su tierra había
tres pares
de bueyes blancos,
y los que
iban detrás, (o “y los que llevaba Isidro”)
también
lucían de blanco. [los ángeles que le ayudaban]
Al pasar por
un arroyo,
que todos
acostumbramos,
tendió la
vista hacia el suelo,
donde pisa
su caballo.
Y, cuando la
levantó,
no había más
que Isidro arando.
Ya llega
donde está Isidro
y, después
de saludarlo:
-Dime tú,
Isidro, quién son
los que te
están ayudando.
-A mí no me
ayuda nadie
para hacer
yo mi trabajo;
tan solo el
Rey de los Cielos,
que me da
salud y amparo.
Estando en
estas palabras,
salió san
Isidro arando,
y vio que
salían tres surcos
sin haber
más que un arado.
Se vino el
amo a su casa
con alegría
llorando
en ver que
en su finca había
un labrador
que era santo.
A otro día
por la mañana
las campanas
repicaron,
que iban a
alzar a Isidro
por mandato
de su amo.
Hasta el año que viene. ¡Feliz día de
San Isidro, paisanos!
Finales de los 70. Carroza de boda.
En la foto: Vicente Solana padre, con gorra; Florencio Cano e Isabel Crespo
(padrinos); Isidoro Araque y Pili (novios); Juan Antonio “Morceguil”
(invitado); Jose y José Luis (monagos); Eugenia Higueras (angelito); Vicente
Solana hijo y Antonio Gallardo (curas). Aparece también la madre de Isidoro.
Cedida por Antonio Gallardo Izquierdo “Pililla”.
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