Imagen tomada del libro de Ruano
Pensaba yo que había sido cosa de nuestra generación, pero compruebo que no, que jugar con las bolas hechas con papel de plata es de una tradición moderna, sí, pero con unas cuantas décadas encima, si es que no podemos hablar ya de un centenar (y pico) de años. Al principio (desde finales del siglo XIX prácticamente) este papel se hacía de estaño y no fue hasta mediados del siglo XX cuando el de aluminio (que no era tóxico) se generalizó sustituyendo, en consecuencia, al anterior. Fue el papel con que, básicamente, se envolvía el chocolate. De modo que, por ello mismo, llegaba a los hogares. Y claro, sin un uso concreto, muchas veces se utilizaba para hacer bolas con las que jugar; bolas que variaban su peso y tamaño dependiendo de para qué se usasen.
En fin, es el caso que ando ahora leyendo algunas obras de un autor que me tiene enganchado desde hace años. Se trata de ese escritor y periodista marcado (por motivos ajenos a la calidad de su escritura) de fértil y prolífica pluma llamado César González-Ruano, quizá el mejor columnista que ha dado nuestra literatura periodística. Entre esas obras, me he hecho con la primera edición de mayo de 1959 de un libro curioso: Libro de los objetos perdidos y encontrados. En él, Ruano hace un repaso a los objetos que pueblan nuestras casas (las de su tiempo, las de su nivel social) y escribe unas líneas, unas páginas, sobre ellos, haciéndolos nacer, así, con su escritura; haciendo que reparemos también nosotros en ellos, en esas cosas que pasan desapercibidas a nuestros ojos, aunque las usemos a diario. Y resulta que uno de esos capítulos lo dedica el escritor a las bolas de papel de plata. Las notas de Ruano sobre estos objetos son siempre impresionistas, llenas de liricidad, de plasticidad, de recuerdos y desde un punto de vista personal e inédito.
Al llegar aquí, a ese capítulo del libro, no he tenido por menos que acordarme de los años escolares y de instituto, en los que nuestras madres nos envolvían el bocadillo con ese papel de plata, ya comprado, como ahora, evidentemente, no del chocolate. Ese papel lo arrugábamos, hacíamos unas bolas con él (juntándolo con otros que encontrábamos por el suelo del patio de recreo o los pasillos) y, bien prensados entre nuestras manos de lúdicos infantes, las utilizábamos para jugar a una especie de minifrontón para el que servía la misma pared del pasillo o de una clase. Creo recordar que marcábamos una raya en el suelo (las mismas rayas de los ladrillos servían) y cuando dábamos con la mano a la brillante y grisácea pelota esta debía rebasar esta raya tras chocar contra la pared. También debía pasar tras nuestro golpeo de una altura delimitada en tal pared. En fin, era juego de entretenimiento también entre clase y clase, mientras esperábamos al siguiente profesor con el que armábamos un jaleo impresionante pues para devolver la pelota a veces uno se tenía que desplazar súbitamente o tirarse al suelo, con lo que chocaba con los demás o quizá con el cuerpo también caía una mesa aledaña (esto lo recuerdo sobre todo del primer año en el instituto de Mota, cuando hacíamos el primer año de Bachillerato (B.U.P.), que se correspondería con lo que hoy es 3º de E.S.O. Por cierto, daba gusto al final del juego darle un pisotón y dejarla hecha una tortilla, una tortilla como del espacio, a lo Star Trek. No observo a los chicos ahora jugar a nada parecido, aunque algunas bolas de aluminio se sigan viendo por los pasillos de nuestro insti pedroñero, más aún junto a las papeleras dispuestas en sitios estratégicos del pasillo, en las cuales nuestros escolares practican el tiro de tres con estas bolas del llamado "papel Albal".
¿Recordáis jugar con bolas de papel de aluminio (o de estaño) en vuestra juventud? ¿Qué otros usos le dabais a ese papel o a esas bolas? ☺
Imagen tomada del libro de Ruano
ÁCS
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