Historia de un ventanillo - Por Fabián Castillo Molina | Las Pedroñeras

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miércoles, 28 de noviembre de 2012

Historia de un ventanillo - Por Fabián Castillo Molina


por Fabián Castillo Molina

Historia de un ventanillo 

Habían construido su humilde casa de pastores alejada del pueblo, próxima al Záncara, entre verdes pastizales, cañas y al otro lado el monte. Eran tiempos difíciles y duros y las paredes se hacían con la tierra humedecida con sudor, trabajada en el amanecer y cuando anochecía, después de acabar la faena de cada jornada. Luego los albañiles en sábados y domingos tapiaban ayudados por el pastor y dueño de aquella pequeña parcela conseguida con mucho esfuerzo.


Cuando por fin cubrieron aguas lo celebraron. Mataron una cordera de las que llamaban malparías e invitaron a comer a los albañiles. Hicieron amistad mientras duró la obra. Empezaron a usar la casa en el verano porque su sombra se agradecía mucho y porque estaban deseando tener casa propia. Descansaron poco menos de un mes porque la Angustias reclamaba tener por lo menos “un cuarto y una cocineja”, como ella decía. 

Con paja y barro, y un molde de madera empezaron a fabricar adobes para hacer los tabiques. La puerta de la calle la había hecho él, de una trilla de su suegro, en desuso. Las que separarían el cuarto y la cocina del resto de la casa" de momento podían servir unas cortinas aunque fueran de saco de arpillera". Con eso se conformaba ella. 

Vinieron otra vez los albañiles cuatro sábados y levantaron los tabiques, y además, hicieron chimenea grande en la cocina, porque leña en los campos aquellos no faltaba y, en el invierno, los hielos apretaban. Abrieron un hueco en la tapia ya dura y pusieron una ventaneja pequeña para poder mirar fuera alguna vez sin salir a la calle. Terminaron la obra. Echaron lumbre y asaron unos conejos que el pastor había cazao con cepos, que para eso se daba buenas mañas. Volvieron a celebrar el avance de la obra con sus ya buenos amigos, los albañiles. 

En el otoño, los chopos junto al río y el campo abierto estaban tan hermosos que la Angustias se pasaba buenos ratos mirando por la ventana, esperando a su hombre. De vez en cuando según soplara el aire andaba humo en la cocinilla y entreabría la ventana. Como la brisa era a veces tan agradable, un día un poco, otro día un poco más, fue abriéndola, abriéndola hasta dejarla de par en par. Nunca pasaba nada. Una noche llegó él y encontró las ventanas abiertas. 

―Angustias, no te fíes tanto, que cuando menos pienses, puedes tener dentro de la casa lo que menos esperes y te puedes llevar un buen susto ―dijo él. 

―Si ya tengo cuidao. Es que hoy me he puesto un rato a cosete un poco los peales y con la ventana abierta entraba mejor luz. 

―Bueno, pero tú no te fíes que ya te he dicho alguna vez que antes de entrar el invierno no tardarán en aparecer al olor del ganau esos que aúllan y no son perros o algún bicho peor. 

No transcurrió una semana desde que tuvieron esas palabras y ella preparaba ya la cena aunque todavía no se había puesto el sol. Olía bien la caldereta que estaba preparando. El pastor llegaría ya pronto; venía solano y andaba un poco humo. Abrió una hoja de la ventana una rendija de dos dedos. Salió a por un haz de leña para que cuando él viniera, se calentara, que traería frío. No vio ni escuchó nada anormal. Cuando volvía con la leña, al entrar en la cocina dio un grito de espanto. La ventana estaba abierta totalmente. Unos ojos brillantes la miraban desde el fogón. El gato montés le enseñó los colmillos y con el grito se espantó y salió como un rayo por donde había entrado. Se le alteró mucho el pulso. Cerró de prisa la hoja abierta. Dudó si contárselo a él cuando llegara. Al final, se lo dijo y se llevó un rapapolvo, aunque él no era muy dado a los malos modales. 



[Antes había escrito lo que leemos ahora a continuación:]  

—¡Me cagüen la madre que te parió!, hermoso. Ya te he dicho veinte veces que no quiero vete asomau a ese ventanillo mientras estemos aquí en el corral los pastores. ¡Vaya puta manía que tiene el chiquete! En cuanto nos oye, ya está ahí, como un búho de esos, na más que mirando por el ventanillo. Verás cómo desde hoy se va a joder. Esta misma tarde compro un cerrojo en el pueblo y lo pongo por fuera. Como me llamo Matías. 

Así fue como empezó la historia del ventanillo con dos cerrojos. Uno por dentro y otro por fuera. De madrugada, cuando Matías se iba con el ganado, cerraba el cerrojo por fuera. 

La criatura había ido creciendo mirando todo con ojos fijos desde que cumplió los cuatro años. Había cogido la martingala de arrastrar una silla y subirse en ella. En cuanto oía los perros ladrar, los “beeeeeeee” de las ovejas y el tintineo de los cascabillos, corría a mirar. Disfrutaba solo con ver llegar a los pastores y todo su jaleo. El tropel de animales empujándose unos a otros entre la polvareda, sus balidos, los corderos corriendo de un lado para otro azuzados por los perros. Los chivos abalanzándose sobre las cabras aunque llevaran el baleo para evitar la cópula. Ese ambiente era lo más excitante de la jornada, pero a los perros les tenía mucho miedo desde que el más pequeño, Boca Negra, que estaba un poco enloquecido, una mañana le dio un mordisco, y aunque no recuerda que fuera muy grande, su padre lo tuvo en cuarentena. Cuando cicatrizaron las heridas, por más que se estiraba, solo conseguía alcanzar con las manos el borde de la jamba de la mínima ventana que daba al corral. Fue por entonces cuando descubrió que desde encima de la silla más alta, sus ojos se ponían sobre el nivel del marco inferior del ventanillo, y podía disfrutar viendo todo el ambiente de la llegada y luego de las tareas del ordeño y más tarde también del sacrificio de alguna oveja coja o algún cordero. 



Ahí se quedó la historia en el segundo intento, y aunque hubo otros, la versión final ahora cinco años después no la encuentro. 

Mirando el ventanillo que dio lugar a la historia recordé a Senén y a Justa recogiendo aquel sencillo ventanillo para regalárselo a su prima Rosa. Justa sabía que ese detalle de los dos cerrojos le gustaría. Senén a regañadientes desmontó el frágil marco todavía sujeto precariamente por el yeso en aquel corral abandonado y la casa en ruinas. Lo echaron a la furgoneta y Justa lo guardó en su casa hasta que viniera su prima de Madrid. 

En la primera ocasión que aparecieron Antonio y ella, ahí estuvo el presente cogido adrede pensando en ella. Hablaron un rato sobre el origen de los dos grandes cerrojos, uno por cada cara para un trozo de madera tan pequeño y con visagrillas de alcancía. Elucubraron, le dieron vueltas al origen, a la decisión de cerrar por los dos lados. Así surgió la idea de componer una historia para dar sentido a esta decisión de cerrar por ambas partes con cerrojo un hueco tan sumamente mínimo.

San Martín de la Vega, 21 de agosto de 2012
©Fabián Castillo Molina

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