Por Vicente Sotos Parra
¿Cómo sería tu vida con amor, sin recibir amor, sin dar amor? Sería una vida incompleta, aunque siguieras respirando y cumpliendo con lo cotidiano. Vivir con amor pero sin recibirlo ni darlo es como tener un pozo lleno de agua en medio del campo..., pero sin cubo, ni cuerda. El agua está ahí..., la capacidad de sentir, de querer, de cuidar, pero no sube ni baja. No llega a nadie ni nadie llega a ella.
Sin recibir amor, faltaría el reflejo, nadie que te confirme que le importas, que te vea de verdad.
Sin dar amor, faltaría el sentido, porque amar también es una forma de existir hacia afuera, de dejar huella.
Y ahí está la clave, el amor no está hecho para quedarse quieto. Es movimiento. Es intercambio. Es ida y vuelta.
Sin ese flujo, la vida se vuelve más mecánica que humana.
Pero también digo algo importante, y muy real, una vida así no es natural. Porque el amor, incluso cuando parece bloqueado, siempre encuentra alguna grieta por donde salir.
A veces en forma de:
Una palabra amable sin pensarlo.
Un gesto pequeño.
Una preocupación por alguien.
O incluso con el deseo de que eso cambie.
Eso ya es amor moviéndose.
Siéntate un momento, como si estuviésemos a la fresca en la puerta de la casa, que esta historia huele a tierra seca y a reflexión de las que se quedan.
Allá por un verano de los años 60 el sol rajaba las piedras. Felipón y Bartolo estaban en el percance de la galera acarreando los ajos a la báscula. Eran uña y carne. Notó Bartolo que Felipón andaba raro, seco taciturno; esto le llamó la atención, le resultaba curioso.
Y digo curioso porque Felipón tenía amor dentro, mucho amor, pero no lo usaba. No porque no quisiera, no. Es que se le había metido en la cabeza una idea rara.
---“¿Pa qué voy a querer a nadie..., si luego nadie me quiere a mí igual?”
Así que decidió vivir “tranquilo”. Sin dar... y sin esperar.
Al principio, aquello parecía funcionar.
Iba al campo, saludando a los que se encontraba en el camino lo justo.
--¡Buenos días!
--¡Buenas!
Ni una palabra de más ni una de menos.
En el bar, se sentaba siempre en la misma silla.
Ni reía con los chistes, ni contaba los suyos.
--“¡Felipón!, ¿No dices na?”—le preguntó un día Bartolo.
--“Pa decir tonterías, mejor callar” -respondió él, serio como una encina.
Y claro, la gente dejo de insistir.
Pasó algún tiempo y algo empezó a cambiar.
No fuera... Dentro.
Felipón seguía haciendo todo igual, pero notaba como si la vida pesara más. Como si cada día fuera un saco de trigo mal cargado.
Una tarde, trabajando en un piscajo de tierra medio abandonado en Las Lagunas. Encontró un pozo viejo tapado con cuatro piedras mal puestas.
--¡“Anda, si esto estaba aquí”!,-- Murmuró.
Quito las piedras, se asomó. Y allí estaba el agua. Clara. Quieta. Profunda.
Pero no había cubo ni cuerda.
Felipón se quedó mirando un buen rato..., hasta que soltó, casi sin querer:
--¡“Agua tiene, pero no vale pa na”!
Y en ese mismo instante, algo le hizo “clic” por dentro.
Se quedó callado, muy callado, demasiado. Esa noche no durmió bien, le daba vueltas a la frase. Al día siguiente volvió al pozo, se sentó al lado, como si fuese una persona el pozo.
--“No es que no valgas” –Dijo rascándose la cabeza-- “Es que nadie saca lo que tienes”.
Y entonces se dio cuenta.
No era el pueblo.
No era la gente.
Era el.
Tenía cariño, amor, pero no lo daba. Tenía ganas de sentirse querido, pero no dejaba que nadie se le acercara.
Era como ese pozo, lleno por dentro, inútil por fuera.
Ese mismo día, pasó algo pequeño, pero importante. Al pasar por el pozo Nuevo la hermana Teresa ya mayor cargada con un cántaro de agua en el ijar y en la otra mano un cubo. Felipón la miró, dándole el saludo, no lo dudó, y por primera vez en mucho tiempo vio en sus ojos el agradecimiento sincero antes que él diera o pidiera nada a cambio.
--“Deje, hermana, que eso pesa más que un pecado”.
Le cogió el cántaro y el cubo sin esperar respuesta. La mujer sonrió, una sonrisa sencilla de esas que no hacen ruido..., pero llenan.
--¡Gracias, hermosón! --Le contestó la hermana Teresa.
A Felipón le pasó algo raro: el cántaro y el cubo seguía pesando, pero él no sentía el peso.
A partir de ahí, no se volvió un santo ni nada de eso, que tampoco era cuestión de exagerar, pero empezó poco a poco. Cambió su forma de ver y vivir la vida.
Un saludo más largo. Una mano cuando hacía falta. Una risa cuando tocaba.
Y lo curioso fue esto, que sin darse cuenta empezó a recibir, una conversación aquí, un gesto allá. La silla del bar ya nunca se sentaba en la misma.
Un día volvió al pozo esta vez con cubo y cuerda. Sacó agua, bebió y dijo medio riendo:
--¡Mira tú... si... si valías para algo!
Y mientras el cubo subía y bajaba, Felipón entendió por fin que el amor no es para guardarlo ni para medirlo ni para esperar a ver si te lo devuelven igual. “ES PARA MOVERLO”. Porque, si no, te pasa como al pozo, que teniendo agua que es vida no sirves para nada.
Y desde entonces, en Las Pedroñeras, cuando alguien andaba raro, seco o taciturno, demasiado callado. Felipón soltaba:
--¡A ESTE LE HACE FALTA CUBO Y CUERDA!
Todos sabían de qué estaba hablando. Incluso Felipón, que ya no se quedaba callado.
(CHASCARRILLO)
Si el agua es vida ten
siempre cubo y cuerda.
No dejes nunca de dar amor,
sin esperar recompensa.
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RUSTICIDAES MANCHEGAS
(De nuestro paisano
Julián Escudero Picazo)
A que tus ojos quemaban
vainte reales m'aposté.
Lie un pito, lo mirastes...
y echó más humo qu'el tren.

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