ÁCS
Ya sabéis que todos estos temas de lo imposible, el más allá, lo incógnito, lo extraño... es decir, todo aquello que supone una rareza o se sale de las normas euclidianas me entusiasma, o, al menos, suscita mi atención. Yo soy de los que creen lo justo, esto es, todo lo que se basa en teorías más o menos creíbles o justificadas de una manera lógica o con planteamientos razonables. Soy abierto de miras, digamos, pero tampoco me trago cualquier cosa. Yo escucho (y leo, he leído mucho) y lo dejo registrado (los que habéis leído mis "Guías secretas" lo sabéis). Y también sé que he escuchado cosas de gente muy cuerda que han trastocado mis principios. Y es que los principios muchas veces no son sino prejuicios, así que ¡cuidadito! Lo digo por si se da que lo imposible, lo extraño, nos sorprende alguna vez (casi siempre es cuando menos lo esperas) y tenemos que cambiar de principios de la noche a la mañana.
Y dicho todo esto, me meto en harina. Uno de los temas o motivos que están emparentados con este tipo de rarezas son las pareidolias. Se dan cuando algo que vemos o que escuchamos (pero casi siempre que vemos) nos recuerda a otra cosa por semejanza: nubes que nos recuerdan a objetos o a animales, o a nuestro vecino; piedras, manchas, superficies espumosas... Solemos darles un valor añadido: Esto no puede ser; esto es un signo, ha aparecido por algo; esto intenta decirme algo, no puede ser que aparezca así porque así... Las pareidolias muy raras, y más si tienen que ver con lo religioso o lo incógnito suelen ser causa de preocupaciones intelectuales o esotéricas. Lo extraño impacta, nos sacude por dentro. Nos sorprende. Nos desconcierta y... nos hace pensar. Así somos.
Las pareidolias del café con abundantes. Me refiero a las que aparecen en la espuma del café. He indagado por la red, pero yo creo que el ejemplo pedroñero supera a las que aparecen por ahí desperdigadas. Os narro brevemente el caso.
Mi santa suele hacer café todos los días para después de comer. Yo ese día no quise y me largué a la sala de estar, la de la tele y el sofá. En estas me llama mi hijo desde la cocina (conocedor él de que lo que iba a mostrarme me iba a gustar). ¡Mira lo que ha aparecido en el café! Lo veo y, sí, me impacta. Jolines, parecía un ángel con sus alas desplegadas (bueno, yo me llamo Ángel y mi hijo el mayor también, como su abuelo: le llamábamos Ángel Nieto en broma a mi chico). En fin, hay algo más. Y es que a medida que él va dando sorbos al café y este va bajando en altura, la figura no sufre ninguna modificación. Se mantiene ¡hasta el final! Sorprendente (o curioso). Y cuando el café por completo pasa a depositarse en su estómago... en la pared interior de la taza queda trazada como una cruz o algo similar (vosotros me diréis).
No creo -la verdad- que esto signifique nada y es muy posible que todo sea fruto de la casualidad, pero a uno le da que pensar. ¿Y a vosotros?
Os pongo las imágenes y juzgáis:

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