Hay
ocasiones en que, cueste lo que cueste (entendedme), una obra literaria necesita
de una reedición, y esta que ahora presento es una de ellas por el solo hecho
de constituir un bien cultural para nuestro pueblo. Yo juzgué en su día que la
titulada El alcalde de Pedroñeras,
del dramaturgo del siglo XIX Emilio Mozo de Rosales, que hace poco tiempo descubrí
con inusitado júbilo, era depositaria per
se de esta dignidad, y, sin duda, existía una exigencia moral por nuestra
parte de que viese de nuevo la luz, y además aquí, en el lugar en que
transcurren los hechos. No lo hacía desde 1865, cuando se publicó en Madrid, y
posiblemente ni un ejemplar de lo que sería una corta tirada llegaría a nuestro
pueblo (ni en la Nacional
ni en librerías de viejo he podido encontrarla, pese a que, de hecho, se vendió
en las librerías madrileñas de la época).
En este enlace (aquí) puedes leer las características generales de la obra (pincha y lee).
En este enlace (aquí) puedes leer las características generales de la obra (pincha y lee).
Me dije que no podía dejar de dar a conocer a mi pueblo esta obra única y en esta labor he empleado un año de trabajo (de nada), una vez que conseguí el manuscrito que se custodia en
No
es fácil encontrar el nombre de nuestro pueblo citado en una obra literaria,
pero mucho menos lo es hallarlo al frente de su título. Por esto mismo siempre
se quedará corto el agradecimiento u
homenaje que, aunque sea póstumamente, podamos hacer los pedroñeros a este
escritor que ha dejado para la historia del teatro español una obra que quizá
será pequeña para algunos (y es posible que no solo por su extensión), y, sin
embargo, qué grande ha de resultar para nosotros los pedroñeros si es que
sabemos corresponder, y pienso que sí.
De
por qué don Emilio se sirvió de nuestro más importante topónimo, es decir, el
de Pedroñeras, para titular su sainete o juguete cómico (comedia en un acto), y
centrar el desarrollo de la acción aquí, es algo que no escapa a cualquier
elucubración y algunos intentos hago en la "Introducción" de este
libro en pos de la búsqueda de algunas razones que expliquen el caso.
Sin
querer revelar el contenido de esta comedieta de enredo y costumbres, me
limitaré a dar alguna pincelada sobre el argumento de la misma. Don Miguel es
el alcalde que porta la vara consistorial de nuestro pueblo en esta obra de
ficción (y en verso). Se trata de un buen hombre que, queriendo -como todos
queremos- lo mejor para su hijo, manda a este, de nombre Rufino, a estudiar la
carrera de Farmacia a Madrid, sacrificando parte de su hacienda y sueldo en
pagar sus estudios. Allí, en la corte, como no podía ser de otra manera, su
amantísimo hijo se dedica a dilapidar los cuartos de su padre y a no dejar
escapar ocasión para salir por la noche a las salas de baile de moda en la
capital y llevar, en definitiva, una disoluta vida de crápula, como ha sido lo
común, por otro lado, entre los estudiantes de toda época (la cosa, como veis,
viene de antaño). Como otros muchos universitarios de este tiempo, comienza una
relación sentimental con una modistilla de aquellos Madriles, llamada Lola.
Pero llegan las vacaciones y Rufino abandona a esa compañera de paseo, de baile
y quizá de algo más, a la que nunca quiso de verdad. De modo que regresa a
Pedroñeras, donde le espera su padre con los brazos abiertos; no obstante, la implacable
modista, cazadora empedernida, deja el obrador y le sigue hasta nuestro lugar
y... se arma el lío.
La
obra se representó en Madrid en 1865 (en el Teatro de Variedades) y, posteriormente,
debido al éxito entre el público, también en 1876 (en el Teatro Martín), cuando
su autor ya había muerto. Desconozco qué ecos llegaron de esta representación a
nuestro pueblo. Si no llegó ninguno, ahora lo hace: ya saben que nunca es
tarde...
Y
pues este texto solo pretende ser una nota informativa a modo de breve presentación,
doy fin al propósito, con el único deseo de que disfrutéis con la lectura de El alcalde de Pedroñeras, como yo lo he
hecho, en espera de que el prólogo y las notas que adornan la edición sean de
vuestro interés. Y, bueno, no creo que esté de más instituir su representación
como tradición que ahora comience, cosa que propongo desde estas páginas a
quien esté en disposición de aceptar el reto.
[Este artículo se publicó por primera vez en Pedroñeras 30 Días, número 96, octubre de 2009]
[Este artículo se publicó por primera vez en Pedroñeras 30 Días, número 96, octubre de 2009]
©Ángel Carrasco Sotos.
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