Os voy a contar una historia que indirectamente (muy indirectamente) está relacionada con Las Pedroñeras. Ya sabéis que la familia de los Mendizábal tiene arraigo en Pedroñeras en el momento en que Rafael, hijo del famoso ministro de hacienda y desamortizador Juan Álvarez Mendizábal, se casó con una hija de este pueblo, Salomé Cañavate y se vinieron a vivir aquí. Esta foto que veis arriba fragmentariamente y entera más abajo es de un torero llamado Francisco Arjona Herrera, natural de Madrid, el cual nació bajo el signo de Tauro un 20 de mayo de 1818, y fue amigo de Juan Álvarez Méndez (este era su apellido original). Me la pasó hace un par de años (ya) mi amiga Nadia Liébana Pérez a la que debo algunas ilustrativas y enriquecedoras conversaciones.
Este torero fue apodado Cúchares, y obtuvo una popular nombradía en su época por su buen hacer en ese llamado arte del toreo, sobre todo por sus innovaciones con la muleta. Fue, también, el primer torero que se hizo ganadero de toros bravos. Murió en La Habana a los 50 años de edad al haber contraído allí la fiebre amarilla.
Pues bien, os cuento. El que fuera ministro de Isabel II y un personaje histórico que, por su fama, está enterrado en el Panteón de hombres ilustres (ahora "de España") en Madrid, cuya visita recomiendo, junto a la basílica de Nuestra Señora de Atocha; en concreto, en el llamado Panteón Conjunto que aquí os muestro, obra de Federico Aparici.
En los últimos días de su vida, Mendizábal sufría la escasez de recursos económicos, a lo que se unía una grave enfermedad. La noticia de esta situación llegó a Cúchares, quien demostró ser un buen hombre (aunque sus enemigos le criticaron su vanidad y su excesivo amor al dinero). Ocurrió lo siguiente: El torero acudió a visitarlo (Mendizábal estaba postrado en su cama) y, con discreción, le puso bajo su almohada ocho mil reales de la época, cumpliendo con una promesa en la que había asegurado que el político no moriría humillado. Una vez le dio el dinero, dijo (según palabras textuales que la historia recogió): "Señor don Juan, que aquí no se carezca de nada, que vengan cien médicos, que yo pago; y ahora no traigo más ¡caramba! Pero ahí queda eso y volveré".
Lástima que Mendizábal muriese unas semanas después, en abril de ese año de 1853. Ese dinero fue el que quizá se empleó para comprarle el féretro en que se depositó el cadáver de Mendizábal.
El altruismo de Cúchares hizo que gastase dinero con demasiada rapidez. Esto (dicen los que entienden) le obligó a ir a una edad ya avanzada a Cuba para sacar unas perras, donde le sobrevino la muerte.



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