LA HIJA DEL CURA (capítulo 92 de las historias de Felipón) | Las Pedroñeras

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miércoles, 2 de septiembre de 2026

LA HIJA DEL CURA (capítulo 92 de las historias de Felipón)

 

LA HIJA DEL CURA

CUENTOS AL FRESCO

Por Vicente Sotos Parra



Aquella cuadrilla de sabios en aquellas noches calurosas se juntaban era para contar cuentos, historias que les hacía que la velada fuese más liviana trasportándoles de esta manera a tiempos de antaño y recordando a los que ya hacía años dejaron de estar entre ellos. Era una forma de volver a tenerlos presentes, de averiguar cómo adquieren virtud y honor los hombres honestos, y llegar a ser tan sabios que a su edad era ejemplo y doctrina para los demás.  El hermano Franquito sabedor de que al hermano Juanantes le tocaba en el lugar donde el más disfrutaba, que era el tema de los curas. Le dijo.

--¡Aique! Que digo yo, que si no tienes ningún cuentecillo por ahí de esos que tanto te gusta contar.

Le faltó tiempo para contar este que el Jabato pedroñero, Felipón, escuchó esa noche.

Este cuento me lo contó mi padre que lo oyó del suyo, por lo que ya ha llovido desde que pasaron los hechos, contando que fuese verdad.

--En aquel entonces había un párroco en el lugar, llamado Paciano, que ya era viejo, pero que en su juventud tuvo por amiga una hermosa muchacha de un pueblo de Valencia y, había tenido de ella una hija, que en esa época de nuestra narración era muy guapa y estaba en edad de casarse. La fama divulgaba por todas partes que la sobrina del cura era una hermosa muchacha. En la vecindad habitaba un joven, que, habiendo visto muchas veces  a la sobrina del cura, se enamoró de ella, y tuvo la idea de una astucia sutil para lograrla.

Una tarde en que el tiempo estaba lluvioso, hacia el oscurecerse, se disfrazó de aldeana, y después de haberse puesto las faldas, se amarró sobre el vientre líos de paja y de tela, que le daban el aire de estar embarazada y con el vientre en la boca.

En seguida se fue a la iglesia para pedir confesión, como hacen las mujeres a punto de parir. Llegado a la iglesia, hacia la primera hora de la noche, tocó a la puerta, y habiendo venido a abrir el sacristán, le preguntó por el párroco. El  sacristán le dijo:

--Ha salido hace un momento para llevar la comunión a un enfermo, pero no tardará en volver.

La mujer embarazada dijo entonces:

--¡Desdichada de mí! ¡Estoy rendida de la fatiga!

Se limpiaba a cada instante con un pañuelo, tanto para no ser reconocida como por el sudor que le cubría el rostro. Se dejó caer en el banco de la iglesia sentada como si no pudiese más, y quejándose continuamente.

--Lo esperaré, porque a causa del peso de mi vientre me sería imposible volver, si el Señor dispone de mi vida, no quisiera que me cogiese sin confesión.

-- Que Dios la proteja, hermana – respondió el sacristán y le dejó que esperase tranquila.

El párroco volvió hacia la una de la noche. La parroquia era  grande y sus fuerzas cada vez más pequeñas. Cuando la hubo visto en la penumbra, la mujer con dificultad, le explicó que lo había esperado, y limpiándose siempre el rostro, le dijo su estado y lo que deseaba. El cura en seguida empezó a confesarla, el joven vestido de mujer le hizo una confesión muy larga, de manera que se hiciese bien tarde.

Terminada la  confesión, la penitente se puso a suspirar diciendo:

--¡Desgraciada de mí! ¿Dónde voy a poder ir a estas horas?

El párroco le respondió:

--Sería una temeridad irse. La noche está oscura: llovizna y amenaza llover más fuerte. Puede usted quedarse esta noche en mi casa, y mañana podrá partir cuando guste.

Oyendo estas palabras, el hombre–mujer vio llegada la ocasión de lo que quería, y sintiendo el apetito despertarse con fuerza, respondió.

--Haré, padre mío lo que usted me aconseja, porque estoy tan fatigada de haber venido, que no creo poder dar cien pasos sin gran peligro. Estando el tiempo malo y la noche avanzada, haré como usted quiera, pero le ruego que si mi marido dice algo me disculpe usted con él.

-- ¡Cuente conmigo! – respondió el cura.

Por la invitación de este se marchó a la cocina y cenó con la muchacha, haciendo con frecuencia uso del pañuelo para cubrir su cara. Cuando hubieron cenado, fueron a acostarse en un cuarto que no estaba separado del párroco sino por un fino tabique.

La joven estaba en su primer sueño; había ya dormido un momento, cuando él se puso a tocarle los pechos. Se oía al cura roncar ruidosamente. Como la pretendida mujer en cinta estaba colocada cerca de la sobrina, esta conoció bien pronto lo que sucedía y se puso a gritar llamando al padre Paciano y diciendo:

--¡Un muchacho!

Por tres veces llamó sin que se despertara, repitiendo:

--¡Padre Paciano, que es un muchacho!

A la cuarta el párroco, adormilado, le preguntó:

--¿Qué es lo que dices?

--¡Digo que es un muchacho!

El párroco, creyendo que se trataba de la buena mujer que paría un niño, respondió:

--Ayúdala, hija mía, ayúdala, y que Dios la bendiga.

Y fatigado, cayendo de sueño, volvió a dormirse.

La muchacha, cansada también de luchar, satisfizo muchas veces su deseo y  descubriendo a la muchacha, que ya sin luchar se le entregaba, que por amor a ella se había disfrazado de mujer, y añadió que la amaba sobre todo lo del mundo. Para agasajarla le dio los cuatro reales que llevaba, jurándole que cuanto tenía era para ella. Arregló, además, los medios de volverse a ver con frecuencia en lo sucesivo, y hecho esto después de muchos besos y abrazos, se despidió diciéndole.

--Cuando el padre Paciano te pregunte por la mujer embarazada, le dices: “Ha parido esta noche un niño, mientras que yo le llamaba, y esta mañana al despertar el día, se ha ido con la ayuda de Dios”.

La mujer embarazada se fue después de haber dejado en el jergón del párroco la paja que inflaba su vientre.

El cura, tan pronto como se despertó,  entró en el cuarto de su hija y le dijo:

--¡Qué mala suerte has tenido esta noche que no me has dejado dormir en toda la noche! ¿Qué sucedía?

--¡Aquella mujer parió un hermoso niño!

--¿Dónde está?

--Esta mañana, al despertar el día, más por vergüenza, creo, que por otra cosa, se ha ido con su niño.

--¡Ah! – Dijo el párroco – que Dios le dé malas Pascuas. Esas criaturas esperan por largo tiempo para ir a parir sus hijos no importándoles dónde. Si pudiese volverla a encontrar o supiese quien es su marido, ya le diría yo alguna cosa.

--Haría usted bien –respondió la joven --, porque a mí tampoco me ha dejado dormir esta noche.

Así termino la cosa. A partir de este momento no hubo necesidad de grande alquimia para operar la conjunción de los planetas. Frecuentemente los dos amantes se encontraban, y el cura tenía su culpa, porque semejantes ejemplos dan ellos con frecuencia. Sería de desear que sucediera otro tanto a otros, y ya que no se pueden vengar en sus mujeres, que se vengan en sus sobrinas o en sus hijas con chascos parecidos a este, ciertamente es uno de los mejores y de más buen éxito que jamás se han visto.

Creo para mí que no se comete sino un pequeño pecado con faltar contra uno de esos que, bajo la capa de la religión, cometen tantos crímenes contra el prójimo.

El silencio llenó la calle esa noche y levantaron el hato, cada uno de los presentes se fueron a su casa. Al parecer estaban todos de acuerdo en que el  viejo cuento tenía su moraleja.

(CHASCARRILLO)

El párroco Paciano fue

un hombre de principios.

Por todo el pueblo querido

fue abuelo de varios niños.

Haz lo correcto sin miedo.

No dejes que el qué dirán te frene.

Si sabes que algo es justo,

hazlo y sigue adelante.

Lord Kaizen

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