LA HIJA DEL CURA
CUENTOS AL FRESCO
Por Vicente Sotos Parra
Aquella cuadrilla de sabios en aquellas noches calurosas se juntaban era para contar cuentos, historias que les hacía que la velada fuese más liviana trasportándoles de esta manera a tiempos de antaño y recordando a los que ya hacía años dejaron de estar entre ellos. Era una forma de volver a tenerlos presentes, de averiguar cómo adquieren virtud y honor los hombres honestos, y llegar a ser tan sabios que a su edad era ejemplo y doctrina para los demás. El hermano Franquito sabedor de que al hermano Juanantes le tocaba en el lugar donde el más disfrutaba, que era el tema de los curas. Le dijo.
--¡Aique!
Que digo yo, que si no tienes ningún cuentecillo por ahí de esos que tanto te
gusta contar.
Le faltó
tiempo para contar este que el Jabato pedroñero, Felipón, escuchó esa noche.
Este cuento me lo contó mi padre que lo oyó
del suyo, por lo que ya ha llovido desde que pasaron los hechos, contando que
fuese verdad.
--En aquel
entonces había un párroco en el lugar, llamado Paciano, que ya era viejo, pero
que en su juventud tuvo por amiga una hermosa muchacha de un pueblo de Valencia
y, había tenido de ella una hija, que en esa época de nuestra narración era muy
guapa y estaba en edad de casarse. La fama divulgaba por todas partes que la
sobrina del cura era una hermosa muchacha. En la vecindad habitaba un joven, que, habiendo visto muchas veces a la sobrina
del cura, se enamoró de ella, y tuvo la idea de una astucia sutil para
lograrla.
Una tarde en
que el tiempo estaba lluvioso, hacia el oscurecerse, se disfrazó de aldeana, y
después de haberse puesto las faldas, se amarró sobre el vientre líos de paja y
de tela, que le daban el aire de estar embarazada y con el vientre en la boca.
En seguida
se fue a la iglesia para pedir confesión, como hacen las mujeres a punto de
parir. Llegado a la iglesia, hacia la primera hora de la noche, tocó a la
puerta, y habiendo venido a abrir el sacristán, le preguntó por el párroco.
El sacristán le dijo:
--Ha salido
hace un momento para llevar la comunión a un enfermo, pero no tardará en
volver.
La mujer
embarazada dijo entonces:
--¡Desdichada
de mí! ¡Estoy rendida de la fatiga!
Se limpiaba
a cada instante con un pañuelo, tanto para no ser reconocida como por el sudor
que le cubría el rostro. Se dejó caer en el banco de la iglesia sentada como si
no pudiese más, y quejándose continuamente.
--Lo
esperaré, porque a causa del peso de mi vientre me sería imposible volver, si
el Señor dispone de mi vida, no quisiera que me cogiese sin confesión.
-- Que Dios
la proteja, hermana – respondió el sacristán y le dejó que esperase tranquila.
El párroco
volvió hacia la una de la noche. La parroquia era grande y sus fuerzas cada vez más pequeñas.
Cuando la hubo visto en la penumbra, la mujer con dificultad, le explicó que lo
había esperado, y limpiándose siempre el rostro, le dijo su estado y lo que
deseaba. El cura en seguida empezó a confesarla, el joven vestido de mujer le
hizo una confesión muy larga, de manera que se hiciese bien tarde.
Terminada
la confesión, la penitente se puso a
suspirar diciendo:
--¡Desgraciada
de mí! ¿Dónde voy a poder ir a estas horas?
El párroco
le respondió:
--Sería una
temeridad irse. La noche está oscura: llovizna y amenaza llover más fuerte.
Puede usted quedarse esta noche en mi casa, y mañana podrá partir cuando
guste.
Oyendo estas
palabras, el hombre–mujer vio llegada la ocasión de lo que quería, y sintiendo
el apetito despertarse con fuerza, respondió.
--Haré,
padre mío lo que usted me aconseja, porque estoy tan fatigada de haber venido, que no creo
poder dar cien pasos sin gran peligro. Estando el tiempo malo y la noche
avanzada, haré como usted quiera, pero le ruego que si mi marido dice algo me
disculpe usted con él.
-- ¡Cuente conmigo! – respondió el cura.
Por la
invitación de este se marchó a la cocina y cenó con la muchacha, haciendo con
frecuencia uso del pañuelo para cubrir su cara. Cuando hubieron cenado, fueron
a acostarse en un cuarto que no estaba separado del párroco sino por un fino
tabique.
La joven
estaba en su primer sueño; había ya dormido un momento, cuando él se puso a
tocarle los pechos. Se oía al cura roncar ruidosamente. Como la pretendida
mujer en cinta estaba colocada cerca de la sobrina, esta conoció bien pronto lo
que sucedía y se puso a gritar llamando al padre Paciano y diciendo:
--¡Un
muchacho!
Por tres
veces llamó sin que se despertara, repitiendo:
--¡Padre
Paciano, que es un muchacho!
A la cuarta
el párroco, adormilado, le preguntó:
--¿Qué es lo
que dices?
--¡Digo que
es un muchacho!
El párroco,
creyendo que se trataba de la buena mujer que paría un niño, respondió:
--Ayúdala,
hija mía, ayúdala, y que Dios la
bendiga.
Y fatigado,
cayendo de sueño, volvió a dormirse.
La muchacha,
cansada también de luchar, satisfizo muchas veces su deseo y descubriendo a la muchacha, que ya sin luchar
se le entregaba, que por amor a ella se había disfrazado de mujer, y añadió que
la amaba sobre todo lo del mundo. Para agasajarla le dio los cuatro reales que
llevaba, jurándole que cuanto tenía era para ella. Arregló, además, los medios
de volverse a ver con frecuencia en lo sucesivo, y hecho esto después de muchos
besos y abrazos, se despidió diciéndole.
--Cuando el
padre Paciano te pregunte por la mujer embarazada, le dices: “Ha parido esta
noche un niño, mientras que yo le llamaba, y esta mañana al despertar el día,
se ha ido con la ayuda de Dios”.
La mujer
embarazada se fue después de haber dejado en el jergón del párroco la paja que
inflaba su vientre.
El cura, tan
pronto como se despertó, entró en el
cuarto de su hija y le dijo:
--¡Qué mala
suerte has tenido esta noche que no me has dejado dormir en toda la noche! ¿Qué sucedía?
--¡Aquella
mujer parió un hermoso niño!
--¿Dónde está?
--Esta
mañana, al despertar el día, más por vergüenza, creo, que por otra cosa, se ha
ido con su niño.
--¡Ah! – Dijo
el párroco – que Dios le dé malas Pascuas. Esas criaturas esperan por largo
tiempo para ir a parir sus hijos no importándoles dónde. Si pudiese volverla a
encontrar o supiese quien es su marido, ya le diría yo alguna cosa.
--Haría
usted bien –respondió la joven --, porque a mí tampoco me ha dejado dormir esta
noche.
Así termino
la cosa. A partir de este momento no hubo necesidad de grande alquimia para
operar la conjunción de los planetas. Frecuentemente los dos amantes se
encontraban, y el cura tenía su culpa, porque semejantes ejemplos dan ellos con
frecuencia. Sería de desear que sucediera otro tanto a otros, y ya que no se
pueden vengar en sus mujeres, que se vengan en sus sobrinas o en sus hijas con
chascos parecidos a este, ciertamente es uno de los mejores y de más buen éxito
que jamás se han visto.
Creo para mí que no se comete sino un pequeño pecado
con faltar contra uno de esos que, bajo la capa de la religión, cometen tantos
crímenes contra el prójimo.
El silencio llenó la calle esa noche y levantaron el hato, cada uno de los presentes se fueron a su casa. Al parecer estaban todos de acuerdo en que el viejo cuento tenía su moraleja.
(CHASCARRILLO)
El párroco Paciano fue
un hombre de principios.
Por todo el pueblo querido
fue abuelo de varios niños.
Haz lo correcto sin miedo.
No dejes que el qué dirán te frene.
Si sabes que algo es justo,
hazlo y sigue adelante.
Lord Kaizen


No hay comentarios:
Publicar un comentario