AJO, PANACEA UNIVERSAL, por María del Carmen Izquierdo Pulido | Las Pedroñeras

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domingo, 23 de agosto de 2026

AJO, PANACEA UNIVERSAL, por María del Carmen Izquierdo Pulido

 

La que fuera en su día reina de las fiesta y, posteriormente, pregonera de nuestras fiestas, Maricarmen Izquierdo publicó este artículo en El día de Cuenca (año VI, nº 1569) del domingo, 30 de julio de 1989. Imagino que también se presentaría con él al concurso periodístico de ese año. Os lo dejo por aquí.


EL DIA | PROVINCIA | Domingo, 30 de Julio de 1989
FERIA INTERNACIONAL DEL AJO
Ajo, panacea universal
Al sur de Cuenca, sobre una enorme y cegadora llanura, los reflejos argentados que se pierden en el cielo inalcanzable anuncian un pueblo incomparable, Las Pedroñeras, y se mira otra vez la torre, como una espada surcando los azules derroteros, orgullosa y altiva no se conforma con ser solo piedra.
Un pueblo variopinto en todo, en su forma, en sus gentes, en su vida, en su historia, que se remonta allá por el siglo XV y de la cual apenas quedan vestigios, si no es por algún que otro portalón con escudo, un muy reformado palacio renacentista, nuestra iglesia que data del siglo XV principios del XVI, la ermita de San Julián, aún anterior, el Santo Sepulcro, el Ayuntamiento con sus cinco majestuosos ojos mirando hacia Dios, un caserón-palacio barroco, un pórtico isabelino y poco más.
Aparentemente un pueblo nuevo y viejo a la vez, nuevo por los modernos siglos históricos en contraposición con sus otros vecinos manchegos Belmonte, Villaescusa, San Clemente... en los que cada calle parece guardar un suspiro de otro tiempo. Esto no ocurre en Las Pedroñeras y sin embargo es viejo, muy viejo, no arquitectónicamente, sino con esa senectud que dan los pergaminos amarillentos, contenedores de los secretos más preciados. Ni siquiera es el típico pueblecito manchego de pequeñas casas uniformemente blancas; por eso es único, tiene su propia forma fuera de lo comúnmente establecido.
Y dentro de ese reino está el aire, con toda una corte de aromas que hacen que cada minuto sea mágico, cualquier persona que no sea de Las Pedroñeras, simplemente dirá "huele a ajos". Pero no es cierto, huele a Navidad, a fuegos eternos de verano y a una primavera fogosa.
Sí, porque el humo de la "cáscara" quemada impregna el aire por Navidad, y huele a turrón, a pandereta y a fiesta, y la furrea del "palote" huele a cardos, amapolas y merienda; a las cinco de la tarde de sobre una tierra húmeda que empieza a ser castigada severamente por el sol, y el verano, por fin los sueños, ese aire caliente y seco, polvo y sudor, sudor y polvo, que ya espera la tan deseada recompensa, que se culminará en septiembre con el descanso otorgado por las fiestas patronales, en las que se unen estrechamente la devoción de nuestros santos Jesús de Nazareno y Santo Cristo de la Humildad, con la fiesta internacional del ajo.
El dolor del ajo
El ajo, verdadero dueño y señor de este lugar, mimado, a veces odiado, y venerado por las gentes de estas tierras, que como lagartos asomando su cabeza al sol, no apartan las efímeras miradas de un cielo implacable que lo mismo agranda como empequeñece las cosechas.
Siendo la panacea universal por excelencia, solo los ajeros saben del dolor del ajo.
En los tiempos oscuros de un "mal año", el olor de todo lo intocable se adentra en el pecho como una lenta daga. Aun así, cuando el fango se adhiere a los zapatos y todo el horizonte es una boca oscura, el ajero sigue caminando, porque al final de túnel debe estar la salida, y si no existiese, con la uñas, con los dientes, con la tenacidad del agua que golpea la roca sabría crearla.
Ignorante muchas veces de todas las cualidades y usos de su vida, el pedroñero sabe que es su vida y que todas sus ilusiones y sueños se encierran en "unos buenos ajos".
Miembro de la familia de las liliáceas, el allium sativum —en latín— es oriundo de Asia. El ajo llegó al próximo Oriente hace al menos cuatro mil años. Los antiguos egipcios hacían gran caudal de ellos, no solo como condimento sino como alimento, y por sus virtudes medicinales los faraones se enterraban, junto con tallas, joyas y cerámica, con ajos para asegurar que sus comidas de ultratumba estuvieran bien sazonadas. El Codex Ebers, un papiro médico egipcio de alrededor del 1550 a.de J.C. contiene más de 800 fórmulas terapéuticas de las que 22 mencionan el ajo como remedio eficaz para diversas dolencias.
Además de los egipcios, Aristóteles, Hipócrates y Aristófanes recomiendan el ajo por sus efectos medicinales. Dioscórides, médico jefe de la legión romana en el siglo I de nuestra era, prescribía el ajo como vermífugo, para expulsar las lombrices intestinales, en su libro II, Dioscórides dice así: "Comido crudo y cocido, ablanda la tose antigua y bebido con cocimiento de orégano, mata las liendres y los piojos.
Quemado y mezclado con miel, sana los cardenales ojos y restituye los cabellos que hizo caer la tiña. Si se aplica con aceite nardino, cura vejigas y extermina alborozos, los empeines, las pecas, las llagas manantias de la cabeza, etc."
En sus comentarios en este capítulo, Andrés de Laguna dice: "Llámese el ajo doméstico en griego scorondon y el salvaje, ophioscorondon, que quiere decir serpentino, porque huven de las serpientes o porque su tallo tiene algo de figura de la serpiente. Sus hojas son muy estrechas y el tallo delgado encima del cual sale una flor bermeja con cierta simiente negra".
Son calientes y secos los ajos, y según Galeno son "familiar the-riarca de rústicas gentes".
En la India, el ajo se utilizaba en lociones antisépticas para lavar heridas y úlceras, y en China se ha recomendado desde antiguo el té de ajo para la fiebre, cefalalgia, cólera y disentería.
Medicina popular
La medicina popular se entremezcla con frecuencia con leyendas como en el caso de los cuatro ladrones. Según cuenta la historia, en 1721 cuatro ladrones que sufrían condena fueron obligados a enterrar a las víctimas de una terrible epidemia en Marsella, resultando inmunes a la enfermedad. El secreto de esta inmunidad radicaba en que bebían un brebaje hecho de ajo macerado en vino que inmediatamente tomó fama con el nombre de "vinagre des quatre voleurs", y que aún se encuentra hoy en Francia. Quieren infamar algunos el ajo diciendo que engendra ventosidades, a los cuales contradice Galeno en el fin del octavo libro de "Método curativo". Cuéntase que en la antigua Grecia era designado el ajo con el nombre de "rosa pestosa", privándose de la entrada al templo de Cibeles a quienes le habían ingerido, pues apestaba el aire con sus emanaciones desagradables. También Alfonso X "El Sabio" prohibía el consumo del ajo a los caballeros bajo pena de expulsión de la orden de caballería durante un mes. Quizás el mejor resumen de virtudes y defectos del ajo es aquel que hace Sir John Harrington en "The Englishmans Doctor" escrito en 1609:
"Como el ajo puede
de la muerte salvar,
su hediondo aliento
convendrá soportar
v como algún sabio,
su virtud desdeñar"
En el decurso de los siglos las virtudes atribuidas al ajo son poco menos que innumerables. En medicina popular ha gozado siempre de gran reputación, pero sobre todo durante el medievo cuando se creía un excelente remedio contra la peste. En nuestros tiempos se ha demostrado que los ajos tienen en efecto cierto poder bactericida. Estas virtudes desinfectantes fueron ya bien reconocidas empíricamente en el siglo XV con aquella sentencia que dice "el ajo es la triaca del villano".
Y no solo puede entorpecer la vida de ciertos microbios y aún matar algunas especies de ellos, sino también los gusanos intestinales, principalmente aquellos tan diminutos y blanquecinos y agudizados en ambos extremos, llamados "oxiuros", que producen el purito anal de los infantes.
Otro uso muy generalizado del ajo es como condimento, sobre todo en países mediterráneos. "La cocina española está hecha a base de ajo y preocupaciones religiosas" decía un célebre humorista.
Volviendo a la medicina, Meyer (1935) preconizó el empleo del ajo contra las intoxicaciones nicotínicas, uno de los fantasmas de nuestros días. Meyer recomienda el ajo como un remedio específico para combatir el llamado complejo sintomático del tabaquismo y sobre todo en cuanto afecta a la acción nociva del tabaco sobre los vasos sanguíneos, las alteraciones cardiacas y las perturbaciones digestivas.
Más recientemente se han descubierto sus facultades ptoensoras. El descenso de la presión sanguínea en los hipertensos y arterioscleróticos se logra sin complicaciones secundarias y con carácter su tan efímero como el de los dos separados.
Otro de los grandes inconvenientes de este fármaco, tomado crudo, es la facilidad con que se difunde por todo el cuerpo. Quien come ajos, rábanos y morcilla, en la boca los tiene todo el día.
Para enmascarar el olor de ajos de quienes lo han comido se recomienda que después tomen manzanas y masquen perejil. Queará mejor aún si mastica hojas de menta o un coqquillo de eucaliptus, o bien si se chupa raíz de regaliz o se toma un té de espliego o manzanilla.
Cocidos los ajos pierden su acritud y su olor, pero también sus facultades porque el sulfuro de alilo es arrastrado por el vapor de la olla. También esto lo declara el refrán: "Ajo hervido, ajo perdido".
De todos los vegetales que gozan de propiedades medicinales, el ajo es sin duda el más extraordinario y maravilloso.
Sin duda es el corazón el que más se beneficia con el tratamiento del ajo, porque al fluidificar facilita el riego sanguíneo en general y especialmente de las "coronarias" o arterias que alimentan el corazón. De esta forma se evita la esclerosis de dicho órgano, el envejecimiento arterial, la endocarditis, la miocarditis, la pericarditis. los aneurismas, edemas y embolias, el asma, la parálisis, la angina de pecho, reuma y ciática.
Recuérdese que el ajo crudo de agilidad y fuerza el corazón, y eso es salud, juventud y alegría.
María del Carmen Izquierdo Pulido



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