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Corría, o volaba, el año 1989, era verano, yo había terminado mi segundo curso de carrera y llevaba un año justo con mi novia. En fin, datos que a vosotros supongo que ni fu ni fa. Se me ocurrió entonces (no recuerdo exactamente las circunstancias) presentarme al concurso periodístico que desde hacía años se celebraba en nuestra localidad con motivo de la celebración de nuestras fiestas locales, unida, entonces, a la del ajo. No recuerdo las bases, pero, evidentemente, el tema central debía girar en torno al ajo pedroñero y, más allá de la calidad del escrito, también primaba la promoción. El caso es que escribí el artículo, se lo llevé a Antonio Hergueta, que era el reportero pedroñero por aquel entonces en El día de Cuenca, y se publicó. Antonio, que había recibido otros, y me veía ganador del concurso, me dijo un día (según recuerdo), imagino que por decir algo, que ya podía ir pensando en invitarlo. Dado el optimismo de Antonio, yo ya me veía laureado por el premio. En fin, el fallo del jurado (no me preguntéis por quiénes estaba formado) otorgó el deseado galardón al escritor Carlos Murciano, con más renombre que el resto de los que nos presentamos (más aún los del Lugar) y, además, lo había publicado en tres medios distintos, aparte de que las tablas de Murciano escribiendo superaba a las de los autores locales. Cada uno juzgará el mérito de cada artículo de los que iré dando cuenta en este blog.
Por aquí os dejo el mío (mi humilde artículo) del que -dada mi edad y formación por aquellos años- me siento orgulloso. Conservo el periódico donde se publicó, como otros que se publicaron ese mes del año 89 sobre el ajo pedroñero.
Desconozco, por cierto, al autor de la foto que se incluyó encabezando el texto, aunque posiblemente sea del propio Hergueta. Muestra la zona de la cañá Vieja hasta los topes de gavillas de ajos y un par de remolques.
El artículo
EL DIA | PROVINCIA | Martes, 18 de julio de 1989 (año VI - nº 1558)
Ángel Carrasco Sotos
Las Pedroñeras y sus ajos: La magia de un pueblo
Siempre que adoptemos una actitud retrospectiva en cuanto a la búsqueda del ajo histórico, habremos de encontrarlo irremisiblemente enlazado con el tema de la magia y, a la vez, ¿cómo no?, con la medicina y la gastronomía. Me interesan ahora las dos primeras relaciones, esto es, magia-medicina y ajos. Me interesan, aclaro, porque, en lo escrito sobre el tema, magia y medicina se suelen tratar por separado. Esto es un error. Desde antiguo todo producto con características curativas, como puede ser el caso del ajo -recordemos su supuesta eficacia reumática, o para problemas respiratorios, etc.-, llegó a tener un valor mágico. No es extraño. Los adelantos en medicina eran mínimos, las grandes plagas y epidemias se llevaban por delante centenares de vidas, la muerte colectiva estaba a la orden del día. Por todo ello, el pueblo había de refugiarse, como única solución vital, en lo mágico, poniendo sus cuerpos en manos de curanderos y "brujas" que con sus pócimas y ungüentos trataban de sanar al que se ofrecía a sus cuidados.
Magia y medicina tendremos que llevarlas siempre de la mano sin separarlas un ápice hasta muy entrada la Edad Moderna.
Larga es la lista que nos hace Pármeno, criado de Calisto, de las hierbas, raíces y plantas medicinales que en su casa poseía Celestina para aplacar toda clase de males. Es una lástima que junto con las "raíces de hojaplasma y fuste sanguino, cebolla albarrana y cepacaballo" que la vieja buhonera tenía en su casa colgadas, no hubiera una buena horca de ajos manchegos, indispensables para los menjunjes que ella solía preparar. Pena nos da también no encontrar al ajo entre los componentes básicos del famoso bálsamo de Fierabrás quijotesco. Sin duda, y sin ánimo de ofender, ni Rojas ni Cervantes eran muy duchos en las virtudes mágicas de nuestra liliácea. Virtudes estas que tanto auge tuvieron en culturas como la grecolatina o la egipcia, por citar las más importantes, y que dejaron su residuo en otras posteriores, de las que no descartamos a la hispana en su fase medieval, o la sudamericana, que mantiene aún en boga estas artes mágicas.
Pues bien, después de este más de sucinto enmarque general, solo me queda por decir que la magia se ha perdido. Mejor, se ha perdido su valor trascendente. El alium sativum latino ha quedado relegado al uso doméstico como especia y condimento, sin olvidar, claro está, sus propiedades medicinales, pero, repito, alejadas estas ya de sus valores prístinos, los mágicos.
No sin embargo se han desdeñado para siempre sus características en cuanto a la superstición. El ajo sigue siendo para muchos un amuleto con virtudes sobrenaturales, imán de fortunas y suertes favorables para su portador.
En Transilvania, incluso, sigue habiendo gente que cuelga en sus balcones ajos para espantar a espíritus malignos y vampiros, ajos estos, sin duda, importados de Las Pedroñeras.
Y si bien en la Capital del Ajo, tal producto no posee estas características, que en otras culturas llegaron a adquirir, no por ello está ausente entre los pedroñeros el elemento supersticioso. Las madres siguen colgando del cuello de sus hijos pequeñas bolsas con castañas locas para evitar el mal de ojo; y del mismo modo, los ramos de oliva siguen posando entre las rejas de las casas -dicen las viejas- para que el demonio no entre.
Así, podríamos hablar de un trastoque del valor mágico en los ajos si el pueblo al que nos referimos es Las Pedroñeras. Y es la verdad. Pese a que esta villa conquense esté desposeída de esas idiosincrasias culturales en torno al ajo como elemento mágico, que otros pueblos puedan tener, no sin embargo deja de tener ella misma su propia magia. Porque, y para decirlo de una vez, el hechizo de Las Pedroñeras está en sus gentes, en su trabajar constante, en su espíritu, que han hecho elevar a su pueblo a la categoría de la capital del ajo, darle renombre internacional y, en definitiva, empujarle año tras año, para que traspase fronteras y recorra el mundo junto a sus ajos con la etiqueta que los define, y que todos de sobra conocemos.
"Los mejores ajos del mundo están en Las Pedroñeras" alega Raúl Torres en su Guía Secreta de Cuenca, y no nos queda más remedio que suscribirlo, que afirmar con la cabeza. Y es que los ajos de esta tierra manchega son los que más pican y los que dan a los platos típicos su sabor peculiar. Repetitivo sería hablar de nuevo de estos platos, del mojete, del ajo arriero tan manchego, del alioli, o de la misma sopa de ajo, tan mostrativos de la cocina conquense y manchega y de las que constituye el ajo su principal ingrediente.
Las Pedroñeras ha empezado a brillar con luz propia desde que sus ajos fueron reconocidos en el extranjero, y desde que el famoso cartel luce el atrayente apelativo a la entrada del pueblo.
El renombre ha sido merecido. El hecho de que un pueblo, que quizás no alcance los siete mil habitantes, exporte, alrededor del treinta por ciento de la podrucción ajera del país es una hazaña. La magia de este pueblo reside, no me cansaré de repetirlo, en la labor constante, tanto de agricultores como de cooperativas y demás corporaciones locales.
Sería un escarnio, no obstante, para el trabajador, el hablar del trabajo como algo alegre, como así lo intentaban los románticos. No se puede eludir de un brochazo el sudor de estas gentes que anualmente, y sin perder baza, cultivan con afán los mejores ajos del mundo.
Difíciles han sido estos años pasados para el agricultor de estas tierras manchegas. Pero la esperanza es lo último que se pierde, dicen, y los colorados ajos del diente se siguen hincando en los lomos de los surcos de unos terrenos que cada vez son más difíciles de costear.
Pese a todo, para paliar la agotadora campaña, Las Pedroñeras celebra cada año sus fiestas en honor a sus santos patronos, el Cristo de la Humildad y Jesús de Nazareno. Asimismo, estos días de fiesta -que van del treinta y uno de agosto al siete de septiembre- son dedicados al ajo, conmemorándose este año la XVII edición de su Fiesta Internacional. En estos días festivos el ajo se mezcla con lo lúdico. Son días de pasatiempo, de alegría y de juego. Se clava la cucaña, se tira la reja y el hito, y toda la gente acude a los distintos concursos como los de arada, guisos, etc.; así como a las diversas competiciones deportivas, o a la vaquilla. Y, sin olvidar que son días de descanso y diversión, aconsejable es ir por la noche a ver alguna obra teatral representada por la compañía del pueblo (tampoco se ha olvidado en este pueblo el pequeño mundo de la carátula y la farándula).
Las Pedroñeras, en definitiva, y recordando un verso del poeta Heliodoro Cordente, "sigue labrando en la constancia su destino". Mañana volverá a salir el sol, y el año que viene los pedroñeros volverán a sembrar sus tierras de ajos (como si de un círculo irrompible se tratase) aunque la recompensa económica siga siendo pequeña. Es el destino de un pueblo que, avalado por sus gentes, seguirá siendo a todas luces mágico.
Me hizo mucha ilusión compartir número del Día con la noticia de una compañera EGB con la que había compartido muchos momentos y risas, Milagros Cortés Céspedes, cuya carrera dentro del mundo del atletismo en aquellos años iba viento en popa. Os dejo por aquí una imagen del artículo también.
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