La Consulta - Poesía de Fabián Castillo Molina | Las Pedroñeras

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lunes, 7 de enero de 2013

La Consulta - Poesía de Fabián Castillo Molina

La Consulta


-"El siguiente",
oye decir el paciente
que está próximo a la puerta,
y quitándose la boina, diciendo
"¿se puede?", entra.


El médico le recibe
solo mirando papeles
ni siquiera le pregunta
si le duele algo o "¿qué quieres?"

No le nombra por su  nombre
ni le dice que se asiente.
(Si se descuida un poquito, antes de acabar con él,
ya están diciendo “El siguiente”).




-¿Me puedo sentar un poco?
Las piernas no me sujetan.
-Siéntese, siéntese usted,
mientras le hacen la receta.

-¿Por qué habla usté de receta
si hasta ahora ni me ha mirao
ni me ha preguntao el nombre
o qué me duele, o qué hago?

Y parece tener prisa,
y aquí uno viene asustau
sabiendo tiene derecho
a ser mirau y escuchau.

-No le falta a usted razón,
lo siento, pero no hay tiempo,
todos los que ha visto fuera
tienen que pasar adentro.

Y les tengo que escuchar,
y me duele la cabeza,
y a los que ya están torcidos
¡a ver quien los endereza¡

-Muchos estamos torcidos
de doblar tanto el riñón,
pa qu'estudien nuestros hijos,
que cojan educación.

Y después de tanto estudio
y ¡por fin! terminar carrera,
cuando nos tien que atender
dicen que no tienen tiempo
y pronto nos echan fuera.

-Usted dice la verdad,
pero la Seguridad Social tiene mucho que aducir...
¡A ver! dígame pues qué le pasa
y yo sabré qué decir”.

-Bueno... pues hace ya varios días
va sin cesar en aumento
un dolorcillo, roe que roe, aquí debajo del brazo
que va siendo ya un tormento.

Y me miro y no veo na
y el dolor sigue aumentando
y hasta la mujer me dice:
¡Te estás volviendo mu blando!

Así que... voy con el brazo hueco,
como usté mismo bien ve
y he de llevar un chaleco
en vez de llevar jersé.

Cuando termina de hablar
el médico ya le da
 una receta y un volante
para pruebas de hospital.
Al no tenerlo en el pueblo
tendrá que ir a la capital.

Así que bien de mañana
se monta en el autocar
y va con él su mujer
que lo quiere acompañar.




Aunque el autobús es largo
tienen que sentarse atrás.
Viaja mucha, mucha gente.
No sé si por bien o mal.

Por la mitad del camino 
con tanta curva, vá y viene
aunque tié poco en el cuerpo
tiene que echar lo que tiene.

Su mujer apercibida
le da una bolsa de plástico
y él allí se desahoga
aunque le da mucho asco.

Antes de llegar a Cuenca,
las sienes le van saltando;
los ojos lleva cerrados...
Llegar, está deseando.

En la estación de autobuses
donde para el autocar
se ve bullir mucha gente
coches, ruido sin cesar.

Allí les dicen por donde
a la Residencia irán
(al  menos a cuatro o cinco
ha habido que preguntar).

En la Residencia encuentran
muchas puertas y escaleras
 que cruzan unos y otros
los de dentro y los de fuera.
  
Al fin en sala de espera
que repleta está de gente
hay quienes cuentan sus penas
a otros que más penas tienen:

Uno, que tie un golondrino;
otro, que tiene almorranas;
que si artrosis, que ronquera,
que la tensión baja o alta,

que está perdiendo el oído,
que operao de cataratas,
que si va muy estreñido,
que ya si apenas ni anda...

Con estos preliminares
antes de tocarle el turno
por los suelos tiene el alma.

Cuando se enciende el piloto
y oye que es a él a quien llaman
quiere hablar, no tiene voz,
no le salen las palabras.

El médico le pregunta,
la enfermera va escribiendo,
él está pensando ahora
si habrá que salir corriendo.



Después de tanto escribir,
de poner tantos detalles,
ahora escucha que le dice:
se tendrá que hacer análisis.

Esa palabra tan rara
que más de una vez ha oído
no le hace ninguna gracia
ni a la mujer ni al marido.

Después de esperar la cola
para que le saquen sangre
en otro departamento
dicen que salgan afuera
y que aguarden un momento.

El momento se hace largo,
por lo menos media hora;
ya les dan otros papeles;
de nuevo, una nueva cola

Por fin les vuelve a tocar
y el médico les receta
una pomada y pastillas
y que a la semana vuelva.

El hombre está ya tan harto
que ni puede protestar:
hace ya más de seis horas
que acabó de vomitar.

Quiere volver a su casa,
que las sienes se le parten,
no tié ganas de comerse
un bocadillo en el parque.

A la semana siguiente
se repite la jornada:
El viaje... la vomitona…
la sequedad de garganta.

El doctor le diagnostica:
"Eso que tiene no es nada.
Es un folículo infectado.
Aplíquese la pomada
y lavase las axilas, bien,
con jabón y agua clara".

[Nota: Composición hecha expresamente para la Fiesta del Pozo Nuevo, que fue leída públicamente con una aceptable atención y acogida. De esto hace ya más de 22 años].

©Fabián Castillo Molina

2 comentarios:

  1. Hola hermano,no conocia esta historia y francamente me hé reido bastante segun iba leyendo,enhora buena

    ResponderEliminar
  2. Hola Fabián, aquí un paisano.
    Soy yo, Miguel Ángel
    esposo de Paqui Escribano.
    He leído tus escritos
    Y me he decidido a escribirte
    este breve comentario
    en tono de humor, pero triste.

    Y será verdad amigo que lo escribiste hace años
    pero se ha quedao de actualidad,
    lo que este paciente pasa
    para ahora y otros tantos.

    Que Dios nos libre del mal
    para no caer malitos en las garras del sistema.
    Con los médicos en tensión
    y nos, en listas de espera.

    Y lo peor de todo ¿sabes?
    Es que no veo arreglo.
    Que la sanidad no la cambian.
    ¡Dicen!... que no tien´ dinero.

    Dicho esto:
    mu bonico. ma gustao
    cómo le has puesto rima
    a un paciente cabreao.


    Te animo, no te entretengas.
    Lo que surja en tu cabeza
    descárgalo con la pluma
    y al ser posible, en poema.

    ResponderEliminar