Leyenda de ajos y cerezas - Cuento de Fabián Castillo | Las Pedroñeras

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domingo, 6 de enero de 2013

Leyenda de ajos y cerezas - Cuento de Fabián Castillo

Leyenda de ajos y cerezas


por Fabián Castillo Molina

Corre el año 1359. Esa mañana gélida de enero, en la estepa manchega, una fina capa de nieve cubre suelo y tejados de la aldea que llaman Martín Ovieco. La luz del amanecer nos deja ver a un hombre enjuto, de mediana estatura, pelo moreno y tez cetrina vestido pobremente. Avanza cuesta arriba y chasquean sus pisadas en la nieve, dejando tras de sí huellas indelebles. Va decidido a pedir ayuda a su cuñado, al que en la aldea llaman Calixto “el Curandero”. La mujer de nuestro protagonista tiene síntomas inequívocos de parto; ella le ha dicho que ya ha salido de cuentas, y a él le preocupa poner todos los medios, para evitar que la peste negra que asola estos contornos entre en su casa. Pocos anocheceres pasan sin que la campana de la pequeña torre deje oír su tañido monótono, tan… tan… tan… tlan…, anunciando otro fallecimiento.




     Llama a la vieja puerta golpeando con el puño mientras lo nombra: 
     –¡Calixto! 
     –¿Quién llama? 
     –¡Soy yo! –responde Juan “el Moreno”, nuestro hombre. 
     Poco tiempo tiene que esperar. Ya avanzan dos hombres y una mujer con paso decidido. Botan de sus bocas chorros de vapor blanco alternativamente como de brocales de pozo, aunque la blancura de la nieve el vapor lo hace gris. 
     El parto viene bien. No tiene complicaciones. Entre Calixto y María (su mujer, hermana de la parturienta) atienden a la nueva madre y reciben con alegría un hermoso y sonrosado niño, que lanza el primer llanto, envuelto en la neblina del agua caliente preparada por Juan. 

     Como era de esperar, el alcalde, acompañado por el cura (que una vez por semana viene a la aldea), visitan la humilde casa de Juan al día siguiente y a pesar de la helada mañana. 

       –Juan –habla el alcalde con voz de confianza–. Hemos venido a felicitaros por vuestro nuevo hijo. Es preciso que los que quedan sigan vuestro ejemplo. Me dice el señor cura que otras aldeas vecinas como la Errá, Robredillo, y hasta en Belmonte, la peste sigue atacando como aquí y no conoce más que vuestro caso, en el que la muerte no haya tocado a un solo miembro de la familia. ¿Qué hacéis? ¿Qué comida y bebida tomáis? Tienes que decirnos el secreto. 
     –No hay ningún secreto, señor alcalde. Yo poco puedo decirles. La verdad es que hago lo que me dijo mi cuñao Calixto “el Curandero” que hacía él, según le había recomendao Salvio “el Embrujau”. Además de las cosas que tos sabemos sobre el fuego y el agua. Pero creo que deberían ustés ir a verlo a él. 
     –Bien, iremos, pero tienes que venirte con nosotros. -Señor alcalde yo me iría, pero no puedo dejar a la mujer sola como está. Ya sabe usté ande vive Calixto. 
     –Está bien, tienes razón. Quédate y atiende a tu mujer. Iremos nosotros. 

     Como la aldea es pequeña, poco después ya vemos al cura y el alcalde acompañados por Calixto calle abajo con las bocas cubiertas con bufandas. Los cuerpos inclinados venciendo la ventisca de nieve. Al cruzar por la plaza de la torre, una mujer les sale al paso con los brazos abiertos y gritando: 

–¡Ay, señor! Mi hijo, el último que me quedaba acaba de expirar. Venga usté, Calixto, a ver si puede hacer algo por él. 

     Bajan una cuesta de riscos encallejonada y entran en la casa; tienen que agachar la cabeza para rebasar la baja puerta de tablas ennegrecidas y astilladas. 
     Aunque llevan bufandas cubriéndoles la mitad de la cara, el fétido olor hace que permanezcan lo justo para confirmar a la mujer que ya poco puede hacerse por su hijo. 

     –Hay que enterrarlo esta tarde – dice el alcalde-. Le mandaré dos alguaciles para que lo preparen y se lo lleven cuanto antes, y usté cúbrase la boca y no salga a la calle. 
     Los gritos de dolor y desesperación de la mujer los despiden de nuevo al exterior. Los tres vuelven a su paso inclinado contra las rachas de viento y nieve a través del callejón estrecho, y al volver a la esquina de la ortigas, enfilan la calle que conduce a las afueras, ya próxima al huerto del "Embrujau", junto a un montículo donde las ramas de un olivo van acogiendo la nieve, a pesar de su continuo zarandeo. Al otro lado ven como sale humo de la chimenea de la casa de tapia y piedra de Salvio. Junto a ella, a medida que se van acercando, ven el pequeño huerto con pozo y junto al brocal dos hermosos cerezos con sus ramas desnudas adornadas de blanco donde azota la nieve. 



     Apenas tienen que llamar a la puerta. Salvio sale a cara descubierta. 
     –Pasen, pasen ustedes. –dice–. Caliéntense y sequen sus ropas. A ver, hijos, dejad sitio al señor alcalde y al señor cura. -Buenos días nos dé Dios – dice el cura. Porque hoy, vaya mañanita que tenemos. 
     –Buenos días, –responden la mujer y los tres hijos, mientras dejan libre la chimenea, y las llamas iluminan los rostros ateridos. 
     –¿Qué les trae por aquí con este tiempo? –les pregunta el padre de la casa. Junto a la chimenea cuelgan cuatro grandes ristras de ajos bien trenzados. 
     –Pues el caso es que el señor cura quiere que le expliques tú el secreto por el que hasta ahora nos hemos librao de que la peste entre en nuestras casas. Ya sabrás que en las aldeas y pueblos vecinos la plaga es temible ─dice el alcalde. 
     ─Bueno, ya sabe usté que no es ningún secreto. Se lo podía haber dicho igual que yo. Na más puedo decirles la clase de vida que llevo y mis costumbres, que me enseñó mi padre. 
     ─Pues a eso venimos, y el señor cura quiere también saberlo, por ver si pudiera remediar algún mal en las otras aldeas que recorre –añade. 
     ─Pues yo tos los días, mi almuerzo es una cabeza de ajos crudos con un poco sal, y un vaso de vino pa enjuagarme. Si quieren ahora mismo les preparamos. 
     –No, no, -se excusa el cura-, ya hemos desayunado. 
    –Mi mujer y los chicos vino no beben, pero se enjuagan con una especie de licor de cerezas que hacemos en verano, de las que nos sobran de los dos árboles que habrán visto al entrar. 
    ─Pero, hombre, una cabeza es mucho. Eso no hay quien lo soporte –dice el cura. 
   ─Bueno, ellos no pueden comerse más que dos o tres dientes cada uno y les arde la boca, dice.. Comen un poco pan de centeno y se enjuagan con lo que he dicho y ese es su almuerzo. Tamién tenemos una cabra y beben leche. Yo mismo la ordeño tos los días. 
   ─Pero ¿todos los días coméis ajos? –dice el alcalde y mira al curandero. 
  ─Pos sí, señor alcalde, tos los días. Bueno, cuando llega el verano y maduran las cerezas me gusta acompañar los ajos con un puñao de ellas que hacen un poquito más suave el sabor, y me queda siempre un regusto y un calor en el cuerpo que pa qué. 
  ─¿Y esta costumbre desde cuando la tienes? 
  ─¿Yo? de toa la vida. Mi padre cuando vino a vivir a esta aldea hace más de setenta años, según él siempre me contó, ya tenía esa costumbre. 
  ─Hay algo que nos dijo Juan “el Moreno” que hacéis con el fuego y el agua pero que no explicó. ¿A qué se refería? 
  ─Hombre, que yo sepa -responde “el Curandero”– aquí lumbre tenemos siempre encendía y un puchero de agua caliente nunca falta. -¿Es así, Salvio? 
  ─Hombre, claro. El fuego espanta muchos males. Además hace que el agua que usamos hasta pa beber (que no es mucha, y menos ahora en este tiempo) esté siempre hervía, que me enseñó tamién mi padre que eso era bueno. 
     El alcalde y el cura se miran como agotado el tema, y tras echar un trago sin haber probado el almuerzo que les ha ofrecido “el Embrujau”, se despiden. Salen acompañados al encuentro de la ventisca de nieve que no cesa. Regresan a sus quehaceres en tiempo de nieve y peste. Poco hablan en el corto trayecto hasta sus casas; solo un breve murmullo entre sacerdote y alcalde.



    Meses después, la dieta de Salvio y su familia ha corrido de boca en boca, pero no se extiende su práctica; sin embargo, esa primavera ya se aprecian en algunos bancales de las escasas huertas más próximas al Záncara algún tablar de ajos que rilean verdes por vez primera junto a matas de habichuelas y cebollas. 

     Es a mediados de abril cuando “el Embrujau” recibe una nueva visita. Ahora el tercer hombre es un joven médico recién llegado a la comarca. 
     ─Quiero conocer las tres familias que se han librado de la guadaña, según ha dicho al cura y alcalde. 

     Desde la visita de enero, el número de carretas con féretro y toques de campanas a duelo ha descendido.
   Cuando avistan la casa de tapia y teja árabe, la chimenea está humeando, aunque la temperatura es agradable y un sol radiante ilumina los frondosos cerezos en flor. Salvio cava en el bancal un tablar de habichuelas próximo a los cerezos. 
     Los cuatro hombres cruzan saludos a la sombra de la flor del cerezo mayor, hablan durante unos minutos y uno a uno beben un trago de la bota que les ofrece Salvio, y que permanente cuelga de una rama baja del cerezo. 

    Han pasado unos años. Hilario, hijo mayor del “Embrujau” sale de la casa con una abultada alforja al hombro para un largo viaje. Las últimas palabras de su padre le recuerdan no olvidar sembrar los ajos y huesos de cerezas tan pronto alcance su destino. Llega y permanece en Plasencia un poco tiempo, pero es en el Valle del Jerte, en una pequeña aldea del mismo nombre del río, de similares características a Martín Ovieco, donde, orientado por el médico joven con el que trabó cierto trato, por fin se asienta y planta la simiente traída de aquel otro Valle del Záncara. Los cerezos crecen y se aclimatan bien en estas laderas; los ajos, no. Hilario crea aquí su familia. La relación con su padre y hermanos sigue hasta el final de sus días, se comunican a través de los arrieros que atraviesan Salamanca camino de levante, y ambas familias se van dando noticia año tras año del crecimiento y el avance del cultivo de ajos y cerezas y de la normalización del consumo de esos manjares en todas las casas de aquellos valles.



    Salvio le comunica a Hilario que debido a una larga y persistente sequía han abandonado la aldea y a menos de dos leguas, en una zona húmeda aunque con mucha piedra, se han establecido en otra aldea llamada Las Pedroñeras. 

    Más de seiscientos años después, el Valle del Jerte en primavera es visitado por miles de turistas para extasiarse con la belleza de un mar de cerezos en flor. Las cerezas están en todas las fruterías de Europa y de medio mundo, aunque no todas son de aquí. Los Ajos Morados de Las Pedroñeras se cultivan en grandes áreas de Castilla-La Mancha, Córdoba, la vega de Granada y Aranjuez, gran parte del norte de Marruecos... y también están presentes en todos los mercados del primer mundo, y en general pocas son las personas que desconocen el sabor y el olor de sus ajos.



Así es justo que todos conozcamos por qué esa leyenda de ajos y cerezas. Hay otras, que también tendrán su razón de ser, pero esta para mí es la verdadera.

©Fabián Castillo Molina

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