¿Esta noche es Nochebuena? - Un hombre en la vía: por Fabián Castillo | Las Pedroñeras

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miércoles, 26 de diciembre de 2012

¿Esta noche es Nochebuena? - Un hombre en la vía: por Fabián Castillo

¿Esta noche es Nochebuena? Un hombre en la vía



El sol anaranjado, frío, se está ocultando en la llanura el 24 de diciembre. Los raíles de la vía del AVE forman una uve invertida horizontal. Cada vez que levanta la mirada, el hombre que avanza cabizbajo, mientras los va recorriendo descalzo lentamente, cargado con dos bolsas de plástico de buen volumen, donde se lee FELIZ NAVIDAD, y un saco de arpillera al hombro, que abulta poco más que una alforja y cuyo contenido tintinea con sonido metálico parecido al que producen las monedas. 


Cuando se oculta el sol, una racha de viento gélido azota las bolsas del viajero. Sus pies detectan una vibración en la vía y se aparta, pisando una traviesa de madera y descendiendo después ladera abajo, por las piedras cortantes hasta la valla metálica que marca los límites seguros para que nada ni nadie invada el espacio del pájaro de acero. Suelta bolsas y saco con cuidado en el suelo, gira y, apoyando la espalda en la valla, deja caer su cuerpo hasta ocupar el triángulo entre pies y cabeza y quedar en posición fetal. Dos minutos después, un viento huracanado primero, un pitido estridente, con ruido ensordecedor, después, estremeciendo el suelo que dura unos instantes, inunda todo. El hombre con barba cana y larga tiene las manos cubriendo sus orejas, apretando como si quisiera hacer invisible su cabeza. 

Apenas ha vuelto la calma, el andarín carga el saco al hombro con soltura, recupera las dos bolsas de FELIZ NAVIDAD, se reincorpora a la vía y continúa viaje. El sonido del saco ya le ha traído problemas en más de una ocasión, pero él no se desprende de algo tan valioso aunque los demás, al descubrirlo resulten contrariados y solo reafirmen su sospecha de que es un perturbado mental. 

Al caer la noche, arrecia el frío y, aunque sigue avanzando por la vía con los pies descalzos, de vez en cuando se aprecia en las comisuras de sus labios un rictus que prueba la baja temperatura que alcanzan sus orejas llenas de sabañones. Llega un momento en el que se detiene en la oscuridad y se escucha el sepulcral silencio. Vuelve a apartarse ladera abajo hasta la valla y se queja por la aspereza de las piedras que se clavan en sus plantas aunque no llegan a cortar su espesa y encallecida piel. Descarga el saco, que repite su claro soniquete. Abre una de las bolsas y saca cartones comprimidos que desdobla parsimoniosamente y, al final, el último lo trocea en pequeños fragmentos. Saca una caja de cerillas de un estuche transparente con cremallera y en un instante brotan chispas y llama del fósforo, que prende en el cartón, y éste en otro y en otro y la hoguera ilumina y calienta manos y pies. Las manos las ahueca y les lleva calor a las orejas que lo agradecen sin decir nada. 



En la soledad y el silencio de esta Nochebuena vuelve a pensar como otras veces por qué continúa con el saco a cuestas después de tantos años a pesar de los acosos que ha sufrido. En una ocasión hasta escuchó decir una madre a su hijo: 

“Mira, ¿ves ese tío del saco? Si no haces caso a mamá él te lleva, como lleva a otros niños dentro. ¿Ves como suena? Son huesos de muchos niños desobedientes que ha recogido”. 

"¡Lo que hay que oír!", pensó entonces, y recuerda cómo le miraban los niños mientras cruzaba el pueblo. 

En otra ocasión le apedrearon diciéndole “¡ Ladrón y miserable!, que vas cargado de monedas y descalzo. ¿Adónde quieres ir con un saco de cuartos si no eres capaz de ponerte unas botas con lo que está lloviendo?. A lo que él contestó con cierta guasa: “Estas son las de las fiestas, las que llevo puestas, y las que tengo guardás en el baúl, que son éstas”. Se rieron los jóvenes pero le persiguieron hasta que tuvo que enseñarles el contenido y entonces, desconcertados, se volvieron dando por hecho que estaba loco. 

Sonríe solo, con el estómago vacío al volver a vivir aquel momento en el que no tuvo más remedio que declarar en el cuartel con detalle el motivo de arrastrar esa carga.

"Los únicos tiempos que recuerdo haber vivido con alegría y sintiendo cariño fueron aquellos en los que siendo un crío, acompañaba a mi padre por los pueblos en tiempo de siega y recolección, y mientras él ponía dientes de pedernal y sierras a los trillos yo jugaba a romper la piedra como él me había enseñado y juntaba montones de pedernales que eran los dientes que él ponía para que pudieran trillar. Decía que le pagaban bien, íbamos a posadas y dormíamos en colchones mullidos. ¡Me trataba con tanto cariño! Y siendo yo tan chico, me hablaba como si fuera otro hombre como él. Cuando aquello acabó, nunca más encontré alguien que me tratara igual. Por eso, me niego a perder lo único que me hace revivir aquellos días felices”.

En esos pensamientos anda nuestro hombre, y ya caliente, abre la otra bolsa y saca un hatillo que deslía con cuidado. Lo despliega como si dentro hubiera una copa dorada de cristal veneciano, pero no es más que un saco rojo de dormir, cuya cremallera abre, se mete dentro, la cierra y se deja caer próximo al fuego.



©Fabián Castillo Molina

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