Cacicadas de antaño o el abuso de poder en Las Pedroñeras | Las Pedroñeras

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martes, 18 de junio de 2019

Cacicadas de antaño o el abuso de poder en Las Pedroñeras



por Pedro Sotos Gabaldón

Nuestro lugar ha sufrido las cacicadas, incluso el abuso de poder. Los ciudadanos de Las Pedroñeras, lugar de gentes trabajadoras, no se paraban a pensar en otra cosa que no fuese su trabajo. Así pues, pasaban cosas que se dejaban pasar por la humildad, sencillez y buena fe de sus gentes. 


Nuestro pueblo no ha podido nunca alardear de sus grandes monumentos ya que nunca los ha tenido; pero sí ha podido presumir de grandes caserones antiguos con gran renombre, como la Casa Palacio de los Molinas o el Palacio de los Jesuitas con su arquitectura Barroca en sus puertas de entrada y su patrimonio cultural. 

El más importante, sin duda alguna, ha sido nuestra iglesia, con aquella entrada insuperable acompañada de un recibidor o contrapuerta envidiable que no había en toda la comarca. Cancela se le llamó aquí siempre.

Sus puertas de dos hojas, de varios metros de altura, y otras dos puertas laterales le daban aires de señorío. Puertas de madera noble de cientos de años, que sin duda, fueron el orgullo del pueblo. Pero aun siendo un gran orgullo poseer tan espectaculares contrapuestas fueron arrebatadas por un irresponsable (a mi parecer) con el abuso de poder de aquel tiempo, sin pedir permiso ni contar con el consentimiento del pueblo, que al fin y al cabo, son los que sustentan el patrimonio de la Iglesia. Pero... no contento ni satisfecho con la obra que había realizado también se fijó en el púlpito (y le cayó gordo) y supongo que pensaría que no era de su agrado y... ¡fuera! 

Tampoco le gustó el separador de cortesía, entre el altar mayor y los feligreses. Éste separador era un enrejado que estaba elaborado y labrado artesanalmente; toda una hermosura. 

Si, don José, que dirigió la iglesia en los años cuarenta, y  don Modesto, que después lo relevó, levantasen la cabeza y vieran la iglesia, sin sus cancelas ni su púlpito ni el separador de cortesía, se morirían del susto. 

Había que verlos cuando subían al púlpito, para dirigirse a los fieles en sus sermones interminables, agarrados fuertemente al paraboloide, observando la panorámica que desde allí se contemplaba, viendo toda la iglesia a sus pies. También hizo otros retoques en el coro, según me contaron. 

Un día, tuvimos la desgracia (a mi parecer) de que apareciera por nuestro Lugar, un cacique llamado don Miguel, con capa y sotana. Con su presencia y absoluto poder, un divino patrimonio vendió y nos lo hizo perder por cuatro perras, como se suele decir; esta forma de actuar me parece vergonzosa. Ahora, eso sí, sacó la puerta principal a la Plaza y a mi pensar, ridiculizando y anulando la vistosidad de la entrada a la iglesia, haciendo un cuchitril como si fuera la entrada a un toril. De esta manera, desaparecieron y se produjo el expolio y la ruina del patrimonio artístico y cultural de la iglesia de nuestro pueblo. 

Pero su afán de protagonismo intelectual no terminó ahí, pues un buen día, o según como se mire, sumó una más de sus ideas, una de esas que solo se le podía ocurrir a don Miguel, "el sacerdote de las ocurrencias". 

Pues bien, como acabo de comentar, un día más, se levantó con una nueva idea y claro... le dio forma. Resulta que se presentó en la báscula (hoy en día es la báscula vieja, que ya ni existe) y les comunicó a todos los presentes (unos con sus carros, otros con remolques o camiones... cargados de ajos para la venta) que prestasen atención pues de caridad se trataba y que de cada carro, remolque y camión que allí había, se donara un par de haces de ajos, que la iglesia los necesitaba para hacer no sé qué cosa (cosa que luego nunca se hizo). Don Miguel se subió a los vehículos como si de un gato se tratase (sin estorbarle la sotana) ante la mirada atónita de los allí presentes y sin atreverse ninguno de ellos a llevarle la contraria. Además de la frustración que aquello conllevaba, eran inevitable las risas y carcajadas de aquel espectáculo. Ahora, eso sí, fue equitativo pues en los vehículos que más carga llevaba, eligió coger de dos a tres haces y en los de menor carga elegía de uno a dos haces, según le viniera en gana. Con lo cual, no es difícil imaginar que con la reata que llegaba hasta la bodega del hermano Aurelio Martínez, don Miguel se convirtiera de esta manera, en el mayor cosechero de ajos del pueblo, sin plantar ni un solo diente. 




Más tarde, don Miguel perdería el "don" al colgar los hábitos, pues se enamoró y casó con una chica del pueblo. 

Y como bien dijo Don Quijote a través de Miguel Cervantes: 

"CON LA IGLESIA HEMOS DADO (TOPADO), SANCHO" 

Era el ABUSO DE PODER.

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