Este que veis arriba sonriendo tímidamente bajo su bigote y de mirada algo extraviada es José Mª Gutiérrez Ballesteros, conde (consorte) de Colombí, pues el título lo ostentaba la pedroñera Esperanza Contreras Zea Bermúdez, 4ª condesa de Colombí. De don José Mª se han escuchado muchas cosas, unas que lo dejan bien y otras que lo dejan fatal. Creo que el folclorista y abogado sevillano iba buscando un título nobiliario aunque fuese de rebote (como, en otra época mi adorado César González Ruano), y en el casamiento con esta cabeza de chorlito encontró una salida. Vivir como un señorito, aunque ya lo era, fue siempre su ideal, una vida descansada y regalada, rodeada de criados y paisanos que lo llamaran de don, alguna fiesta loca de vez en cuando...y mucho tiempo para el ocio y el disfrute de sus aficiones de señorito, pero también de interesado por el folclore, los toros y el coleccionismo; más allá del ejercicio, exigente y meritorio, de su oficio y de su decanato, todo hay que decirlo. No dejó de ser una figura señera en aquellos campos en donde se internó con su pluma. Debió de ser una persona interesante. Al morir su esposa de manera temprana, no se le vio más por Las Pedroñeras, pero se llevó el premio de un título con el que firmaba. Así más o menos
Es el caso que en 2015 se publicó la edición facsímil de uno de sus libros, titulado El impresor Enrique Rasco (1847-1910), cuyo prólogo, de Francisco Gil Pineda, por aquí te queremos dejar y quizá la lectura del mismo te lleve a leer la obra de nuestro medio-paisano, o paisano consorte. Con el permiso del autor del mismo, tenemos el gusto de transcribirlo en este blog pedroñero. Nos habla Gil Pineda de las dos pasiones (hubo otras) del conde de Colombí. Que lo disfrutéis.
LAS DOS PASIONES DEL CONDE
DE COLOMBÍ
por ©Francisco Gil Pineda
José María Gutiérrez Ballesteros, Pepe Colombí, conde consorte de Colombí, vería las primeras luces
en la sevillana localidad de Alcalá de Guadaíra el 28 de marzo de 1893, y
aunque residiría buena parte de su longeva existencia en Madrid, donde falleció
en 1989, no abandonaría jamás su alma andaluza, dedicando buena parte de sus
afanes a sus dos grandes pasiones: los libros y los toros. Polifacético
coleccionista de rarezas bibliográficas, escritor y folclorista, fue asimismo
abogado brillante con ejercicio constante durante toda su vida, llegando a ser
decano del colegio de abogados madrileño.
Amante de todas las tradiciones que recogieran en su seno
las más puras esencias del ser español, fue junto con su hermano Antonio uno de
los fundadores de la hermandad madrileña del Gran Poder y la Macarena, creada
como réplica exacta de las dos célebres advocaciones sevillanas, cofradía de la
que fue hermano mayor y radica desde entonces en la colegiata de San Isidro. El
26 de marzo de 1926 contrajo matrimonio con doña Esperanza Contreras y
Zea-Bermúdez, cuarta condesa de ese título, fallecida tristemente en Málaga en
1938, quien era descendiente de doña María Antonia Gertrudis de Colombí y Bode
(San Petersburgo, Rusia 1809-Friburgo, Alemania 1863), a quien se había
concedido el título por parte de las Cortes gaditanas a propuesta de la
Regencia en memoria de los servicios de su padre, que fuera cónsul general en
el Imperio Ruso. Esta doña Gertrudis casó con don Salvador Julián Zea-Bermúdez
y Buzo, hermano de Francisco Zea-Bermúdez, quien fuera embajador ante aquella
corte y junto con Colombí artífice del Tratado de Paz y Amistad con el zar. A
la vuelta de Fernando VII el título sería confirmado por un Real Despacho de 9
de julio de 1817, y el influyente Francisco ocuparía la Secretaría de Estado en
los años 1824-1825 y 1832-1834, viendo la luz bajo sus gobiernos importantes
reformas políticas y administrativas, tales como la nueva división de España en
provincias, que acababa con la tradicional antigua establecida en reinos, o la
Pragmática Sanción que suprimía la Ley Sálica –en realidad semisálica– y permitía
nuevamente reinar a las mujeres (1832), dando con ello origen a las Guerras
Carlistas.
Gran coleccionista, entre las rarezas bibliográficas a las
que dedicó sus esfuerzos Gutiérrez Ballesteros están la de los ex libris, marcas de propiedad
generalmente estampadas en las guardas de los libros ideadas de manera más o
menos artística o ingeniosa, llegando a tener una de las principales
colecciones del país. Estas marcas pueden contar variadísimos diseños, siendo
de los más frecuentes el basado en motivos heráldicos, jeroglíficos,
monogramáticos, figurativos o tipográficos. Fueron pioneros junto a Colombí en
la expansión de este tipo de coleccionismo, siempre elitístico, relevantes
bibliófilos de la época, como el famoso “Doctor Thebussem”, pseudónimo de
Mariano Pardo de Figueroa, y otros aficionados españoles tales como Alexandre
de Riquer, Joaquim Renart, Ramón Casals, Josep Triado o Ramón Miquel i Planas,
siendo este último el fundador de la Revista
Ibérica de Ex libris, que si bien gozó de corta vida, tan solo desde 1903 a
1906, se convirtió pronto en el referente para los amantes de este pequeño pero
selecto arte.
Las primeras asociaciones fueron fundadas en Inglaterra:
The Exlibris Society, en 1891, a la que siguió poco tiempo después la francesa
Societé Française des Collectioneurs d´Exlibris, llegando a España en 1901 con
la creación en Reus de la Sociedad de Amigos de los Libros y los Exlibris, que
publicaba la ya citada Revista
Ibérica
de Exlibris, que tras un breve periodo de decadencia vuelve a renacer con el nombre de Unió
d´Exlibristes Ibèrics. Tras la Guerra Civil, en 1946, se crea la Asociación de
Exlibristas Ibéricos, organizada bajo los auspicios del conde de Colombí, quien
se ocupa asimismo de dirigir el órgano de expresión de esta, la revista Ex libris, aparecida en 1952 y que
publicó hasta 1956, siendo sus ejemplares verdaderamente codiciados por todos
los aficionados a este tipo de coleccionismo.
En 1972 don José María donaría al ayuntamiento alcalareño
parte de sus colecciones bibliográficas y pictóricas, buena parte de ella de
temática taurina, su otra gran pasión, a las que hay que añadir su colección de
ex libris, quedando hoy expuestas en
el nuevo Museo de Alcalá de Guadaíra. A su muerte su nombre se ha convertido ya
en sinónimo de coleccionismo, cultista sí, pero también eminentemente castizo,
quedando su nombre ya unido al de otros ilustres bibliófilos y coleccionistas
andaluces, tales como el conde del Águila en el siglo XVIII, el marqués de
Jerez de los Caballeros en el XIX, y el propio Gutiérrez Ballesteros en el XX.
Su único hijo, don José María Gutiérrez Contreras y Ballesteros, siguiendo los
pasos de su padre, ha mantenido la vinculación paterna con el fenómeno
exlibrista, apoyando decididamente la fundación de la Asociación Andaluza de
Exlibristas, nacida en Sevilla en 1997, que a través de su publicación la
revista Extampa, que cuenta
periodicidad anual, y de diferentes eventos que organiza, mantiene viva en
nuestra tierra esta discreta y curiosa afición.
De su otra pasión, los toros, el conde de Colombí ha
quedado en la memoria como uno de los principales entusiastas de la fiesta en
el siglo XX, yendo su nombre unido indisolublemente al de otros aficionados
como José María de Cossío, iniciador de aquel monumento divulgativo del planeta
taurino que fue la enciclopedia Los
toros. Tratado técnico e histórico, obra colectiva conocida universalmente
por su propio apellido: El Cossío.
Don José María, que había vivido de joven aquella “edad de oro” que supusieron las
primeras décadas del nuevo siglo, marcadas por la rivalidad que protagonizaban
Joselito y Belmonte, que alcanzó el mito una aciaga tarde en Talavera, forjó su
afición entre las plazas y las animadas tertulias de los cafés. Precisamente en
una de estas, la del café Lion d´Or,
en la calle de Alcalá, comienza a gestar hacia 1953 junto con otros ilustres
aficionados como K-Hito, Celestino Espinosa “Capdevila”, Vicente Molina Arnás o
Antonio Urquijo, la idea de fundar una nueva asociación que dedicara sus esfuerzos
a difundir noticias o publicar pequeñas aportaciones de cariz literario,
histórico o curioso sobre este arte. El proyecto contó con el apoyo de los
contertulios, y el 11 de mayo de 1954 nace la Unión de Bibliófilos Taurinos, de
la que Gutiérrez Ballesteros fue su primer presidente, dirigiendo además el
órgano de expresión de esta, La Gacetilla,
boletín informativo del que se llegaron a publicar 30 números. Además de este
boletín, la asociación se destacó por la edición o reedición de rarezas bibliográficas
y antiguos manuscritos desempolvados de diversos archivos y bibliotecas,
siempre relacionados con el arte de la tauromaquia. Así, vieron la luz El tratado de la brida y de la gineta,
de Diego Ramírez de Haro, las Advertencias
para torear de Juan Núñez de Villavicencio, los escritos taurinos de Miguel
de Unamuno, o la Jornada madrileña del príncipe de Gales, manuscrito del siglo
XVII que refiere los fastos organizados en la corte con motivo de la visita de
aquel para negociar su matrimonio con una infanta española, por citar tan solo
algunos ejemplos significativos.
En la etapa actual de la asociación brillan los nombres de
otros insignes aficionados taurinos, como Francisco López Izquierdo, Diego Ruiz
Morales, o Rafael Cabrera Bonet, destacado divulgador de este arte, creador de
una cátedra de Tauromaquia en la Universidad San Pablo-Ceu, manteniéndose por
la UBT aquel selecto impulso inicial de propagar la cultura de los toros en
todos los ámbitos de la sociedad española a través de libros, conferencias, o
exposiciones.
También formaría parte de la Federación de Asociaciones y
Clubes Taurinos de España, FACTE, fundada muy poco después que la UBT, en 1955,
de la que también fue elegido presidente, corporación que cambiaría luego su
nombre por el de Unión Nacional de Asociaciones Taurinas, o UNAT, aunque ya no
bajo su dirección. Especie de escisión de esta es la llamada Asociación de
Amigos del Conde de Colombí, aún floreciente, que de manera informal al
principio y luego con periodicidad mensual, se ha caracterizado desde entonces
y hasta hoy día por su apoyo entusiasta a todo lo relacionado con la fiesta
nacional o al fenómeno del asociacionismo taurino.
Dedicaremos por último algunas líneas a la edición facsímil
con que este año, como viene siendo habitual, nos obsequia la Asociación de
Amigos del Libro Antiguo para la tradicional Feria del Libro “de la Plaza
Nueva”, que este año cumple su trigésimo octava edición, y que esperamos sacie,
por este año al menos, la voraz curiosidad bibliófila del interesado lector.
Vamos… ¡de usted! Hablando bien y pronto.
Se trata de un interesante ensayo sobre los inicios de la
imprenta en Sevilla, y la producción que sacó de los talleres a lo largo de las
últimas décadas del siglo XIX y las primeras de la centuria siguiente el
célebre impresor Enrique Rasco. El libro, que se titula precisamente: La imprenta en Sevilla: el impresor Enrique
Rasco (1847-1910), fue publicado sin embargo en Madrid, en 1956, en los
Talleres Gráficos de Góngora, en una edición limitada de 275 ejemplares y 178
páginas, impreso en papel de hilo blanco en tamaño cuarta mayor y diverso
material gráfico en forma de láminas y fotografías. De estas últimas cabe citar
al propio Rasco y las máquinas de su imprenta, y otros importantes escritores y
bibliógrafos del momento, como Luis Montoto, el marqués de Jerez de los
Caballeros, su hermano el duque de T´Serclaes, y algunos otros más unidos en el
afán difusor de la letra impresa.
Colombí sigue en esta obra el patrón dejado por Francisco
Escudero Perosso, quien ya en 1863 escribiera la que se tiene por primera obra sobre la imprenta en Sevilla: Tipografía hispalense. Anales bibliográficos
de la Ciudad de Sevilla desde el establecimiento de la imprenta hasta fines del
siglo XVIII, obra benemérita premiada por la Biblioteca Nacional pero que
no fue publicada hasta años más tarde, en 1894 por Antonio María Fabié. Pepe Colombí, cariñoso apelativo con que
dedica uno de los ejemplares a su buen amigo el historiador y literato Santiago
Montoto, hace gala en el libro de sus vastos conocimientos sobre la materia,
mostrándonos en su erudita introducción los iniciales balbuceos del arte de
Gutemberg en la Sevilla del Quinientos, ciudad a la que llegó antes que a
ninguna otra de la Corona de Castilla. En la populosa urbe vería la luz por
ejemplo el primer mapa impreso de América (1511), publicado por Cromberger en
una bella impresión de 74 páginas que Nebrija hizo sobre la Opera legatio babylonica oceani decas
poemata epigramata de Pedro Mártir de Anglería, acudiendo a ella destacados
impresores procedentes de Alemania, Italia y otros puntos de la Corona, tales
como los cuatro compañeros alemanes: Pablo de Colonia, Juan de Penitzer, Magnus
Herbs, Tomás Glocker o Meinard Ungut; Estanislao Polono, Bartolomé Segura,
Alfonso del Puerto, Pedro Brun, Juan Gentil o Jacobo de Villasegura.
Convertida la babilonia sevillana en verdadera “república
de las letras” fruto de la opulencia y el cosmopolitismo que las grandes
riquezas llegadas de Indias le proporcionaban, este afán por el coleccionismo
representado en el siglo XVI por Hernando Colón culminará en los años centrales
del Siglo de Oro, momento de mayor auge de las artes en toda su historia a
pesar de la ya evidente decadencia imperial, con la imponente figura de Nicolás
Antonio (Sevilla 1617-Roma 1684), que llegó a acumular 30.000 volúmenes en su
biblioteca, y a quien el conde de Colombí hace un encendido elogio llamándolo
“patriarca de los bibliófilos españoles”. Su monumental obra: Bibliotheca hispana nova, publicada en
1672 con el título Bibliotheca hispana
sive hispanorum; y Bibliotheca
hispana vetus, impresa de manera póstuma en 1696, comprende casi toda la
producción escrita publicada en España desde la época de Augusto hasta 1700,
siendo reimpresas por Francisco Pérez Bayer en celebrada edición que realizó
Ibarra (1783 y 1788).
Tras un catálogo completo de todas las ediciones impresas por Rasco entre 1883 y 1904, al final de la obra se reproducen en huecograbado algunas de las portadas de los títulos más importantes, que es de por sí un muestrario de toda la actividad literaria e intelectual del eruditismo sevillano de esa “Edad de Plata” que fueron las últimas décadas del siglo XIX. Por último solo hay que resaltar que en ese mismo año de 1956, Colombí reedita también, esta vez en forma de pequeña separata de ocho páginas –su forma habitual de publicar– otro interesante estudio sobre Rasco: El impresor Enrique Rasco y la fiesta de los toros, opúsculo que ya había visto la luz por primera vez en 1942, y que es publicado en la Gacetilla de la Unión de Bibliófilos Taurinos. La apretada extensión de este también pequeño opúsculo no nos permite extendernos más, reseñando tan solo a continuación algunas de las principales obras publicadas por este prolífico autor cultista y castizo, no siendo en absoluto estos dos términos antitéticos, cuya vida fue un continuo homenaje a las más sentidas tradiciones hispanas. Sin ofender…
OBRAS DEL CONDE COLOMBÍ
Sal y sol de Andalucía,
1935.
De la gesta española,
1939.
¡Al son… de la prima y
el bordón!, 1945.
Andalucía, 1953,
tirada no venal para la colección: Las
regiones españolas en Madrid.
Fiestas Reales de
Toros, manuscrito del siglo XVIII que describe las que se hicieron con
motivo de la exaltación al trono de Carlos IV en 1789 (Prólogo), 1956.
La imprenta en Sevilla:
el impresor Enrique Rasco (1847-1910),
Madrid, Talleres Gráficos de Góngora, 1956,
IX, 178 págs. Edición limitada de 275 ejemplares.
El impresor Enrique
Rasco y la fiesta de los toros, Separata de la
Gacetilla de la Unión de Bibliófilos Taurinos, núm. 3, 1956. Paremiología flamenca, 1957.
Mi biblioteca taurina,
1957.
Artículos periodísticos
de Francisco Rodríguez Marín (Prólogo),
1957.
Refranero taurino,
Gacetilla de la Unión de Bibliófilos Taurinos, 1958.
El caballo en la fiesta
de toros, 1958.
Cartel de toros: poemas
taurinos, 1959.
Una gran subasta de
libros, 1959.
Pregón a Nuestra Señora
del Prado, patrona de Talavera de la Reina, 1960.
Pregón a María
Santísima de los Llanos, patrona coronada de
Albacete, 1960.
¿Alanceó toros el Cid
Campeador?, Gacetilla de la Unión de Bibliófilos Taurinos, núm. 13, 1961.
La fiesta de los
toros: el Derecho, la Justicia y las autoridades, Conferencia celebrada en
el Ilustre Colegio de Abogados de Madrid, 1973.


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