El PUB PÁJARO LOCO era un nido de amor (capítulo 94 de las historias de Felipón) | Las Pedroñeras

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jueves, 29 de octubre de 2026

El PUB PÁJARO LOCO era un nido de amor (capítulo 94 de las historias de Felipón)

 

 

PÁJARO LOCO

Por Vicente Sotos Parra


El amor entre personas demasiado jóvenes es un asunto en el que no interviene el corazón. En esa edad bebemos porque tenemos sed o porque queremos emborracharnos; es solamente en los años maduros cuando nos ocupamos de la razón de nuestra embriaguez. Un joven enamorado está embelesado y cautivo con las fuerzas que se mueven dentro de su ser. Pero no olvides que luego se puede volver a ver las cosas así como en una segunda adolescencia. En otra edad se llega a una sumisión más profunda ante lo accesorio y se considera de importancia que la persona que vende o cosecha el vino sea buena y te guste.

Es como el recuerdo de un sueño de remotos tiempos; mas, no como los otros, oscuro y fugitivo, sino de un sueño resplandeciente que está en el horizonte de la memoria como un sol enorme y terrible.

Un día no recuerdo cuando me contó Felipón esta historia que paso a contar y que por no delatar a la persona que se mienta le bautizamos como Mari. Ocurrió en aquel pub de Las Pedroñera el Pájaro Loco estando la cuadrilla de fiesta.

Una noche de setiembre, de esas agitadas por el viento tibio y tempestuoso, caminamos por la acera demorándonos e intercambiando escasas palabras. El viento que nos hacía caricias imprevistas me imprimió en mejillas y labios una oleada aromática. Después continuó con sus torbellinos entre hojas ya secas. Ahora bien, no sé si aquella tibieza sabía a mujer o a hojas estivales, pero el corazón me dio un vuelco repentinamente, hasta el punto de que me paré. Mari me esperó medio volviéndose, y seguí caminando. Cuando en la esquina nos embistió  otra ráfaga, Mari hizo ademán de detenerse, sin levantar la mirada, otra vez a la espera, delante de la puerta de su casa. Me quedé un rato quieto en la acera –escuché el crujido de unas hojas secas arrastradas por el viento— y le dije a Mari “adiós”.

Siempre quise a Mari. En uno de mis primeros recuerdos, Mari y yo estábamos ocultos en una oscura glorieta de laureles, en un jardín con dos leones de piedra, Mari me dijo que le gusta el azul del mar, “me gustan las uvas, me gusta el azul del cielo, me gustan las rosas, me gustan los caballos blancos”. Yo comprendí que mi felicidad, podía identificarse con Mari. Nos parecíamos tan milagrosamente que, en un libro sobre la reunión de las almas del mundo, llegamos a escribir en el margen: Las nuestras ya se reunieron. “Nuestras” en aquel tiempo, significaba la de ella y la mía.

Para explicarme: Todo empezó una tarde de domingo en el pub el Pájaro Loco. Olía bastante a porrete, un olor que llegaba de la cocinilla. Los amigos teníamos tendencia a la barra. Era el lugar donde nos zambullíamos en lo que cada uno de los presentes sacaba los entresijos sin dejar el deporte del levantamiento de vidrio. No importa lo que bebimos, ni de qué hablamos. Lo que importa es que Mari tenía unos ojos negros y profundos, que no bebía una gota y que a cierta hora se puso de pie y, pasando junto a la cuadrilla, dijo:

--Tengo que irme.

--Yo te acompaño-- dijo Bartolo.

La llevó a su casa, y a su regreso ya andábamos contentos, pero recuerdo muy bien sin miedo a equivocarme que Bartolo se acercó y me dijo al oído:

--No se lo digas a nadie, pero acaba de decirme Mari que le gustas.

La segunda vez que la vi en el pub, me decepcionó mucho. El rosa le quedaba muy mal. Tenía el pelo lacio y muy mal cortado y la piel muy blanca. Meses después estaba sentada en el pub con tres muchachos forasteros con pinta de zoquetes, zánganos, tragaldabas… que querían hacerle comulgar con ruedas de molino: con una discusión sobre costumbres cristianas.

Mari era muy católica y los forasteros eran ateos y querían hacerle entrar en razón.

--¿Quién acompaña a Mari a su casa? --le pregunté a Bartolo--. Mari me eligió a mí.

Cuando subiendo la calle Montejano le dije que me había dado cuenta de que era muy tímida.

--Quisiera verte, para tomar un café y hablar un poco contigo—dije. Quería tener una cita para otro día.

A ella le pareció muy bien. Nos sentamos en el bar de Boni después de salir de misa de doce y ella empezó a hablar de la “comprensión”. Es decir, de lo maravilloso que es cuando dos almas se entienden. Pero las nuestras no se entendieron, porque yo estaba pensando en la cama y ella en el matrimonio.

Al domingo siguiente fuimos otra vez a tomar algo al pub. Ella me relato, de una manera abstracta, sus amores imposibles. Yo le dije mi edad y le pregunte por la suya.

--Tengo dos años más de lo que parece.

--Había lloviznado y cuando salimos de pub  hacía fresco. Le puse mi impermeable encima y le hablé.

--Bueno, ahora ya nos podemos dar un beso.

--Ella me miró llena de desencanto.

--Eso sí que no.

--Parecemos un matrimonio —me dijo -- que ha ido al cine y que ahora regresa a su casa a merendar.

Después se fue taciturna, pensando quizás que yo era “como los demás”.

Tres días después nos cruzamos por la calle y aproveché para quedar para el domingo. Ella me contestó con la rapidez y el sofoco de quien ha esperado tres días un encuentro.

--Eres de la raza opresora —me dijo.

Fui su novio durante un año. Iba a recogerla a la salida de la “cope”. No se me pasaba por la cabeza invitarla a tomar nada, porque yo no tenía cuartos para pagarle un cubata. Un día quise convidarla a un cubata, pero cuando supo lo que costaba, le pareció un despilfarro y me llevó arrastrando hasta el paseo hasta que fue hora de que la acompañara hasta la esquina de su casa.

--No gastes en mí —me dijo.

Y no tomamos ni café.

Una tarde, estábamos sentados en el pub sin decir nada cuando paso un carro haciendo mucho ruido, y me dijo:

--Se rompió el hechizo.

No le contesté.

Estaba tan resignada a pasar miserias a mi lado que hasta yo empecé a creer que acabaríamos casándonos.

Mari vivía con sus padres. Su madre era una abnegada con cuatro chicas y un chico soltero. La madre dijo, según Mari, que yo era de confianza, pero el resto de la familia pensaba que todos los hombres son muy malos, ofrecen muchos regalos, etc. Esto me lo comentó Mari, porque yo no les oí decir más que “buenas noches”.

--Yo sé que en el fondo eres bueno —me decía Mari.

Una noche que estábamos hablando en la esquina antes de llegar a su casa y llegó el hermano soltero; pasó sin saludarnos, y a los cinco minutos abrió la puerta con mucha violencia, para que supiésemos que era hora de despedirse.

--Me gustas tanto —me dijo un día-- que si pasara junto a mi Rod Hudson, ni lo miraría siquiera.

Me  sentía obligado a casarme con ella, porque ella creía que iba a casarme con ella.

--Si esto se acabara —me dijo durante una de esas noches--, me daría mucha tristeza.

Y no se hubiese acabado si no hubiera sido por lo que pasó en el pub el Pájaro Loco.

La cosa fue así: un día tuve dinero y la invité a tomar unas copas. Ella pidió un vermuth que le duró toda la tarde. Cuando se lo terminó, me dijo cómo iban a llamarse nuestros hijos.

--El primero, Jesús; el segundo, Juan; el tercero, Esteban (por san Esteban). Y las chicas… etcétera.

Las luces del local se apagaron cuando íbamos a salir. Al llegar a la calle, le dije:

--Esto no puede seguir así.

Ella no entendió que no quería casarme con ella. Explicarle que no iba a haber matrimonio me costó tres sesiones mortales. Le dije que necesitaba libertad, le dije que tenía tres amantes de las que no quería prescindir, le dije que nunca iba a tener dinero para casarme. En la tercera sesión me dijo:

--Si necesitas libertad y dos amantes y no tienes dinero, vamos a seguir como tú quieras.

Pero lo dijo demasiado tarde.

--Mari, lo que quiero es no seguir de ninguna manera.

Durante meses, Mari anduvo lloriqueando y contándole a mis amigos que yo la había dejado.

Después se le pasó, porque no le faltaban oportunidades. Durante una época trató de regenerar a uno de aquellos ateos de sofá. Después estuvo durante años, a punto de casarse con un forastero.

Hace poco, el ateo a quien no pudo regenerar Mari y que seguía tras ella me dijo: “a ti, Felipón, te  había querido mucho y nunca le hiciste nada malo”.

A esta altura, Mari, que entraba en la cuarentena, no pudo seguir resistiéndose a las tentaciones del ateo, que la cortejaba con insistencia desde hacía tantos años. Era su última ocasión y tenía que aprovecharla, porque no podía seguir marchitándose sola viviendo  en el pasado.

Mari, pobrecilla, me quiso siempre. Quizás me quiso más, también ella tenía sus malicias. Jugábamos a veces a alzar de nuevo entre nosotros el misterio, a intuir que cada uno era para el otro alguien ajeno, huyendo así de la monotonía. Pero ahora ya no podría perdonarle que fuese una mujer, alguien que transformó el sabor remoto del viento en sabor del recuerdo.

El hacedor supremo nos dio a todos los hombres, tanto los de antaño como a los de hogaño, un par de alforjas: la de atrás para los defectos propios, la de delante para los ajenos.

Como dijo don Quijote, con exhausta y amorosa melancolía:

Señores, vámonos poco a poco,

pues ya en los nidos de antaño

no hay pájaros hogaño.

Y es verdad que no hay pájaros, pero en el nido abandonado pueden haber crecido flores, o haber tejido allí los gusanos la crisálida que los convierta en mariposas.

Me puse a pensar y me di cuenta de que me había convertido en un Pájaro Loco.

 (CHASCARRILLO)

El sueño se perdió en el infinito,

los años son testigos de lo que digo.

 Veo en el espejo un Pájaro Loco

que te quiso querer, Mari, y no te quiso.

 

El viento, ciertamente, aviva

el fuego, salvo el amor que

nace de la costumbre.

PITÁGORAS.


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