PÁJARO LOCO
El amor entre personas demasiado jóvenes es un asunto en el que no interviene el corazón. En esa edad bebemos porque tenemos sed o porque queremos emborracharnos; es solamente en los años maduros cuando nos ocupamos de la razón de nuestra embriaguez. Un joven enamorado está embelesado y cautivo con las fuerzas que se mueven dentro de su ser. Pero no olvides que luego se puede volver a ver las cosas así como en una segunda adolescencia. En otra edad se llega a una sumisión más profunda ante lo accesorio y se considera de importancia que la persona que vende o cosecha el vino sea buena y te guste.
Es como el
recuerdo de un sueño de remotos tiempos; mas, no como los otros, oscuro y
fugitivo, sino de un sueño resplandeciente que está en el horizonte de la
memoria como un sol enorme y terrible.
Un día no
recuerdo cuando me contó Felipón esta historia que paso a contar y que por no
delatar a la persona que se mienta le bautizamos como Mari. Ocurrió en aquel pub de Las Pedroñera el Pájaro
Loco estando la cuadrilla de fiesta.
Una noche de
setiembre, de esas agitadas por el viento tibio y tempestuoso, caminamos por la
acera demorándonos e intercambiando escasas palabras. El viento que nos hacía
caricias imprevistas me imprimió en mejillas y labios una oleada aromática. Después
continuó con sus torbellinos entre hojas ya secas. Ahora bien, no sé si aquella
tibieza sabía a mujer o a hojas estivales, pero el corazón me dio un vuelco
repentinamente, hasta el punto de que me paré. Mari me esperó medio
volviéndose, y seguí caminando. Cuando en la esquina nos embistió otra ráfaga, Mari hizo ademán de detenerse,
sin levantar la mirada, otra vez a la espera, delante de la puerta de su casa.
Me quedé un rato quieto en la acera –escuché el crujido de unas hojas secas arrastradas
por el viento— y le dije a Mari “adiós”.
Siempre
quise a Mari. En uno de mis primeros recuerdos, Mari y yo estábamos ocultos en
una oscura glorieta de laureles, en un jardín con dos leones de piedra, Mari me
dijo que le gusta el azul del mar, “me gustan las uvas, me gusta el azul del
cielo, me gustan las rosas, me gustan los caballos blancos”. Yo comprendí que
mi felicidad, podía identificarse con Mari. Nos parecíamos tan milagrosamente
que, en un libro sobre la reunión de las almas del mundo, llegamos a escribir en
el margen: Las nuestras ya se reunieron. “Nuestras” en aquel tiempo,
significaba la de ella y la mía.
Para
explicarme: Todo empezó una tarde de domingo en el pub el Pájaro Loco. Olía bastante a porrete, un olor que llegaba de la cocinilla. Los
amigos teníamos tendencia a la barra. Era el lugar donde nos zambullíamos en lo
que cada uno de los presentes sacaba los entresijos sin dejar el deporte del
levantamiento de vidrio. No importa lo que bebimos, ni de qué hablamos. Lo que
importa es que Mari tenía unos ojos negros y profundos, que no bebía una gota y
que a cierta hora se puso de pie y, pasando junto a la cuadrilla, dijo:
--Tengo que
irme.
--Yo te
acompaño-- dijo Bartolo.
La llevó a
su casa, y a su regreso ya andábamos contentos, pero recuerdo muy bien sin
miedo a equivocarme que Bartolo se acercó y me dijo al oído:
--No se lo
digas a nadie, pero acaba de decirme Mari que le gustas.
La segunda
vez que la vi en el pub, me decepcionó mucho. El rosa le quedaba muy mal. Tenía
el pelo lacio y muy mal cortado y la piel muy blanca. Meses después estaba
sentada en el pub con tres muchachos forasteros con pinta de zoquetes, zánganos,
tragaldabas… que querían hacerle comulgar con ruedas de molino: con una discusión
sobre costumbres cristianas.
Mari era muy
católica y los forasteros eran ateos y querían hacerle entrar en razón.
--¿Quién
acompaña a Mari a su casa? --le pregunté a Bartolo--. Mari me eligió a mí.
Cuando
subiendo la calle Montejano le dije que me había dado cuenta de que era muy tímida.
--Quisiera
verte, para tomar un café y hablar un poco contigo—dije. Quería tener una cita
para otro día.
A ella le pareció
muy bien. Nos sentamos en el bar de Boni después de salir de misa de doce y
ella empezó a hablar de la “comprensión”. Es decir, de lo maravilloso que es
cuando dos almas se entienden. Pero las nuestras no se entendieron, porque yo
estaba pensando en la cama y ella en el matrimonio.
Al domingo
siguiente fuimos otra vez a tomar algo al pub. Ella me relato, de una manera
abstracta, sus amores imposibles. Yo le dije mi edad y le pregunte por la suya.
--Tengo dos
años más de lo que parece.
--Había lloviznado
y cuando salimos de pub hacía fresco. Le
puse mi impermeable encima y le hablé.
--Bueno,
ahora ya nos podemos dar un beso.
--Ella me
miró llena de desencanto.
--Eso sí que
no.
--Parecemos
un matrimonio —me dijo -- que ha ido al cine y que ahora regresa a su casa a
merendar.
Después se
fue taciturna, pensando quizás que yo era “como los demás”.
Tres días
después nos cruzamos por la calle y aproveché para quedar para el domingo. Ella
me contestó con la rapidez y el sofoco de quien ha esperado tres días un
encuentro.
--Eres de la
raza opresora —me dijo.
Fui su novio
durante un año. Iba a recogerla a la salida de la “cope”. No se me pasaba por
la cabeza invitarla a tomar nada, porque yo no tenía cuartos para pagarle un
cubata. Un día quise convidarla a un cubata, pero cuando supo lo que costaba,
le pareció un despilfarro y me llevó arrastrando hasta el paseo hasta que fue
hora de que la acompañara hasta la esquina de su casa.
--No gastes
en mí —me dijo.
Y no tomamos
ni café.
Una tarde,
estábamos sentados en el pub sin decir nada cuando paso un carro haciendo mucho
ruido, y me dijo:
--Se rompió
el hechizo.
No le
contesté.
Estaba tan
resignada a pasar miserias a mi lado que hasta yo empecé a creer que
acabaríamos casándonos.
Mari vivía
con sus padres. Su madre era una abnegada con cuatro chicas y un chico soltero.
La madre dijo, según Mari, que yo era de confianza, pero el resto de la familia
pensaba que todos los hombres son muy malos, ofrecen muchos regalos, etc. Esto
me lo comentó Mari, porque yo no les oí decir más que “buenas noches”.
--Yo sé que
en el fondo eres bueno —me decía Mari.
Una noche
que estábamos hablando en la esquina antes de llegar a su casa y llegó el
hermano soltero; pasó sin saludarnos, y a los cinco minutos abrió la puerta con
mucha violencia, para que supiésemos que era hora de despedirse.
--Me gustas
tanto —me dijo un día-- que si pasara junto a mi Rod Hudson, ni lo miraría
siquiera.
Me sentía obligado a casarme con ella, porque
ella creía que iba a casarme con ella.
--Si esto se
acabara —me dijo durante una de esas noches--, me daría mucha tristeza.
Y no se
hubiese acabado si no hubiera sido por lo que pasó en el pub el Pájaro Loco.
La cosa fue así:
un día tuve dinero y la invité a tomar unas copas. Ella pidió un vermuth que le
duró toda la tarde. Cuando se lo terminó, me dijo cómo iban a llamarse nuestros
hijos.
--El
primero, Jesús; el segundo, Juan; el tercero, Esteban (por san Esteban). Y las
chicas… etcétera.
Las luces
del local se apagaron cuando íbamos a salir. Al llegar a la calle, le dije:
--Esto no
puede seguir así.
Ella no entendió
que no quería casarme con ella. Explicarle que no iba a haber matrimonio me costó
tres sesiones mortales. Le dije que necesitaba libertad, le dije que tenía tres
amantes de las que no quería prescindir, le dije que nunca iba a tener dinero
para casarme. En la tercera sesión me dijo:
--Si
necesitas libertad y dos amantes y no tienes dinero, vamos a seguir como tú
quieras.
Pero lo dijo
demasiado tarde.
--Mari, lo
que quiero es no seguir de ninguna manera.
Durante
meses, Mari anduvo lloriqueando y contándole a mis amigos que yo la había
dejado.
Después se
le pasó, porque no le faltaban oportunidades. Durante una época trató de
regenerar a uno de aquellos ateos de sofá. Después estuvo durante años, a punto
de casarse con un forastero.
Hace poco,
el ateo a quien no pudo regenerar Mari y que seguía tras ella me dijo: “a ti, Felipón,
te había querido mucho y nunca le
hiciste nada malo”.
A esta
altura, Mari, que entraba en la cuarentena, no pudo seguir resistiéndose a las
tentaciones del ateo, que la cortejaba con insistencia desde hacía tantos años.
Era su última ocasión y tenía que aprovecharla, porque no podía seguir
marchitándose sola viviendo en el
pasado.
Mari, pobrecilla,
me quiso siempre. Quizás me quiso más, también ella tenía sus malicias. Jugábamos
a veces a alzar de nuevo entre nosotros el misterio, a intuir que cada uno era
para el otro alguien ajeno, huyendo así de la monotonía. Pero ahora ya no
podría perdonarle que fuese una mujer, alguien que transformó el sabor remoto
del viento en sabor del recuerdo.
El hacedor
supremo nos dio a todos los hombres, tanto los de antaño como a los de hogaño,
un par de alforjas: la de atrás para los defectos propios, la de delante para
los ajenos.
Como dijo
don Quijote, con exhausta y amorosa melancolía:
Señores, vámonos poco a poco,
pues ya en los nidos de antaño
no hay pájaros hogaño.
Y es verdad
que no hay pájaros, pero en el nido abandonado pueden haber crecido flores, o
haber tejido allí los gusanos la crisálida que los convierta en mariposas.
Me puse a
pensar y me di cuenta de que me había convertido en un Pájaro Loco.
(CHASCARRILLO)
El sueño se perdió en el infinito,
los años son testigos de lo que digo.
Veo en el espejo un Pájaro Loco
que te quiso querer, Mari, y no te
quiso.
El viento, ciertamente, aviva
el fuego, salvo el amor que
nace de la costumbre.
PITÁGORAS.


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