Jaime I el Conquistador y la cabeza de ajos | Las Pedroñeras

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sábado, 21 de septiembre de 2019

Jaime I el Conquistador y la cabeza de ajos



En el capítulo que Jesús Callejo y Carlos Canales dedican a los guerreros celestes en el más que recomendable libro escrito al alimón, que lleva por título Seres y lugares en los que usted no cree, se escriben las siguientes palabras (no sabía uno nada de esta historia singular, legendaria y muy ajera. Leed, hermanos:


"Los hombres del conde Borrell II hicieron su entrada triunfal en la ciudad condal por "La puerta del Mar", situada entonces en el lugar donde hoy existe la plaza del Ángel, capitaneados por un caballero desconocido quien, a pesar de protagonizar una cruenta escabechina entre los musulmanes, llevaba su vestido blanco limpio y su escudo de lo más reluciente. Al llegar a la plaza de san Jaime, su caballo de fuego tornó en carne y hueso. Alzando el caballero su lanza hacia el cielo, hizo con ella tres veces la señal de la cruz y desapareció. Todos creyeron, al unísono, que se trataba del mismísimo San Jorge -sant Jordi- a pesar de que nadie le conocía y que en ningún momento tan extraño personaje se identificó (lo que nos hace pensar que si esta aparición hubiera ocurrido en otras zonas de España no habrían tenido dudas en señalarlo como Santiago "Matamoros", como san Miguel o como san Magín, santos estos últimos que tanto protegieron los intereses de Carlomagno.

Lo cierto es que Cataluña entera lo tomó por patrón y su cruz pasó a formar parte del escudo de Barcelona y de muchas otras ciudades. En el libro Las nubes del engaño, de Andreas Faber Kaiser, se mencionan más intervenciones de este extraño caballero andante y celeste que defiende a toda costa a los cristianos contra los moros sin que sepamos muy bien qué espera recibir a cambio (desde luego, no bienes materiales).

Al parecer, ayudó a Jaime I el Conquistador en la conquista de Mallorca. Faltos de provisiones por la desconexión de tierra firme, hallaron solamente una cabeza de ajos que comiose el rey, para luego exclamar "El rey Jaume I i el seu exèrcit han ben dinat" (El rey Jaime I y su ejército han comido bien), y dicho esto invocó la ayuda de san Jorge, el cual apareció entre la soldadesca con su caballo alado, su lanza de fuego y su túnica con la gran cruz. Venció a los moros y al poco tiempo el rey, al frente de su hueste, entró triunfalmente en Palma".

En fin, me pareció interesante eso de que el rey y su ejército se comiesen una cabeza de ajos por no haber otra cosa y que digan que habían comido bien y que inmediatamente se les aparezca san Jorge para ayudarles en la batalla. Sin duda, el santo pensó que con los estómagos vacíos poco iban a conseguir. O quien sabe, lo mismo el ajo les dio fuerzas suficientes para emprender con garantías esa empresa (aunque luego ganasen haciendo trampas, jaja).



Pero he indagado un poco más, y han salido a mi paso algunas historias más en las que al rey Jaime I se le relaciona con los ajos, del que parece era gran degustador. Quizá no sea solo que una versión de la anterior anécdota.

En el blog llamado El historicón leo:

"El rey aragonés Jaime I, llamado el Conquistador, instauró un curioso sistema para repoblar las tierras que iba haciendo suyas. Para ello, inventó una media de superficie llamada la jobada, que consistía en la cantidad de tierra que podías arar dos bueyes en un día. A cada familia que venía a establecerse en las tierras conquistadas, le concedía tantas jobadas como miembros había en dicha familia. A este rey se le atribuye otra anécdota, muy probablemente falsa: fue el inventor de la palabra "caray". Se cuenta que, estando sitiado en Valencia, tuvo el capricho de comerse una cabeza de ajos tiernos. Los sirvientes salieron de las murallas para coger unos cuantos con los que servir al rey, pero los enemigos los descubrieron y los mataron. A todos menos a uno, que pudo regresar con una sola cabeza de ajos en sus manos. El rey, al verla, exclamó "car all" (caro ajo), que en algunos sitios se pronuncia "car ai".


Y en otro blog titulado Turoliense, la anécdota anterior se cuenta de este otro modo:

Las sopas de ajo y el rey don Jaime primero

Dice la tradición que cuando el invicto rey Don Jaime I el Conquistador, proyectaba la conquista del reino moro de Valencia en el primer tercio del siglo XIII, era Teruel el centro de las operaciones de los ejércitos cristianos. Y estando Don Jaime I en Teruel, en la flor de su juventud, enfermó de una dolencia que lo mantenía postrado. En vano los más famosos médicos o físicos de su Corte intentaron remedios para volverle a su antigua vitalidad, en vano se aplicaron cuantas recetas se conocían entonces y, finalmente, según la costumbre del Medievo se permitió que cualquiera que conociera algún remedio lo aplicara para ver si de este modo se lograba sanar a la regia persona. También fracasaron cuantos remedios caseros fueron empleados. Y entonces cinco jóvenes guerreros turolenses decidieron que el rey Don Jaime I solamente podría curar mediante unas sopas de ajo al estilo de Teruel y decidieron que el monarca debía tomar este plato sabroso y de grandes virtudes curativas. Pero la abundancia de guerreros y cortesanos en Teruel había agotado en la vega los ajos, no pudieron hallar ni una sola cabeza de ajo con que hacer la celebrada sopa. Animosos los jóvenes decidieron que puesto que en Teruel no los había debían saquearlos en la vega valenciana y, aprestando sus corceles y sus armas, realizaron una temeraria cabalgada sobre la huerta de Valencia los cinco jóvenes turolenses con el exclusivo propósito de conquistar unos miserables ajos. El ideal material era bien pobre, solamente unos ajos, pero el ideal auténtico que animaba sus espíritus era salvar a su rey. Y dice la tradición que de los cinco fuertes guerreros solamente uno volvió, pereciendo los otros en la empresa, pero aquel que volvió, volvió triunfante ondeando una ristra de ajos conquistados de los moros. Don Jaime I el Conquistador probó las sopas de ajo de Teruel y desde este momento sintió una mejoría que se acentuó al repetirse día tras día el condimento. El invicto rey Don Jaime I el Conquistador sanó y volvió a su primitivo ardor combativo reanudándose las hazañas gloriosas de la conquista de Valencia, y esta curación extraordinaria se debió según la tradición turolense a unas sopas de ajo al estilo de Teruel.


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