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sábado, 17 de enero de 2015

Memorias y vivencias de Emilio Castillo Ramírez (1) - Infancia, familia y primeros trabajos



Memorias y vivencias de
Emilio Castillo Ramírez

Capítulo primero:
Infancia, mi familia y primeros trabajos

Para quienes lean estas páginas y no me conocieran, les digo que mi nombre es Emilio y mis apellidos Castillo Ramírez. Nací en  Las Pedroñeras (Cuenca), el 18 de febrero de 1913, y cuando fui adulto siempre me conoció la gente del pueblo más como Emilio El Mire que por mi nombre y apellidos, como suele ser costumbre aquí. Vine al mundo en el seno de una humilde familia cuyos medios para mantenerse era el trabajo del campo sin tierras propias; por eso en aquel tiempo como oficio o profesión se decía que eran campesinos. Mi padre se llamaba Juan Castillo de La Cueva  y mi madre Isabel Ramírez Martínez. De este matrimonio nacimos siete hijos y dos hijas, yo fui el 8º. Dos murieron muy pequeños, que yo no conocí, mi hermana mayor llamada Eugenia murió a los 26 años dejando una hija, y mi hermano Víctor, que murió con 18 años. Recuerdo que al morir mi hermana yo tendría unos catorce años y cuando mi hermano Víctor sobre siete u ocho. Después iban Crisantos, Antonio, Cirila y el más joven Ángel; todos nacimos en una época de  extrema  necesidad como podrá verse pronto.

Mi padre se quedó huérfano a los 12 años y por cierto tuvo que estar con mi tía Eulogia y mi tío Juan de Dios, padres de Daniel y Manolo y otros dos más, Fernando y Luis, pues estuvo con ellos hasta irse a la mili. Por cierto tuvo que ir a la Guerra de Cuba porque cuando sorteó le tocó allí. Entonces Cuba era una isla que pertenecía a España y la guerra fue con Estados Unidos, que ayudó a Cuba a independizarse de España. Estuvo allí, en Cuba, cuatro años (1895-1898), al menos eso es lo que recuerdo que él nos dejó dicho, y  vino bastante delicado de un riñón. Todo esto fue ya mucho después de morirse mi abuelo Antonio, que estuvo casado con una provenciana" que se llamaba María ("la Púa" le decían de apodo), y con ella tuvo a mi tío Manuel y mi tía Marceliana. Cuando íbamos al Provencio alguna vez, ya era muy vieja y todo le parecía poco para nosotros. Yo la conocí ya casada de segundas con un tal Pedro Carpo, muy buen hombre; tuvieron un hijo al que llamaron Pedro, también muy buena persona, que yo lo conocí bien; estuve varias veces en su casa y él también vino a mi casa y lo mismo su mujer, todos se alegraban mucho de vernos.

Por parte de mi madre, mi abuela se llamaba Francisca Martínez, y a su marido, mi abuelo materno, tampoco lo conocí yo; este, según decía mi madre, era un buen labrador, y fue mayoral muchos años en La Encomienda o en La Veguilla. Tuvieron tres hijos: mi tío Andrés, mi tía Ángela, que vivió en El Provencio, y mi madre, Isabel. Se murió mi abuela de 96 años; fue más dura que los guijarros. Estuvo haciendo media hasta que se murió. Cuando yo tenía tres o cuatro años o menos, recuerdo que  iba a acostarme con ella , que por entonces tenía ochenta años o más. Recuerdo que me enseñaba oraciones, solo me acuerdo de dos que son estas: Ángel de la guarda dulce compañía, / no me desampares ni de noche ni de día”. Y  la otra era Con Dios me acuesto / con Dios me levanto, / con la Virgen María / y el Espíritu Santo.Esta abuela mía recuerdo que para curarse los resfriados cocía higos en un pucherete en la lumbre y se bebía el caldo, como una infusión.

Desde  mi niñez recuerdo la situación que mis padres vivieron. Teníamos una casa muy pobre, no había nada más que dos dormitorios, uno en el que dormían mis padres y otro en el que apenas cabía la cama en que dormía mi abuela y mis dos hermanas. Nosotros, cuatro hermanos cuando yo nací (seis años después nació mi hermano Ángel) dormíamos en una pequeña y floja banca, cerca del fuego (como decíamos al sitio) donde estaba la lumbre que se echaba en las casas, que era la costumbre. Por entonces no había estufas de ninguna clase, al menos en mi casa. Aunque de los cuatro, yo me iba a acostar muchos días, o mejor dicho, me llevaba un amigo de mi padre que se llamaba Víctor Bonillo, que no tenía hijos y nos apreciaban mucho. Los dos hermanos  mayores estaban de mozos en casa de los ricos para ganar algún dinerejo y quitar gastos de la casa.




A  los 6 años comencé a ir a la escuela. Mis padres eran pobres de pocos recursos, la vida entonces estaba muy mal. Cuando iba a la escuela, recuerdo que casi todos los chicos de los pobres íbamos descalzos, si alguno iba calzao era con zapatillas de goma sin calcetines. Todo era una miseria, pues los padres ganaban dos pesetas o tres de sueldo y no todos los días. Cuando salía de la escuela y pedía pan a mi madre pues sí, me daba pan, pero no había otra cosa, y si acaso te echaba un poco de aceite en lo alto del pan y si le pedías algún dinero, esto cuando ya tenía diez o doce años, me daba una perra gorda y no todos los domingos o fiestas. El maestro que tuve mejor y que recuerdo bien fue Don Adolfo. Es quien dejó mejor memoria. Nos hablaba sobre todo de lo que era la honradez, de la importancia de aprender a escribir y leer bien, saber hacer las cuentas para defendernos en la vida y de la economía.

Cuando ya tenía esta edad, bueno, desde los 9 años, pues ya me quitaba mi padre varios días de la escuela para que le ayudara a trabajar y ganar algo para ayuda de la casa. Iba con mi padre a coger sarmientos detrás de los podaores que podaban con él viñas. Luego ya cuando íbamos siendo de unos 10 o 12 años, pues íbamos a coger grama detrás de los labradores, otras veces a desatapar viñas y  todo eso por un jornalete.  Por cierto a  desatapar, íbamos a la finca del Taray. Había que ir temprano; al salir el sol teníamos que estar trabajando. Íbamos de veinte o treinta chicos, corriendo para allá y lo mismo para el pueblo, no había quien nos trajera subidos. Todo por un sueldecete de 1 peseta o poco más. Y también me acuerdo de ir a coger aceituna por 35 céntimos de jornal todo el día, lo que querían darnos, y poco hablar.  Con aquellos escarchazos que caían en aquellos años; blanqueaban las olivas que parecía que había nevado. Alguna vez recuerdo que echaban lumbre para que nos calentáramos, pero no siempre. Entonces no había guantes de goma ni ropas como ahora. Esto era por el año veintitrés más o menos.


©Fabián Castillo Molina


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