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viernes, 9 de enero de 2015

Memorias de Emilio Castillo Ramírez - Introducción



por Fabián Castillo Molina





¿Para qué sirve escribir las memorias? es la pregunta que surge en primer lugar. Sin duda, aquí aparece la referencia a una frase que dijo alguien y sigue repitiéndose: “Recordar es volver a vivir”. Sí, eso puedo afirmarlo no ahora, que también, porque leyendo lo escrito por mi padre, recordando su vida y acudiendo a sus distintas versiones, compruebo que él ahí está vivo, tal como era. No solo lo veo escribiendo sus recuerdos, sino también, viviendo aquellos momentos lejanos de su juventud y en la plenitud de su vida, incluso de su más tierna infancia; tal es la sinceridad y viveza que ponía al escribir, a veces, en algunos de los pasajes que narra.



En una última versión resumida que escribió en 2004, cuando tenía ya 91 años, dice para empezar: “Tengo el mayor gusto de mi vida de escribir aquí la vida que mis padres vivieron y a continuación también la vida de sus hijos de aquellos años tan lejanos.” Este era su último intento. 

Por tanto, con la respuesta a la primera pregunta, casi puedo saltarme las cuatro restantes que dicen debe haber en todo proyecto que nos propongamos afrontar. 

Emilio Castillo Ramírez, mi padre, escribió en varias ocasiones recuerdos y detalles de su vida que no quería que se olvidaran, aunque ahora viendo esos escritos y comprobando lo que cuenta en ellos, creo que influyeron en su ánimo mis reiteradas peticiones para que lo hiciera, dándole ánimos verbalmente y por carta. Por fin, el primer intento que hace formalmente de escribir recuerdos y memorias lo realiza en papel rayado de cartas a finales de 1980 o principios de 1981. Iba a cumplir 68 años. Escribió 10 páginas y me las entregó una de las veces que volví a Pedroñeras, quizás por Navidad. Casi diez años después, se animó a hacerlo de nuevo y anotó en la primera página de un cuaderno verde tamaño la mitad de A4: “A mis 78 años escribo mis memorias”. Dedicó 29 páginas de esa libreta a escribir sus recuerdos, pero sin copiar lo que me había escrito diez años antes y que yo guardaba. Corría el año 1991. De algunos de los pasajes por él contados extraje lo esencial y los transformé en composiciones rimadas a mi manera y le felicité así su cumpleaños en 1982. “A vender harina” le emocionó tanto que, según decía, siempre que lo leía lloraba, pero sin embargo volvía a leerlo y después incluso a escribirlo, copiando literalmente los versos más o menos acertados y firmándolo luego él como autor del trabajo y de la historia; así debía de identificarse con ella.




Escribió tres versiones más de sus recuerdos y vivencias, una en un cuaderno grande tamaño folio A4, en el otoño-invierno de 1992, donde dedicó 22 páginas, en este caso usando a veces como referencia lo escrito en el cuaderno citado anteriormente y copiando párrafos completos, y en otros casos ampliando o modificando pasajes. Tres años después, repite el intento de memorias también en otro block tamaño A4 de espiral, pero volviendo a copiar parte de lo que tenía hecho, sin duda con la libreta delante, aunque a veces corrige detalles y amplía otros recuerdos. Aquí vuelve a dedicar 22 páginas. Tiene ya por entonces 82 años, quizás próximo a cumplir 83. Finalmente, es en 2004, con 91 años, cuando hace un último intento en un pliego (A3) que lo divide en 8 columnas, pero se cansa pronto y no llega a terminar la séptima. Creo que fue cuando acababan de publicar el quinto y último capítulo de sus “Vivencias” en Pedroñeras 30 días (publicación repartida durante los meses de septiembre de 2003 a enero de 2004; significó todo un acontecimiento para él y una ilusión cumplida que ya en su momento agradecí a Luis Romero). Fue quizás su última y mayor ilusión cumplida, en un momento de su vida, quizás el más difícil, puesto que la esperanza al superar los 90 ya no puede ser mucha en las circunstancias que se le presentaron. Tenía por entonces a su mujer (mi madre) enferma, en fase avanzada de Alzheimer, ella que siempre había gozado de tan buena salud. 

Ahora, con las cinco versiones delante, seleccionando y extrayendo lo que pueda aportar algo más sobre su trabajosa y larga vida, aunque las memorias solo llegan a la década de los 60, trataré de escribir en su nombre lo que sin duda a él le hubiera gustado ver escrito. En su memoria lo hago y al intentarlo lo estoy viendo vivir nuevamente. 

Ahora, cuando ya se cumplirán en mayo los nueve años de su muerte, atendiendo la reiterada sugerencia de Ángel Carrasco, me propongo publicar en este blog lo que por ahora pueden ser sus memorias más completas, corregidas y ampliadas.

©Fabián Castillo Molina

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