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sábado, 16 de mayo de 2015

Belén Gopegui - Un cuento del pueblo para el pueblo que me puso un nudo en la garganta



por Fabián Castillo Molina



Nunca había pensado ni remotamente que algo así podría ocurrirme a mí y me ocurrió. Con esfuerzo pero con mucho cariño, conseguí escribir un libro que no tenía previsto, un librillo quizás, por su escaso número de páginas, 136, pero para mí un mundo, un antes y un después. Recién salido del horno, cuando todavía olía a nuevo, uno de los primeros ejemplares, se lo entregué a un amigo, entendido en letras, Constantino Bértolo Cárdenas, por entonces director de Editorial Debate. Lo había conocido años atrás como antiguo profesor en la Escuela de Letras de la C/ Factor 5, y mantenía con él una buena relación amistosa desde que supervisó mi proyecto de novela corta que en principio titulé La matanza.


Le sorprendió este “librejo” que ahora le presentaba porque mientras lo escribía no le había consultado ni hablado de él. Sin embargo,  una vez ojeado, espontáneamente dijo que él estaría dispuesto a presentármelo, en público, en el pueblo. Y yo tan contento y gratamente sorprendido quedé también. Nos despedimos sin concretar nada más y pocos días después me llamó por teléfono y me dijo: "Tengo una buena noticia que darte, en vez de presentarte yo el libro, te lo va a presentar Belén Gopegui". Yo sabía que él era compañero de Belén y que esta en los últimos años había publicado varias novelas con éxito de crítica y público, pero no la conocía personalmente. La noticia que me daba Constantino me dejó ya más sorprendido todavía, y admirado, pensé: "¿Cómo una escritora de la categoría de esta mujer, muy amiga de Carmen Martin Gaite y metida en círculos intelectuales de Madrid podría interesarle presentar este libro que habla principalmente de Las Pedroñeras?



Pues sí, poco después fijamos fecha, posteriormente se publicó el anuncio como un acto más en el programa de las fiestas de septiembre de 2001, y el día 4, como estaba previsto, en el Auditorio Municipal, estuvimos presentes no sé si 40 o cincuenta espectadores, la concejala de cultura de Pedroñeras (Nieves Galindo), Luis Ramírez, Constantino Bértolo, Belén Gopegui y yo. En primer lugar, Nieves hizo una breve introducción, después, Constantino también dirigió unas palabras presentando a Belén y al autor del libro que habían venido a presentar y, a continuación , Belén Gopegui sacó de una “carpetilla" unos folios y con voz suave, tranquila, dulce se puso a leer.

El silencio en la sala era total, cosa muy de agradecer al público. Yo desconocía por completo el contenido de su presentación, de hecho no habíamos hablado ni palabra sobre este asunto y, a medida que iba leyendo y yo escuchando me iba entrando una especie de sofoco, y en mi silencio, llegó un momento en el que se me hacía un nudo en la garganta, se me iba acelerando el corazón y cuando por fin llegó al final, me di cuenta de que se me había anulado el sentido del oído, pero no me había quedado sordo. A partir de cierto momento de la lectura de la escritora, sin duda oía pero no escuchaba, pensaba en otra cosa, pensaba en lo difícil que me iba a resultar hablar cuando ella terminara de leer. Creo que ese mecanismo de autodefensa nunca hasta entonces lo había experimentado. Me había llegado tan hondo, que no percibía sus palabras.

Cuando terminó sonó un aplauso unánime, de los pedroñeros presentes y me tocaba a mí después hablar, decir algo…, o leer, aquello fue unos de esos minutos que no se olvidan. Pues a pesar de todo, con ciertas dificultades dije algo y después leí, cumplí mi cometido y llegué al final.

Ahora, porque estoy seguro que a algunos de vosotros que no estabais allí os va a gustar saber lo que leyó Belén al público, lo pongo aquí a continuación, y al tiempo advierto que 14 años después esta escritora ha continuado consolidándose no solo como novelista para adultos (ya ha publicado 9 novelas); también se han hecho 4 películas de guiones suyos (una basada en La conquista del aire, tercera de sus novelas) y además tiene abierta otra vía de publicaciones infantiles que no van a la zaga en interés y calidad de las otras.


El texto de la presentación fue este:

“Buenas tardes. Voy a leerles una pequeña historia con la que quiero dar la bienvenida al libro de Fabián Castillo Molina. Es la historia que le ocurrió a un cartero que empezó hace casi treinta años. Aquel cartero trabajaba en la oficina central de correos de Madrid. A su mesa iban a parar las cartas en donde faltaba la provincia, aquellas con un nombre de calle que mezclaba dos calles distintas, o aquellas sin dirección. Entre las funciones del cartero estaba también la Navidad. En aquel tiempo apenas se recibían cartas destinadas a Papá Noel, pero sí llegaban cientos de miles para los Reyes Magos. Por una especie de superstición que nadie confesaba, esas cartas no se destruían directamente. El cartero las iba almacenando en unas baldas de metal y cada siete de enero entonces sí, entonces las metía en sacos y llevaba los sacos a una pequeña incineradora de papel. Cada siete de enero, antes de destruirlas, el cartero miraba tres cartas al azar. Casi todas se parecían: juguetes de los anuncios, algún juguete más raro o el cumplimiento de una promesa: que me dejen ir a ver el partido de baloncesto los domingos; y solía haber también un rasgo generoso: que a mi abuelo no le duelan los huesos, un tocadiscos para mi madre. Pero aquel año el cartero encontró una carta y no la leyó por encima. La firmaba una niña. Y esa niña pedía una sola cosa: quería tener un pueblo.

"Queridos Reyes Magos, yo he nacido en Madrid y mis padres también, así que no tengo pueblo. Me gustaría mucho que me trajerais uno. Todos mis amigos lo tienen, y pasan allí los veranos, las Navidades, muchos fines de semana. Luego traen cosas que sólo se comen en su pueblo, y cuando van se pueden quedar mucho tiempo jugando en la calle o montando en bici. El año pasado les pedí un pueblo a mis padres, pero ellos han buscado una casa con una piscina a cuarenta kilómetros de Madrid. Y eso no es tener un pueblo. Mi mejor amiga me ha invitado tres veces a su pueblo. Allí vamos las dos solas a la plaza, o a la tienda si hay que comprar algo. A mi amiga todo el mundo la saluda, a veces le preguntan: "¿tú, de quién eres?", mi amiga dice que es de la casa de Fermín y todo el mundo lo entiende; si nos queremos quedar en el río se lo dice a algún conocido mayor que esté cerca; si una mujer nos ve que estamos tonteando sin hacer nada, nos pide algún recado. En Madrid, y en la urbanización de la casa con piscina, nadie te pregunta ¿tú de quien eres?

Tener un pueblo debe de ser como los conjuntos en matemáticas. Puedes dibujar en una hoja un montón de triángulos sueltos, por ejemplo. Y solo tienes eso, un montón de triángulos sueltos. Pero si haces una raya alrededor para que quepan todos dentro, entonces tienes un conjunto de triángulos y todo cambia. Los triángulos siguen estando sueltos pero ahora guardan relación. Tener un pueblo es pertenecer a un conjunto, ser de un sitio. Tener un pueblo es saber por qué haces las cosas, saber por qué ves a esos amigos que son los hijos de unos que eran amigos de tus padres". La niña se despedía diciendo que, aunque era difícil, para eso los Reyes Magos eran los Reyes.

Pasaron los años, cada siete de enero el cartero leía tres cartas pero nunca se olvidaba de aquélla. A lo mejor porque él sí era de un pueblo, y había estado siempre tan preocupado por darle a sus hijos una buena educación y que aprendieran idiomas pero nunca, hasta que leyó aquella carta, se le había ocurrido que él tenía algo que muchos otros padres no podían dar a sus hijos, un pueblo. Y llegó el año en que el cartero iba a jubilarse, el año 2001. A principios de septiembre un compañero le dijo: Esta carta es para tu sección, se ha adelantado un poco. Era una carta para los Reyes Magos, en un sobre blanco escrito con letra de adulto. El cartero sabía que el próximo siete de enero él ya no estaría trabajando, otro se encargaría de meter las cartas en sacos y llevarlas a la incineradora. De modo que tomó un viejo abrecartas y se dijo que bien podía concederse ese pequeño regalo de despedida. Abriría el sobre con cuidado, leería la carta y después volvería a guardarla y la llevaría a las baldas para ser fiel a la superstición de que si las cartas se destruían antes del seis de enero podía haber peticiones que no se cumpliesen. Pero no le hizo falta guardarla de nuevo, la carta no pedía nada a los Reyes. Sólo les daba las gracias. La firmaba una mujer que decía:

"Hace muchos años os pedí un pueblo. Se lo he pedido a muchas más personas, no sólo a vosotros, y todos me decían que eso era imposible, hay cosas que no se pueden dar, se nace, decían, teniéndolas o se nace sin ellas. Pero seguramente no hay nada que no se pueda dar. Porque el mes pasado hicisteis que llegara a mi casa un libro de un suave color entre gris y malva muy claro. Tiene una foto con unos girasoles y las casas de un pueblo recortado al fondo. Tiene un plano, un callejero, un diccionario y cuadros y fotografías. Y, si lo abres, enseguida empiezas a oír el eco de sus historias. Es un libro que se titula "Al pueblo", y parece que es algo que su autor, Fabián Castillo Molina, ha querido darle a Las Pedroñeras, que así se llama el pueblo. Pero en realidad es mucho más, en realidad es algo que Las Pedroñeras y también vosotros habéis querido darnos a muchas personas a través de Fabián". El cartero sonrió mientras pensaba que le gustaría que en su pueblo hubiera un Fabián que escribiese un libro como ése de que hablaba la mujer de la carta. Muchas Gracias.

Belén Gopegui. Madrid, 4 de Septiembre de 2001”

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