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sábado, 28 de febrero de 2015

Memorias y vivencias de Emilio Castillo Ramírez (7): La posguerra (3)


Memorias y vivencias de

Emilio Castillo Ramírez

Capítulo VII:

Las posguerra (III)

Más sobre el estraperlo. Los maquis.

       Con aquella borriquilla pude ir trapicheando con el aceite, patatas, judías y garbanzos, y lo mismo trigo y harina para ir cociendo los panes y después venderlos.

         Ya me fui enterando de quién tenía trigo y  poco a poco me fui orientando por los labradores a cómo estaba de precio y quién quería vender, porque como estaba tan caro y prohibida su venta entre particulares, los labradores tenían mucho miedo de vender, pues una fanega (43,25 kilogramos) se pagaba hasta 500 pesetas, pero a pesar del miedo siempre había quien quería vender.

         Al principio sobre  la actividad de cocer pan para vender  no se nos daba mal. La María, mi mujer, se encargaba de toda esta tarea: llevaba la harina y amasaba en el horno y traía la pobre el escriño con la masa o los panes a cuestas y subía con él las escaleras de la cámara, cargada que daba miedo. Pero esta faena tuvimos que dejarla pronto porque no teníamos matrícula y los horneros nos daban toques y nos iban advirtiendo que nos iban a denunciar, porque solo autorizaba el gobierno los hornos que ya cocían antes del comienzo de la guerra y si acaso, alguno que ellos hubieran querido favorecer por una u otra causa. Por tanto lo que tuvimos que hacer fue dejarlo y tomar otra marcha.  

         Así que conociendo ya los entresijos de  esta vida, unas veces traía aceite de Las Mesas, que allí venían los pobres arrieros con sus burros y sus pieles desde Andalucía, con mucho miedo; pero todo iba “rulando"   y buscando cada uno  su comida que falta nos hacía a todos porque había mucho hambre.

         Otras veces iba a Socuéllamos que allí venían bastantes más arrieros. En la posada nos juntábamos  toda la cuadra llena de animales y personas entre vendedores y compradores y allí dormíamos cada uno en su saca de paja, o encima de una manta de las caballerías. Lo traía siempre con mucho miedo, amedrentao perdío, porque si te pillaban te lo quitaban todo y después tenías que pagar una multa.
        
Como estábamos en en aquella situación y había poco dinero, se usaba con frecuencia el cambio, por ejemplo una @[1] (arroba)  de aceite  por una fanega de trigo y otras veces una @ de judías por una @ de trigo. Otras veces iba al molino El Concejo a comprar harina y José “Molineta” me la vendía  ascuso de su padre un poco más barata que estaba. Entonces llevaba esta familia aquel molino. Esto se hacía siempre con mucho cuidao y miedo porque la guardia civil andaba siempre por todas partes. La vida estaba bastante fea. Había hambre de sobra, no sobraba na más que hambre y miedo. Pero esto no había más remedio que hacerlo si querías poder hartarte de pan. Desde luego con lo mala que estaba la situación, tuve mucha suerte, no me denunciaron nunca. Hubo a quien lo pillaron y le quitaron todo además de multarlo. Así teníamos las cosas en España después de casi cuatro años acabada la guerra.
         Ya corría el año 1943, mi hermano Ángel había vuelto de la mili, estaba soltero y se había quedado con las tareas en casa de mi madre. Aquel año, el 14 de noviembre nació nuestra primera hija; María le pusimos de nombre, como el de su madre. Fue una  gran alegría para nosotros a pesar de como estaban las cosas de mal.


El último viaje como estraperlista


El aceite en bombonas por la tiná.mp3      

El tiempo fue pasando con estos quehaceres y así fuimos viviendo hasta que llegó para mí lo que podemos decir el último viaje de estraperlo.

          Voy a contar lo que nos pasó yendo a vender harina a Socuéllamos con la misma  borrica.  Íbamos Gerardo “Morceguil” y yo. Cada uno llevábamos 40 Kg de harina a ver si podíamos ganar algunas pesetas. La cosa estaba mal, había bastante hambre en el pueblo, no me canso de repetirlo, y teníamos que hacer algo para intentar por todos los medios no pasar hambre. Pues bien, fuimos de posá en casa de una estraperlista que era recovera y le decían la hermana “Raneta”. Se dedicaba esta mujer, aparte de los huevos, a expender la harina a las casas donde ella sabía que les hacía falta y nosotros le dábamos una comisión. Total, como los corredores estaban muy al tanto de las cosas, en aquel  viaje resulta que nos encontramos en la calle con ellos y nos preguntaron que qué hacíamos allí, que si habíamos llevado algo de venta y les dijimos que no. Ellos con muchas tablas no se tragaron el embuste, se figuraban algo, y así fue cómo nos vigilaron  y en la casa de la hermana “Raneta” nos pillaron. Pasaron a la casa y tuvimos que decir la verdad y, entonces dicen:

         -Ahora por engañarnos estáis denunciados. Coger la harina en la borrica y vamos ahora mismo al cuartel. 
         Total, que salimos por la calle con la harina en la burra, pasmaícos perdíos íbamos,  pero un poco antes de llegar al cuartel nos encontramos a un señorito entrado en años y nos para; los corredores se ponen a hablar con él y entonces dirigiéndose a nosotros dice el señorito:  
        -¿Qué es lo que llevan estos muchachos?
        Y nosotros ya con lo que nos había ocurrido, pues le dijimos la verdad:
        - "Harina de trigo”
        Y le dice al corredor abiertamente:
        -Os la compro, porque no tengo en mi casa ni harina ni pan. 
        Total que añade:
        -Tirar detrás de mí. 
         Entonces, los corredores con él  y nosotros detrás, fuimos con ellos hasta su casa, pesamos la harina  y nos la pagó a 12 pesetas Kg., así que ya no fuimos al cuartel, se portaron con nosotros perfectamente. A los corredores les pagamos un real en kilo y se fueron muy contentos y nosotros también. Nos vinimos al pueblo y ya no pisamos más por allí ni a otro sitio, hasta unos años después con otras tareas que más adelante contaré. Como el agosto estaba muy cerca ya abandonamos el estraperlo que bastante miedo pasamos.        
      A mí después de todo lo que pasaba no me molestaron los guardias para nada. Tuve mucha suerte, lo repito.
            Esto fue el año 1945.  Por cierto que este año, el 28 de mayo, dieciocho meses después que la chica,  nació el chico que esperábamos, al que pusimos por nombre Emilio, y a pesar de las estrecheces y los malos tiempos que seguían corriendo trajo mucha alegría a la casa.






Los Maquis

            En este año es cuando por el pueblo también se vivió muy de cerca lo de los Maquis. Es cuando se empezó a hablar y oír hablar de esto. Fue el último intento de resistencia a la dictadura de Franco. Con armas en la mano, en forma de guerrilla, los que todavía creían que podía volver la República y las libertades que hubo entonces. Para el gobierno eran y les llamaban bandoleros o rebeldes (parecido a lo que ahora llaman terroristas). Eran personas muy metidas en política de izquierdas y con esperanzas de llegar a triunfar. Unos habían sido comunistas, otros socialistas, y anarquistas también estuvieron en esta lucha, que no querían someterse al gobierno del general  Franco. Se tiraron a los montes y cada uno por donde pudo para que no les cogieran temiéndose lo peor y varios eran del pueblo, los principales fueron los llamados Cavavegas, muchachos que eran de buen corazón, Fernando y Fabián. La gente los considerábamos muy buenas personas, pero en aquellas circunstancias tuvieron que enfrentarse a la Guardia Civil y aquello entonces era lo más grave que se podía hacer.

            Fabián Buedo Pacheco Cavavegas, conocido entre ellos como Joaquín vivía por entonces en Socuéllamos. Al parecer se unió a los Maquis en septiembre de 1945  y se integró también con su hermano Fernando, en un comité de Unión Nacional que su cuñado Juan Haro Moroorganizaba clandestinamente en Las Pedroñeras. Fabián, en un enfrentamiento, fue herido en un brazo y costado pero logró huir y fue a refugiarse en Villarrobledo. De allí luego pasó a Socuéllamos, pero como no se sentía seguro, con otro compañero buscó refugio en el monte de Pedroñeras, pasando en alguna ocasión a pedir ayuda y escondite en algunas casas del pueblo.

            Estuvieron escondidos Fernando y Fabián por los montes, y luego Fernando en un manjano de piedra que estaba pegando a una caseja que su padre tenía en La Casa el Aire, donde también tenían un pedazo de viña y, su padre iba a trabajar y le llevaba de comer.

            Por más que los guardias civiles los buscaban no los encontraban, según se supo luego. Fernando estaba debajo del manjano que tenía un hueco donde solo cogía él. Otras veces se trasladaba a otro manjano en una casa que tenían en el camino de La Navazuela, junto a una huerta de ellos, y lo mismo cuando iba a trabajar su padre le llevaba comida, como cualquier padre hubiera hecho. Ya se dio cuenta que esa vida no era normal y pensó de entregarse, lo cual que lo encerraron muy poco tiempo. Si estas personas no se van de su casa no les dice nadie ni una palabra.

            Sobre esta etapa de los maquis tengo más recuerdos escritos y guardo una copia de la sentencia donde se juzga a 13 personas de Pedroñeras de las que 12 fueron condenadas en un Consejo de Guerra en Cuenca,  no porque fueran maquis ni mucho menos, sino simplemente porque en algún momento les dieron de comer o les cobijaron alguna noche y no los denunciaron a la Guardia Civil. En el próximo capítulo incluiré partes de esta sentencia que me parece a mí que es muy interesante y a algunos curiosos le puede interesar leer. Creo que hasta la fecha no he visto escrito esto en ninguna parte.



[1] Puede verse en el texto manuscrito el uso del símbolo @ mucho antes de que se usara en el correo electrónico que ahora todos conocemos.

©Fabián Castillo Molina


2 comentarios:

  1. yo cuando era pequena me iba con mi madre asu cama y me contamba muchas cosas que abia vivido en la guerra y que miedl

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  2. Como dice mi amigo Juan,esto es una joya.
    Hay quien piensa que es mejor olvidar,pues yo pienso que para entender el presente se debe conocer el pasado para no repetir errores

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