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jueves, 22 de noviembre de 2012

Húngaros y gitanos - Aportes para el nuevo diccionario de Las Pedroñeras




La palabra húngaro es recogida en los diccionarios generales como perteneciente o relativa a Hungría (natural de este país, lengua que se habla en él, etc.). Pero tal voz, como sabemos, y aún escuchamos, se ha usado en Pedroñeras para denominar al sucio y mal vestido, al desastrado. “Iba hecho un húngaro”, decimos de alguien de esta traza o jaez.


            Tal acepción, o significado, la veo registrada en otros diccionarios dialectales: la recogen Francisco Cócera en el pueblo conquense de Cardenete, Dolores Prieto (que fue compañera mía) en la Manchuela conquense o José Aurelio de la Guía, en Campo de Criptana (Ciudad Real); pero también José Pastor en el léxico de La Rioja, por lo que se me antoja que es vocablo más extendido de lo que las académicas autoridades juzgan, y, por lo tanto, no estaría de más incluirla, como dialectal o no, en el diccionario de todos, según mi entender.
            Es voz que posiblemente derive o esté relacionada con cíngaro, pues ya Covarrubias en el siglo XVII escribía al hilo de esta palabra: “En Italia llaman a los gitanos cíngaros o cígaros [...] consta de graves autores ser esclavones [‘naturales de Esclavonia’], y vivir en los confines de los turcos y del reyno de Ungría” (s. v. gitano).



            Es el caso que en el periódico conquense El Liberal (del sábado, 21 de mayo de 1910; año I, nº 43), dentro del apartado “Callejeando”, Saúl Basciña publicó un curioso artículo titulado “Los húngaros”, que no puedo dejar de copiar en espera de que sea del gusto de mis siempre improbables lectores. Dice así:

            “Son los mismos que estuvieron hace meses recorriendo las calles de esta hospitalaria ciudad de Cuenca. Llevan dos osos y dos monas. Al repiqueteo del pandero, repiqueteo de notas graves y quejumbrosas, dejan los chicos de jugar a sus apropiados juegos, y se acercan más y más a los que con caras extrañas y sombrías, con vestidos pobres y raídos y melenas largas y mugrientas conducen a rastra, encadenados, los animales que al hacer una pirueta –poco graciosa, casi siempre– encuentran motivo más que sobrado para acercarse al transeúnte pacífico y poco curioso que cruza de uno a otro extremo la calle y pedirle –pandero en mano– una limosna para ellos y para sus hijos.
            Los gruñidos de las fieras se mezclan con lo sonidos que exhalan sus domadores allá en apartada tienda de campaña. Sus cuerpos se mezclan y a veces se abrazan apretadamente, demostrando a las claras que no hay diferencia posible entre unos y otros.
            Su bohemia natural, los hace simpáticos. Sus cantos por las noches y su algazara infernal son bosquejo cierto, cuadro vivo del hombre que convive con las fieras. Sin embargo, me son simpáticos. ¿Por qué?
            Con ellos va una niña joven, como de 15 o 16 años. Su cuerpo fresco, su talle que excitan al hombre observador que fija su atención en mirar con deleitoso gusto la figurilla gallarda de la joven húngara. De sus ojos, sin embargo, ojos negros y rasgados, se escapan llamaradas de un algo invisible para las gentes no observadores, aunque no para el repórter de esta humilde hoja impresa. Una y otra vez, mira a un húngaro que va delante conduciendo un oso, flaco y sucio. No es desapercibido para él, este mirar constante de su joven compañera, y cuando se detiene, ante un corro de chiquillos para hacer unas cuantas figuras vuelve su cara y envíala un suspiro largo y entrecortado.
            También los húngaros quieren. Aunque mezclados con las bestias, tienen corazón, y dedican a su modo ternuras y flirteos amorosos a su amada.
            El corazón existe en todos: Igual en grandes que en pequeños. Las llamaradas de los ojos de la chiquilla húngara son expresión sincera de sus sentimientos. Su amante la quiere con la misma intensidad. El cariño en estos dos seres es virgen y puro. ¿Sabéis por qué me son simpáticos los húngaros? Porque tienen corazón y aman con más intensidad y con más pureza que nosotros”.

            Ni húngaros ni gitanos (si es que no vienen a ser lo mismo) tuvieron nunca buena fama entre nosotros y la visión idílica, simpática o sentimental del autor del artículo leído no era la general. Quien se acuesta con una gitana, ni pierde ni gana, decimos, o Los gitanos no quieren ver a sus hijos con buenos principios. Quiero decir que la referencia a ellos en frases hechas es siempre despectiva. Y es ésta mala opinión que viene ya de antiguo; no es moderna ni mucho menos.



            Sebastián de Covarrubias en su Tesoro de la lengua castellana (1611) hace referencia a ellos en varias entradas de su diccionario (que sería la base del posterior y primero de la Academia). Por ejemplo, habla de los gitanos como “mala canalla, que tienen por oficio hurtar en poblado y robar en el campo” (s. v. conde de gitanos). Bajo la voz gitano, reiterando tal dictamen (o verdad) agrega que es “gente perdida y vagamunda, inquieta, engañadora, embustidora”; y más adelante nos aporta estos datos: “En España los castigan severamente, y echan a los hombres a galeras, si no se arraygan y avezinan en alguna parte; las mugeres son grandes ladronas y embustidoras, que dizen la buenaventura por las rayas de las manos, y en tanto que esta tiene embevidas a las necias, con si se han de casar o parir o topar con buen marido, las demás dan buelta a la casa y se llevan lo que pueden [...] son grandes trueca burras, y en su poder parecen las bestias unas cebras, y en llevándolas el que las compra son más lerdas que las tortugas”. Sin que con esto quiera generalizar ni mucho menos (¡Dios me libre de la falacia argumentativa de la generalización inadecuada!), todavía siguen recurriendo a este vil método, según noticias próximas en el tiempo de directa experiencia y conocimiento.



            Un siglo después de estas palabras, cuando los primeros académicos tienen que redactar la entrada de la palabra gitano en el llamado Diccionario de Autoridades, no obvian tal información (o tal realidad aún vigente) y escriben: “Cierta clase de gentes, que afectando ser de Egipto, en ninguna parte tienen domicilio y andan siempre vagueando. Engañan a los incautos, diciéndoles la buena ventura por las rayas de las manos y la fisonomía del rostro, haciéndoles creer mil patrañas y embustes. Su trato es vender y trocar borricos y otras bestias, y a vueltas de todo esto hurtar con grande arte y sutileza”.

            No sé si esta forma de vida ha cambiado mucho en la raza gitana. Desde luego es digna de estudio, debate o consideración intelectual: cómo en casi 500 años ha podido permanecer casi intocable tal idiosincrasia o condición propia, abstrayéndose de la modernización, prosperidad y logros sociales, o, mejor, acomodando a tal condición heredada tales “beneficios”; y desde luego siempre ha sido un misterio desde nuestra óptica entender estos comportamientos arraigados que soslayan por lo general la integración. Quiero pensar, no obstante, que algo esté cambiando y existan familias que hayan optado por despojarse de algunos de estos condicionantes y prejuicios de raza, y que han de recibir nuestro aplauso. Todo sea por que esa antigua visión que de ellos tenemos quede desterrada de nuestra cultura (y que por ellos no sea para que tal cosa ocurra, y pongan de su parte lo que les corresponde como miembros de una misma comunidad: la nuestra, la de todos los que convivimos en el mismo ámbito geográfico y humano, la cual, no obstante acepta la diferencia como riqueza siempre que esta no suponga un menoscabo contra lo que en virtud dictan la moral, la ley y las sanas costumbres).

©Ángel Carrasco Sotos

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