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domingo, 28 de diciembre de 2014

Más microrrelatos - La gravedad y Amor doméstico


[He aquí otra entrada que publiqué hace ya algunos años, pero que luego desapareció de la Red por cuestiones ajenas a la voluntad de quien esto escribe. Yo conservé el texto y, como no quiere uno que lo que llevó un trabajo se pierda, por aquí que la voy a dejar archivada. ¿Gustáis?]. Para leer la entrada anterior de esta serie, pincha aquí.

Escribir microrrelatos conlleva también su disciplina. Quiero decir que o uno está muy pendiente de ir tomando ideas de aquí o allá, de esto o lo otro, o los micros no germinan. No se trata de hierbas silvestres que nacen a su aire, sino de flores que uno cultiva con mimo en su pequeño jardín cerrado para que estén elegantes todo el día.


Por eso conviene abonarlos, regarlos y, sobre todo, ir cortando las ramitas sobrantes o las malas hierbas que a su alrededor nacen. La metáfora viene a significar que el microrrelato ha de captar lo esencial, procurando que no falte ni sobre nada. Todas las palabras en él han de ser indispensables, significativas. Hay micros de una sola línea a los que no les falta ni una coma, y hay otros de un folio que podrían haber sido condensados en unas pocas palabras. Se trata de otra disciplina: la que (poniéndonos cultos) la propia superestructura del microrrelato impone.

Por eso yo releo lo escrito una y otra vez y añado o podo en función de esto mismo. Que lo haga mejor o peor es otra cosa: siempre ha habido buenos o peores jardineros. Pero uno siempre tiene que aspirar a la excelencia (ejem), sobre todo pensando en sus lectores, que también tienen su corazoncito, su paciencia y ¡qué leche! que también son personas. 

Por eso mismo no quiero extenderme más, para no cansar. Estos dos micros forman parte también de esa Basura espacial.

Sé que pueden dar lugar a diversas interpretaciones, pero no olvidéis nunca, nunca… que el autor tiene la última palabra (ja, ja). Nada, que os gusten. Se titulan "La gravedad" y "Amor doméstico".


La gravedad 

EN un segundo determinado de la noche iniciada se fue la luz en la casa. Una oscuridad densa y furiosa se apoderó con encono de la habitación en que ella estaba. La manzana que en ese momento se estaba comiendo cayó al suelo sin ningún motivo. La luz no volvió ya nunca. 


Amor doméstico 

CUANDO entró en la habitación la encontró tumbada en el sofá, con los ojos hundidos y turbios. Se acercó a ella y le acarició el pelo. “¡Déjame!”. “Vamos, no te enfades; se hizo tarde, sólo eso”. Ella permaneció impasible; luego se encendió un cigarro. La besó, y esta vez permaneció muda. La acunó con las palabras milagrosas que siempre funcionaban, la tomó en brazos, la llevó hasta la cama, la desnudó… y ella entró en el juego (otra vez). Cuando todo acabó, él la desinfló y la guardó cuidadosamente en el armario (un amasijo deforme de plástico amontonado y fofo). “Hasta mañana, amor mío”, le dijo con un gesto irónico antes de cerrar la puerta. 

© ÁNGEL C. S.

El Libro


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