Escritores ilustres de Las Pedroñeras: Asunción de Zea Bermúdez y Montoya | Las Pedroñeras

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lunes, 2 de abril de 2012

Escritores ilustres de Las Pedroñeras: Asunción de Zea Bermúdez y Montoya


Como Asunción Zea-Bermúdez firma sus artículos nuestra paisana; muchos de ellos escritos en Las Pedroñeras, como ella misma hace constar. Nació el 2 de febrero de 1862 y murió en Madrid el 21 de agosto de 1936. Fue hija del matrimonio entre Fernando Francisco de Zea Bermúdez y Colombí (2º conde de Colombí), nacido en París en 1833 († La Habana, 1877) y Licenciado en Derecho, y de Rosaura Montoya y Perea (Mota del Cuervo, 18 de marzo de 1861-Las Pedroñeras, agosto de 1919). De tal matrimonio nació también Salvador. Doña Rosaura se casaría en segundas nupcias con don Rodolfo Pelayo.


Nuestra Asunción contrajo matrimonio con Jesús Contreras y Arcas († Las Pedroñeras). De este matrimonio nació María Esperanza Contreras y de Zea Bermúdez († Málaga, 1938), quien sería 4ª condesa de Colombí, la cual se casaría con el escritor José María Gutiérrez Ballesteros, importante recopilador del folclore andaluz, en libros como ¡Al son... de la prima y el bordón!, Sal y sol de Andalucía o Paremiología flamenca, entre otros, que firmaba siempre sus obras como Conde de Colombí. De todos estos personajes pueden verse fotografías recopiladas por Luis Ramírez en el libro Imágenes de un siglo en Las Pedroñeras (1856-1970). Del matrimonio nació, en fin, José Ballesteros Contreras “Pepito”.
            La calle Cea Bermúdez, antes llamada oficialmente calle de los Gallegos, y conocida popularmente como “de los Pacos”, está dedicada al "que fue presidente del Consejo de Ministros, embajador de Rusia y otros altos cargos que desempeñó en la política, y haber vivido su hijo don Fernando en dicha calle estando casado con una hija de este pueblo donde vive y tiene su arraigo, cuya casa es hoy propiedad de su nieta doña Asunción" [el subrayado es nuestro].

Doña Asunción fue para mí todo un descubrimiento, y si bien no he localizado ningún libro escrito de su mano (desconozco si lo hay) [NOTA DE 2019: Hace unos año me hice con su artículo de 1916 Post Nubila, Sobre la verdadera cuna de Cervantes, que se publicó en forma de librito], sí pude acceder a un buen puñado de artículos publicados en la revista ciudadrealeña Vida Manchega, que puede consultarse a través de Internet buscando en la Biblioteca Virtual del Centro de Estudios de Castilla-La Mancha de nuestra Universidad.

            Su prosa es sutil y de un vocabulario riquísimo, conjugando en ella la idea certera con el estilo apropiado para expresarla. Si bien habrá quien tache este estilo de un tanto engolado, nadie podrá negar el poderío de su expresión, siempre limpia, llena de matices (léanse “Meditación”, “La eterna tragedia” o “La noche de San Juan”, por ejemplo). Despliega también una gran fuerza de estructuración en sus argumentos cuando de defender una idea se trata (estemos o no de acuerdo ¡más aún hoy en día! con ella). Su disputa con un tal Antonio Castellanos sobre el lugar de nacimiento de Miguel de Cervantes dará lugar a una serie de artículos donde Asunción muestra una capacidad de argumentación, una riqueza de conocimientos y claridad de ideas aplastantes. Es en ellos donde a mí doña Asunción me apasiona, también por su capacidad de ironía y verbo ágil. Por eso invito al lector a buscar tales artículos y deleitarse con su prosa. No pasen por alto el artículo, publicado en dos partes, que titula “El autor del Quijote”, síntesis primorosa de la vida y obra del autor del Quijote.

            Para dejar una muestra de lo que hablo copio dos fragmentos de sendos artículos. El primero procede del titulado “¡Una lágrima!”, fechado en Cuenca en noviembre de 1912. Comienza con la siguiente cita [La placa aún se conserva en nuestro cementerio nuevo]:

                En el cementerio de mi pueblo.
Templo de la verdad es el que miras...
No desoigas la voz con que te advierte
Que todo es ilusión menos la muerte.
(Inscripción del cementerio de Pedroñeras).

“Cansada la mente y fatigados los miembros por la vida invernal de las ciudades, pretendemos buscar en la soledad del campo la expansión y franqueza con que nos brinda la sencilla gente de la aldea. A la par, soñamos con la inmensidad de un horizonte cuya amplitud permite dejar correr la vista sin las trabas del poblado, y donde el espíritu se explaye ante la Naturaleza verdadera.
            Yo también, fatigada de ese dolce-farniente que envuelve la existencia de quien gasta la vida sin grandes emociones, deseaba disfrutar de los arrullos de la patria chica, donde todo había de recordarme días de júbilo y de inocente dicha; donde el hogar traería a mi memoria remembranzas de felices épocas en que el corazón aún no sabía sufrir, y donde cada objeto y cada frase oída, había de envolver mi alma en el diáfano velo de un pasado mejor; de aquel pasado cuando todo era gozo y alegría, cuando se deslizaba mi existencia entre los castos besos paternales y los dulces ensueños del inocente discurrir.
            Fuime, pues, al pueblo hermoso que me vio nacer y allá busqué la paz de la Naturaleza, recorriendo los vastos horizontes de su término, donde la magna obra del Hacedor inspira al alma elevadas ideas de su poder inmenso e infinito.
            En esas pequeñas excursiones, marchando al acaso y en el transcurso de breve tiempo, cuando en mis oídos aún resonaba el tañer de sonora campana que en el pueblo recordaba a sus moradores el místico momento en que recita el buen cristiano las oraciones de la tarde, mi vista tropezó con un severo monumento; con algo semi-tosco, semi-grande, casi hermoso por su misma sencillez. Monumento moderno y con ribetes de elegante, pero triste: estuche de la muerte, puesto que encerraba dentro de sus paredes los míseros despojos de ella.
            Me aproximé a su entrada y en el pórtico pude leer una inscripción que descubrió a mi vista todo lo real y verdadero. “Templo de la verdad”, decía en sus letras primeras: Templo de la verdad, donde se aprende, que “todo es ilusión menos la muerte”.
            Era título demasiado sugestivo para que no despertase mi ya impresionada curiosidad, envolviendo mi cerebro en ese vapor neurótico que produce lo que impresiona fuertemente.
            La hora, el silencio, los recuerdos de queridas cenizas removidas bajo mis plantas, convirtieron en ensueño galvánico lo que solo era realidad abrumadora.
            Llegó mi mente a fingirse un jardín de ya marchitas flores de acre aroma, cuyos tallos se erguían como para recibirme dignamente; y hasta me pareció sentir su interrogante acento dolorido al preguntarme qué deseaba en aquella triste mansión. Y con la mezcla de la curiosidad y del terror pude atreverme a dirigirle la palabra”


Y el fragmento que copiamos a continuación lo tomamos del que lleva por título “Inutilidad de las guerras” (Pedroñeras, mayo de 1917):

“En estos fatídicos momentos, cuando ya toda la tierra se estremece por el estruendo de la metralla que barre carne humana como míseros despojos de la soberbia de los hombres, cuando las corrientes de mansos ríos se tiñen del rojo purpúreo de la savia de la vida, mezclando con su linfa transparente la sangre de los desventurados hijos de tantas madres como a la hora presente lloran la desdichada suerte de esos pedazos de sus entrañas, en esta hora fatal, de angustia y de tormento parece como que es el instante de meditar lo que es y significa la soberbia humana: que no otra cosa lleva en sí la guerra.
            ¿Quién es el hombre, engreído de su soberbia sobre la tierra?
            ¿Cómo se atreve a levantarse hasta las estrellas cuando con su lodo puede manchar el firmamento?
            Si el acero de su arrogancia no basta para gastar la escoria de su principio... se aparta su vista de sus comienzos y por eso no piensa en su fin...
            Esa grandeza de que se jacta, representa un instante en el tiempo y unos palmos de tierra en el lugar. Porque, de su grandeza ¿qué queda?
            Si no puede vencer las injurias de la muerte ¿a qué blasona a fuerte vida?
            Su condición de barro no pude desafiar la duración, y no puede llegar a mucho quien no puede ser menos.
            Como mariposa de luces, acaba su dignidad a costa de desengaños, y menos mal si vence sus pretensiones con sus escarmientos. Pero es más frecuente que el humo de su polvo le cause desvanecimiento, y su misma presunción hinche el viento de sus alas para despeñarle: que la vanidad fabrica alas para subir pero jamás para bajar.
            Si el hombre nace en el llanto, crece en el peligro y acaba en el desengaño, ¿de qué puede envanecerse?”

[En otros números procuraré traer otros textos de esos nombres olvidados de Pedroñeras que, en su día, con su pluma, engrandecieron un poco nuestro humilde pueblo].

[Este artículo fue publicado en el Pedroñeras 30 Días, número 88, febrero de 2009].

©Ángel Carrasco Sotos

3 comentarios:

  1. Extraordinario. Escribía de guinda.

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  2. La Calle Cea Bermúdez de Madrid es en honor a Francisco Zea Bermúdez Buzo.
    Francisco era tío abuelo de Asunción.

    Francisco fue 1º ministro y jefe de Gobierno. Encargado de Negocios en San Petersburgo durante la guerra de la Independencia; después Ministro Plenipotenciario en Rusia y en Constantinopla, Londres.

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  3. Hola, Mamen. El artículo, como verás, es de 2009. Luego rectifiqué con nuevos datos eso mismo a lo que te refieres y así se publicó en mi libro "Mapa de Las Pedroñeras. Toponimia histórica comentada", que vio la luz en 2015. La calle se llamaba antes "de los Gallegos" y en acuerdo plenario del año 1900 (en que se cambiaron otros muchos nombres de calles), se dice literalmente: "La que lleva el nombre de los Gallegos, se llamará en lo sucesivo de Cea Bermúdez en memoria del que fue presidente del Consejo de Ministros, embajador de Rusis y otros altos cargos que desempeñó en la política, y haber vivido su hijo don Fernando en dicha calle estando casado este señor con una hija de este pueblo donde vive y tiene su arraigo, cuya casa es hoy propiedad de su nieta Doña Asunción".

    Un saludo y gracias por comentar.

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