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miércoles, 11 de enero de 2017

Gente de sangre y hueso: A propósito de Rodolfo Llopis, el socialismo conquense y la educación republicana



GENTE DE SANGRE Y HUESO


por Saturio Ballesteros Ramos


A Mary y Amparo  Plaza.profesoras. 
A  todas las maestras y maestros.


A primeros del pasado mes de octubre dio fin la semana del socialismo conquense, “Orígenes del socialismo en Cuenca,1915-1936”, llevada a cabo para conmemorar el centenario de la asociación política de  esta ciudad.

Fue especialmente emotiva (para los asistentes y para el propio orador) la intervención de Rodolfo Llopis hijo, invitado con carácter especial por la organización del evento y venido “ex profeso” desde Francia.


Pisaba por primera vez suelo conquense y así lo refería, dentro de su semblanza del padre, al que describió como entregado en cuerpo y alma a su apostolado social, aun a costa de su alejamiento para con el seno familiar, allí en su exilio francés de Albi tras la Guerra Civil.

Encomiando tal grado de entrega , la refirió como característica de  ese tipo de “hombres  de sangre y hueso” (que  fueron cantados -dijo- por Mª Dolores Pradera), al haberse éste esforzado en continuar su vida, en medio de grandes carencias materiales en la citada ciudad  francesa y también en París, con la finalidad de seguir preservando la base estructural y el capital ideológico-político de su partido  y por ende de su  propio pensamiento pedagógico, que  no se resignaba a admitir, pasaran al olvido tras la devastación de todo el legado político y cultural previo operada por la Dictadura española.

Me asalta la duda de que la cita, traída a cuenta por un hombre de formación  e idioma francófonos (y en lo laboral profesor de lengua inglesa), no se haya visto ligeramente afectada de cambio terminologíco en relación con una referencia más ampliamente  conocida cual es la de “los hombres de  carne y hueso”, procedente del  ensayo “El Sentimiento Trágico de la Vida” de  D. Miguel de Unamuno (1912).

[En cualquiera de las dos posibilidades (y aún en el de ambas) la traigo a colación, sin cambio, por su valor de impacto, pues constituye, para mí, una metáfora bien representativa de la existencia de una potencia caudal y de la inquebrantable firmeza, generada sobre un soporte incluso quebradizo, cual son los propios huesos de cada quien. Una firmeza de empeño, emblemáticamente presente en esta clase de  personas de un genio hoy por hoy en extinción.]

En su discurso no eludió el orador -en un toque personal y muy humano- recordar el  momento en que vio llorar a su padre en el avión que le traía en su ya posible y permitida vuelta a España.

Tampoco ocultó su  satisfacción de haber pasado estos días en Cuenca y haber podido así saldar lo que definió como una deuda  de conocimiento  propio para con la memoria de su padre; conocedor de la importancia de este entorno local en el decurso vital de su progenitor, donde aquel forjó, sin duda, su primer equipaje político, y  que  mantuvo siempre presente en su recuerdo.

Porque, en efecto, Rodolfo  Llopis  Ferrándiz (Callosa de Ensarriá, 1895--Albi, 1983) tiene que ver con Cuenca porque militó en el primer socialismo conquense, gracias a que obtuvo plaza de profesor titular de Geografía en la Escuela Normal de la ciudad. Aquí conoció las miserias de la enseñanza  local, la incultura, la pobreza rural, el caciquismo… que  activaron, sin duda, su  propia sangre y sus huesos.

Director General de  Primera Enseñanza entre 1931-1933, ocupó dicho lugar, siendo ministros de Instrucción Pública Marcelino Domingo y Fernando de los Ríos.

Obviaremos sus otros muchos méritos y de su obra escrita destacaremos tan solo dos títulos significativos:

“La revolución en la escuela: Dos años en la  D.-G-.de Primera Enseñanza” (1933 ). Edición  SEDHE/ Biblioteca Nueva con introducción de  A.Molero Pintado ( 2005).

“Hacia una escuela más humana”(1934), de la que existe una edición  facsímil bajo la dirección del profesor conquense  A. Luis  Lopez Villanueva-( UCL-2007).

Como resumen  sucinto destacaremos la frase que en uno de sus textos ratificaría así sus propósitos:
“De ahora en adelante, quien elija la profesión de maestro (…) pudiendo seguir otros caminos, lo hará porque a ello le impulse la vocación.”

Paralelamente, reorganizó a partir de su exilio en 1919, que duraría 24 años, el Partido Socialista Obrero Español, ocupando el cargo de Secretario General del mismo durante 30 años ininterrumpidos (1944-1974).

La que llegó a ser luego su mujer, profesora del Liceo Francés, se sintió atraída por las ideas pedagógicas que este hombre propugnaba y le siguió en sus actividades.

Francesa de origen, después le daría refugio en su casa familiar, al cruzar Llopis en huida ,la frontera en  el año 1937.
                                                             ………………………….                                                                         

Repasando la vida y entrega de los hombres (junto a él tantos y tantas otras) que encarecieron la  necesaria formación del individuo, en  los valores de la sociabilidad, la dignidad -con o sin poder-, y sobre todo el ensanchamiento de aquello que  por tanto tiempo -y con tan diversos sentidos- ha dado en llamarse lo “espiritual” de la persona; uno encuentra gran dificultad para evitar ser tentado por la presencia de  ciertas imágenes mentales  paralelas o parásitas, aledañas a este referente.

 Así, y de inicio, el libro “Las maestras de la República” (Ed. Catarata, 2012, en colaboración con la Fundación Pablo Iglesias y UGT-FETE) ofreciendo el  resultado de las Jornadas del mismo nombre mantenidas en la Bibioteca Nacional de España bajo dirección de Elena Sanchez de Madariaga.

Según Agulló Díaz (una de las coautoras): “el régimen vería en ellas la incalculable traición de  ´haber abandonado su condición femenina  y haberse distanciado de su  papel de esposas y madres´”
“Gran pecado que encima remataban al  impartir una educación laica, igualitaria, alejada de los valores que había de formar a la mujer para ser ama de casa, amantísima madre y esposa, buena cocinera y todas esas cosas de  sobra cacareadas”(Isabel Valdés, el país.com/2012/05/mujeres.).

Y, en paralelo, “Maestros de la República:los otros santos, los otros mártires”. La Esfera de los Libros.2010” de Mª Antonia Iglesias.

Entre una y otra cosa uno se ve llevado a intuir los que pudieron ser los tiempos de comienzo en  la cimentación inicial, desde un primer campo baldío en lo educativo, y, en particular, en  aquel  ámbito que  tiene que ver con lo más elemental  de la instrucción: la primera enseñanza.

Y, a un más exacto conocimiento empírico sobre este aspecto, nos ha llevado también, con pluma hábil y  ponderado análisis crítico, una docente conquense, de nombre Clotilde Navarro  García (Diputación  P. de Cuenca. Serie:Historia nº 31 2001).

Su trabajo muestra cómo al iniciarse la Segunda República se pudo llegar a conocimiento oficial de la existencia  en el país de  35.716 escuelas, con un déficit de  27.151, lo que suponía la existencia de  un millón de niños sin escolarizar.

La mencionada estudiosa e investigadora, situada en lo que puede considerarse el periodo de génesis del sistema educativo liberal, en la primera mitad del siglo XIX,  nos muestra  también de manera palmaria cómo Cuenca -al margen de todos los procesos que permitieron configurar un país industrial y progresista-, presentaba ya un auténtico vacío pedagógico, diferenciado, con algunas notas peculiares. Y todo ello, aunque esta era ya una etapa  “avanzada” en  el desarrollo histórico de nuestras instituciones educativas  a nivel de la totalidad del país.

En aquel entonces, D. Trifón Muñoz y Soliva refería:  “hasta 1847 la instrucción pública  estuvo confiada a los sacristanes, que con las escasas dotaciones, los emolumentos de la sacristía y del fielato de fechos o secretarías de ayuntamientos ya podían subsistir en los pueblos” (Navarro García, pp.324).

Y en Memorial a la Diputación de 29 de Enero de 1822 el Ayuntamiento de Cuenca  afirmaba: “vergonzosa cosa es  por cierto que  hasta ahora se haya confiado la educación pública de la niñez a unos hombres tenidos por el verbi gratia de la indigencia y de la miseria y por consiguiente desacreditados entre sus  conciudadanos”(A. Municipal Cuenca leg.1249, op. cit. apud).

Pero por si las páginas documentales resultasen frías como aval testimonial de nuestra evocación histórica, en racimo y fugaces, me asaltan no menos de tres imágenes diferentes -referentes emocionales- de este mismo ámbito:

La  primera al hilo de una lectura de las sosegadas páginas de “Historia de una maestra”, la voz de Josefína R. Aldecoa, que también en 1952 vino a casarse con Ignacio Aldecoa, otro narrador caudal de origen vasco.

Es la historia de ficción/vida de  Gabriela Lopez Pardo (alter ego de la autora) maestra de Escuela Normal, cuya hija vendrá al mundo justo el 14 de abril de 1931 ,entre gritos en la calle de “¡Viva la República!, mientras su corazón sentía:

“Todo va a cambiar y algún día cogeremos a esta niña y a los niños de nuestras escuelas y nos iremos todos juntos en un autobús grande, a ver el mar.

Un deseo de conocer lo no visto, que la Historia cruel se encargó de cercenarles de manera definitiva.

Josefina y su obra citada, de culto entre los lectores/as conquenses, recibió en 1999 el premio Glauka de la Asociación de Amigas de la Lectura de Cuenca, que precisamente ahora cumple su cuarto de siglo de existencia.

Y en compañía de vascos, otra vez, con Bernardo Atxaga en su mágico relato titulado “Post Tenebras spero lucem”, tercer relato de la sección Infancias de su obra narrativa coral  “Obabakoak”.

Nos vemos ahí, arañando la piel de esa clase de existencia, entregada, casi invisible, como soterrada, hambrienta de reconocimientos y aun de goces afectivos, de una maestra, sepultada en el entorno de su ascetismo laboral.

En Albania, el barrio más alejado de Obaba que no tenía ni carretera ni edificio propio para la escuela La Maestra, en una hermosa historia de iniciación, afirma el hecho cierto de su sexualidad pujante, superando desde su corazón Confuso y Asustado, la repercusión social que en su entorno ha provocado el desliz de alojar en su casa y a deshora a Manuel, el pequeño criado de Mugats, su alumno preferido, de doce años que, sin embargo, parecía mayor y que no había tenido infancia, al haber trabajado desde muy pequeño.

Este, que tampoco tuvo padres porque habían muerto cuando él tenía tres años, acariciaba como mayor deseo el marcharse de Obaba, seguramente a América, donde sus hermanos emigrados, y así  poder mostrar plenamente su fuerza física, su único don.

Ocurrió con motivo del  veintitrés cumpleaños de La Maestra y no sin aviso previo de su Confuso Corazón:

“Estaba cometiendo una imprudencia, o mejor dicho, la había cometido ya, alargando la fiesta, haciendo que el pequeño criado bebiera, y bebiendo ella también, y fumando. No debía seguir mirando hacia aquel colchón…”

 Aunque la luz pudo hacerse más tarde, mediante la autoapropiación:

“En una ocasión leí que para ser feliz solo  hacían falta dos cosas. La  primera tenerse a uno mismo en gran consideración; la segunda, no tomar en cuenta la opinión que los demás puedan tener de nosotros”.

Historia que fuera transmutada después a la imagen por el sensitivo Montxo Armendariz en su homónimo film“Obaba “(2005). Pero mejor, léanlo. No se arrepentirán.


En fin y para no excluir mi propia contribución personal,citar el sentimiento, las reflexiones todas  que me deparó el hecho accidental, enteramente fortuito, de unas jornadas de descanso, en que buscaba soledad y  naturaleza en parajes de la Vega del Codorno, entorno del río Cuervo.

Recuerdo que era verano y. por tanto no había allí todavía Belén alguno en el entonces denominado,distrito de La Cueva. Empezaban a asfaltar las calles, con los primeros fondos  recibidos de la C. Europea y así lo denunciaban varios carteles locuaces.

Buscando  por las direcciones  de un folletito de Turismo Local -[que muy bien pudo tener la gloria de apuntar la prehistoria de las casas rurales]-, desembarqué en el lugar donde, tras ser copartícipe, del  yantar y mesa de mis  anfitriones, finalmente, caseros, terminé  alojado en una  más que oscura habitación, que, aun sin ser interior, sólo recibía la luz que permitía un menguado y profundo ventanuco.

Ni el más leve adorno alteraba la añeja superficie de cal de las paredes. Y, en medio de todo, muy negra, como quemada, construida en hierro de forja  aparecía una entronizada  y vieja cama.

Se hundía toda ella bajo el espeso cobertor invernal, aunque fuera agosto, y dominaba solitaria y solemne, el monacal habitáculo: “La soledad en mayúsculas” -dije para mis adentros- tomando posesión.

-“Pues ha tenido ud. suerte de venir  ahora -me dijeron a su vez, sonrientes, los paisanos-. En invierno no la tenemos disponible: es la vivienda para la maestra de los niños. Quizá se le pegue a usted el conocimiento al dormir en su misma cama”.

Ha pasado el tiempo desde entonces.

Recapacito ahora y en el espacio brumoso de mi recuerdo atisbo, sin completa certeza, la presencia escondida de una puerta auxiliar, muy al fondo (y que en otro momento, comprobé que daba de pleno  al frío campo abierto de la Serranía).

Esta última imagen espolea mi deseo de que, por su virtud, se permitiera obrar el milagro de un diario reencuentro con los tímidos, hermosos, primeros rayos del astro rey en la pedanía de  la Vega, como  caritativa limosna, dirigida a su maestra rural.

El mismo vivo deseo de que, en los amaneceres, el mero abrir del postigo, valiera de cálido bálsamo curativo en su  apagada vida, aportando, de buena mañana,  savia  nueva, hecha de fluida sangre, con la que restaurar los quebradizos huesos de esta venturosa mujer (que ha sido, sin embargo, tan solo una de tantas); aquella que, por mérito propio, sumé ya  a mi  álbum  particular de  Santas Laicas del País.



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