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domingo, 6 de septiembre de 2015

Una jornada particular - Cuentecillos y microrrelatos sobre Pedroñeras (5)


por Fabián Castillo Molina




¿Será bueno trabajar como esclavos siendo niños? 


Aquel hombre dudaba en la última parte de su vida si el haber trabajado tantos días de manera superior a sus fuerzas habría sido bueno o malo. Los padres enviaban entonces a sus hijos a trabajar para que ganaran el jornal y con ello ayudar a la casa como algo normal y, pues presumían de lo buen trabajador que era, él creía que esforzarse tanto y sudar a chorros era algo bueno. Este es un breve “cuentecillo" para leer en cinco o seis minutos y sacar conclusiones. 


Los primeros rayos de sol iluminan una gran extensión de lentejas maduras para la cosecha. Una treintena larga de jornaleras y jornaleros desciende del remolque del tractor donde han venido a granel desde Las Pedroñeras, muchos de pie y algunos sentados en la plataforma. La mayoría mujeres, varios mancebos y siete niños, uno de ellos todavía no ha cumplido los diez años aunque él dice que sí. 

El capataz habla imperativo al personal:

—A ver, escucharme vosotras que ya sabéis lo que es ir de cortaoras. Formaremos 4 grupos y tú, tú tamién, y tú y aquella, sí a ti te digo (señala con el índice), las más veteranas iréis abriendo tajo. A vuestro lao izquierdo y derecho llevaréis dos de las más fuertes o a los jóvenes. Formaréis una punta de flecha. Nada de descanso en medio del hilo, no quiero pinos; se descansa un poco al llegar a la orilla y recordar: sin dejaros una mata. Las de los hermanicos pequeños, ya saben que no quiero rezagaos, así que atentas, ellos irán a su lao pero en los últimos lomos. Tienen las piernas ligeras, que espabilen pa dejar los brazaos. Los que no tiene quien les ayude ellos verán lo que hacen. La besana es larga, así que daremos dos vueltas antes del almuerzo—.

Una nube de polvo envuelve a la cuadrilla desde el comienzo. Rumor de matas secas al arrancarlas de raíz. Manos desnudas, no hay guantes todavía y menos para criaturas. En la segunda vuelta, a mitad de besana ven al aguador ir con la borrica hacia el hato. Las dos primeras horas, los menores ya han intentado todo para no rezagarse: Ir de culo, de rodillas, de frente… "¿Qué habrá que hacer pa que me cunda más?", piensa el más pequeño sin tener quien le ayude. 

Paran a almorzar y tienen media hora. Se distribuyen en pequeños grupos bajo las sombras de las encinas de la linde, se sientan en el suelo y las horteras las ponen sobre una piedra. Se intercambian el contenido de sus meriendas o al menos se invitan a hacerlo. Almuerzo muy ligero, alcahuetes de postre y algunos higos secos. 

En la segunda vuelta después de almorzar se oye un rumor lejano, uno de los jóvenes se levanta, mira hacia el camino y ve la nube de polvo que envuelve al coche negro que se acerca. En voz baja dice "Que viene el señorito". El capataz lo oye y le increpa; azuza a la cuadrilla. Arrecia la polvareda. Los pequeños rezagados intentan avanzar más rápido, se esfuerzan hasta el extremo. Corren a dejar la brazada de lentejas en el lomo de las cortadoras y regresan corriendo al suyo, su cara relejosa por la tierra y sudor es un espejo donde ver cómo van. 

El coche para a la sombra de una encina lejos de la nube de polvo que levantan las cuatro flechas. Llega el capataz y saluda con breve inclinación a su jefe supremo. Cambian impresiones y fuman un cigarro. Vuelve a subir al coche y se va por donde ha venido sin saludar a su cuadrilla. La ausencia del capataz provoca que los más atrevidos hagan pino y respiren una breve bocanada de aire. 

Después del almuerzo, la sed es el peor enemigo. Los niños avistan la borrica y al aguador en lontananza, entre la calima. Insalivan y tragan sin comer ni beber. Cuando llega el hombre hay un revuelo. Para la borrica y baja el primer cántaro. 

Todos esperan de pie su turno. Llena y reparte un bote de agua a cada cortadora y a sus más cercanos. Las mujeres y criaturas que esperan reciben medio bote hasta ver si sobra y después, vuelve el aguador a repartir otra ronda a quienes más lo necesitan. Termina la mañana con más de un pequeño con las gobanillas abiertas. 

El silencio durante la comida es elocuente. De nuevo más de lo mismo que en el almuerzo. Las mujeres descansan bajo las encinas y los niños y jóvenes se van a refrescarse al río Záncara, próximo. Vuelven puntuales para continuar. Si llegan tarde ya saben las consecuencias. 

El rumor de toda la cuadrilla arrancando las matas se percibe más suave que al inicio de la jornada. En la primera vuelta la nube de polvo es más difusa. Sobre el silencio destaca el incesante canto de cigarras. Huele a sudor y tierra seca. 

El sol proyecta largas sombras cuando alguno de los niños, ya exhaustos, se atreve a ponerse de pie. Es el último lomo de la tarde. El agotamiento es extremo, pero están a punto de cumplir su tarea sin haber sido llamados ¡perros!, el peor insulto que pueden oír. Llegan a la orilla y ven que las cortadoras se van hacia el hato; se alegran en silencio. Van cogiendo del montón cada una y cada uno su saquejo y avanzan hacia el remolque. Suben. El tractor resuena. Pronto estarán en el Lugar. 

Rebasan la vereda, avistan el pueblo y algunas mujeres, a pesar del cansancio, cantan. El sol ha desaparecido detrás de las últimas casas. Algunos chicos también se animan a cantar con la entonación consabida: “Al llegar a Pedroñeras / lo primero que se ve / son las ventanas abiertas / y las camas sin hacer".


Libros de Fabián Castillo Molina: 

Al pueblo (poesía) y La Culpa (novela)


 

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