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sábado, 26 de septiembre de 2015

Sacando piedras - Cuentecillos y microrrelatos sobre Pedroñeras (7)




Sacando piedras
por Fabián Castillo Molina






La empinada calle Barajas, de San José a Montejano, con sus riscos asomando en el suelo, cantos rodados y carrilás marcadas por los carros, y los reguerones, les recordaban a diario las cuestas de la vida. El padre unció la mula al carro y le dijo al hijo mayor, de 13 años:

—A ver qué vais a hacer, que tú ya eres grandecico. Ten mucho cuidao con la mula al descargar la piedra. Cuando descargues, tenla sujeta del ramal a lao del morro y no la sueltes. Y a tu hermanico largo de las ruedas, que él el es pequeño. Que te ayude, pero sin peligro—. El menor escuchaba también las advertencias de su padre. —Las piedras más pequeñas las ponís atrás y cuando quites el tablero que hace cajón, con la mocheja las descargas en el camino ande veas barches. Luego las más grandes las vas colocando en la pedriza. 

No había salido el sol. El suelo y los tejados estaban blancos por la escarcha, el cielo encapotado, el viento en calma. Atravesaron el lugar hasta el Coso, donde pararon a que bebiera agua la Sevillana en el Pilar. De un callejón surgió como una flecha un gato perseguido por un perro y la mula dio un pequeño respingo sin llegar a espantarse. Después salieron por el camino El Guijoso y se encontraron con poca gente. Subieron la cuesta de la Casa Sebastián y después de cruzar La Vereda pronto llegaron al haza de El Rubielo. La pedriza que había a medio hacer dentro de la tierra en la que su padre quería plantar viña era la señal. El hermano mayor ya la conocía bien.

La tierra estaba salpicada de piedras como si fuera un patatar de patatas llovidas del cielo y, muchas, más grandes que melones. Entraron a la tierra por la pedriza, dejando en ella la espuerta comedera, la saca de la paja y el grano para la mula, el saquejo de la merienda y una soga de esparto que su padre siempre llevaba entre sus aperos. Se pusieron a la tarea. La misión consistía en recoger las piedras en el carro y repartirlas entre los baches del camino, que eran muchos, las más pequeñas, y la grandes en la pedriza. Un tablero vertical colocado en la parte delantera servía de tope a las piedras mayores que iban echando y las pequeñas, o cantorrillo, las dejaban de la mitad hacia atrás. Grandes y pequeñas estaban cubiertas por la escarcha y ellos no llevaban guantes. Llenaban las espuertecillas de esparto con las piedras menudas y el mayor las echaba al carro. Cuando éstas empezaron a derramarse por detrás, colocó otro tablero vertical como le había dicho el padre, formando así una caja para poder seguir añadiendo piedras que echaban entonces por encima. La mula respondía bien a las órdenes del joven mayoral cuando tenía que desplazar un poco el carro. Tardaron un buen rato hasta que vieron que la mula tensaba bien los tiros y tenía que esforzarse para mover el peso; entonces el mayor, cogiéndola del ramal, junto al belfo, la encarriló a una zona de baches del camino. 

Paró y ordenó al pequeño que la cogiera como él había estado haciendo para ir a quitar la trampilla trasera y descargar los cantos; el ruido producido al caer las piedras en el camino hizo que las orejas de la mula se irguieran y cambiaran de posición como antenas móviles, pero el animal apenas se movió y paró con el primer ¡sooo!. El mayor advirtió al pequeño: —No te asustes, tú sigue teniéndola del ramal que voy a subir pa descargar un poco más y ahora después lo volamos—. Siguió con la mocheja descargando lo que pudo. Con las manos heladas a pesar del trabajo y la dificultad de hincar la azada entre las piedras, que ya había preparado para que estuvieran repartidas en el carro como en el fiel de una balanza; decidió que lo mejor sería quitar ya la barriguera a la mula y levantar las lanzas para volar el carro, como había visto hacer tantas veces a su padre para descargar la basura del corral que usaban como abono. 

El mayor se bajó del carro, dejó a un lado la mocheja, se fue hacia donde estaba el pequeño y le dijo:

—Quita, déjame, ponte al otro lao y cuando te diga yo empuja p'arriba la otra lanza. 

Obediente, el pequeño hizo lo que le mandaba su hermano mayor; éste hizo lo que había pensado y tan pronto desabrochó la barriguera, con las dos manos cogió su lanza y empujó con todas sus fuerzas hacia arriba mientras decía al pequeño que hiciera lo mismo. Poco a poco vencieron el peso y, en un momento, el carro se voló con violencia y sonaron con brusquedad las piedras contra el suelo mientras las ruedas del carro avanzaban de golpe y una de ellas dio en la pata a la mula. Ésta pegó un tirón y una sacudida y el mayor no soltó el ramal, según lo tenía cogido. Con el tirón, el carro se vino hacia adelante y las lanzas bajaron hasta pegar una de ellas en la cepa de la oreja a la bestia. Entonces ésta, agredida como no lo había experimentado hasta entonces, enloqueció, dio otro tirón más fuerte y el mayor gritó al pequeño: 

—¡Apártate de ahí, Toño!. 

Todavía sin soltar el ramal y viendo zarandeado su cuerpo, el carro hizo un zigzag con las lanzas al cielo y, en otro salto, la mula logró desembarazarse del joven que la sujetaba. Pero ella no perdía la amenaza del carro, que seguía golpeando con las ruedas sus patas; entonces el mancebo quedó quieto asustado diciendo ¡guooooo… soooo…! con la voz queriendo hacerse oír, fuerte, pero sin que apenas le saliera del cuerpo. El pequeño se vino hacia él observando la escena, asustado, y se abrazó a él por su costado. Entonces vieron a la mula alejarse a saltos y el carro, como en volandas, sin tocar tierra, y con las lanzas rasantes zigzagueando como olas por debajo de la panza del animal. Por sus cabezas pasaban pensamientos confusos de miedo y asombro por algo tan increíble como lo que estaban viviendo, veían el polvo que levantaban los cascos y el galope de la mula desbocada y, detrás de ella, el carro sin apenas tocar las ruedas en el suelo, sin tener idea de cuándo y cómo podría terminar aquello. Sin embargo, de pronto, como milagrosamente, vieron a lo lejos que la acción se frenó en seco. El carro solo en el rastrojo. La mula, ligeramente apartada quieta como petrificada. Entonces dudaron un momento, pero reaccionaron y corrieron al principio… aunque poco después aminoraron la carrera y según se aproximaban al animal y al carro andaban más despacio. La Sevillana seguía quieta, de pie, inmóvil como una roca, y les sorprendió ver sus desnudez. Solo había quedado sobre ella el collerón y el rollo. Ni restos de horcate, silleta, ni arreos de ningún tipo. Cuando miraron hacia el carro, vieron algo que no esperaban: Estaba manco de las dos lanzas. Era como una persona a la que hubieran amputado los dos brazos. Las ruedas sí las tenía y la caja también pero… Ya más cerca, se dieron cuenta de que las dos lanzas habían desaparecido, estaba como si a uno le cortaran los brazos hasta un poco más arriba de los codos. Se miraban pero no se decían una palabra. Siguieron acercándose al carro y por fin, ya encima, descubrieron lo que había ocurrido con las lanzas: una estaba clavada en la tierra hasta el ensanche que la une con la caja del carro. La otra permanecía tronchada a la misma altura y doblada hacia atrás por debajo del tablero base y, seguía allí, al parecer, gracias a la pletina de hierro dulce, atornillada a la madera no había llegado a partirse. Entonces, al comprender, respiraron un poco, sobre todo el mayor, porque vislumbró alguna esperanza. Ahora se atrevió a dirigirle al pequeño unas palabras de aliento: 

—No te apures, que esto lo podemos arreglar. 

Sin perder tiempo pusieron manos a la obra, buscaron alrededor del animal y el carro los arreos y los fueron encontrando uno tras otro aunque un tanto maltrechos. Los arrimaron al carro. La mula seguía quieta donde se había quedado. El mayor se acercó lentamente y, al ver que lo miraba, pero sin menearse, la acarició temeroso en un flanco, y en seguida se atrevió a llevarle la mano a la frente. Entonces ella resopló por las narices como saludando los ánimos de su joven amo, que dijo al pequeño: 

—Espera aquí que voy a la pedriza a traeme la mocha y una soga. 

Pronto volvió con lo que había ido a buscar. Sin perder un momento empezó a cavar alrededor de la lanza hincada hasta desenterrarla. Se alegraron al ver que estaba entera, sin daños. Entonces se pusieron entre los dos a enderezar la que estaba doblada y maltrecha, les costó vencer la fuerza de la pletina que la había sujetado y, una vez lo hubieron conseguido, vieron cómo la madera quebrada coincidía exactamente con la otra parte sana, cuidadosamente, como si de una tarea de entablillar un brazo o una pierna se tratara, el mayor hizo un trabajo digno de admiración para su hermano, aunque para él dijo que "no había quedao tan bien como quería", porque la lanza rota no tenía la firmeza que antes de romperse. En cualquier caso, el carro estaba otra vez recuperado y dispuesto. Ya contentos, se pusieron a enjaezar a la mula, puesto que para ellos los aparejos sencillos de todos los días habían cobrado un valor y una belleza como si fueran de oro. Colocó “Milio" todas sus piezas al animal como si lo hubiera hecho toda la vida; primero la silleta, luego el arnés con los zajaores, la zufra, la barriguera y el horcate sobre el collerón y el rollo. Por último, los tiros; todo ello con el mayor sigilo y mimo, de modo que la Sevillana no se veía asustada. Así consiguieron uncirla y, después, con el mismo mimo, se atrevieron a encarrilarla hasta el hato de la pedriza donde se dispusieron a almorzar. 

El mayor lo primero que hizo fue poner una pastura a la Sevillana sin desuncirla; el pequeño lo seguía a todas partes. Después se sentaron en las piedras mayores que había en la pedriza. Ya había desaparecido la escarcha aunque seguía sin asomar el sol. Bebieron agua a pesar de lo fresca que seguía la mañana. Les costaba tragar la comida, parecía que se les habían ido las ganas, pero poco a poco se fueron animando. Almorzaron en silencio y, cuando hubieron terminado, el mayor quitó la espuerta de la pastura, dijo arre y la mula respondió como de costumbre; así volvieron a la faena de las piedras al carro, pero ahora con mayor cuidado y suavidad, haciendo el menor ruido posible, vigilando siempre la reacción de la mula cuando echaban las piedras al carro con las espuertecillas y cuando las descargaban con la azada, o las más gordas una a una tirándolas desde arriba junto a la pedriza. Luego, llegado el medio día, comieron, descansaron un poco y continuaron la faena por la tarde, hasta que el mayor consideró que era ya hora de volverse al lugar.

Llegaron temerosos a la puerta de la casa antes de anochecer. Al oír el carro salió el padre. Los recibió con buena cara, pero no tardó en darse cuenta de la lanza ensogada y cambió bruscamente. 

—¿Qué los ha pasao? ¿Cómo los habís apañao pa tronchar la lanza? ¡Miaque, hermoso, no poder mandate solo todavía, ya con 13 años! ¡Mecaguen…!

El rapapolvos fue más largo y ellos, sin rebullir, lo aguantaron como pudieron, pero sin temer ser golpeados, porque el padre les rancillaba, pero nunca les había puesto la mano encima. 

Una semana después, ya con la lanza reparada mejor por el carretero y reforzada con otra pletina por el lado partido, el padre y el pequeño fueron de nuevo a mismo sitio, al Rubielo, a continuar con la misma tarea. El pequeño se dio bien cuenta de que su padre hacía casi todo lo mismo que su hermano. También se fueron por el Pilar y dieron de beber a la mula en los pilones. Cuando llegaron a la tierra, cargado ya el carro de piedras, quitó el tablero trasero y,  cuando se disponía a descargar con la mocha en el camino, él también sujetaba por el ramal a la Sevillana como le había ordenado su padre, como lo había hecho su hermano y, cuando el padre se bajó del carro, vino donde estaba y le dijo: 

—Tú apártate un poco, hermosón, que voy a volar el carro. 

Él tembló recordando lo vivido, se alejó detrás un poco, pero observando bien cómo lo hacía su padre. Al desabrochar la barriguera y volar las lanzas, todo volvió a repetirse casi igual que la semana anterior: la rueda golpeando la pata, el estirazón de la mula, las lanzas que caían, el golpe en la cepa la oreja, los encogimientos y la locura del animal, casi todo; menos una cosa principal: el padre no soltaba el ramal del belfo a pesar del zarandeo violento y de las sacudidas del carro, y los grandes saltos que daba acompañando los de la Sevillana. Ahora ésta no perdió la silleta ni la zufra y, entonces, las lanzas no cayeron por debajo de la panza de la mula a pesar de los saltos, encogiéndose, estirándose, queriéndose escapar de aquellos tiros y zajaores, asustada. A pesar de todo, finalmente, el padre logró controlar la situación y todo volvió a serenarse poco después. Se dio cuenta el pequeño del blancor de la cara de su padre y de los chorros de sudor que le caían. No se dijeron nada. Todo ya estaba claro: había que medir bien las tareas y responsabilidades que se encargaban a menores.

©Fabián Castillo Molina



Libros de Fabián Castillo Molina: 


Al pueblo (poesía) y La Culpa (novela)



 

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