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viernes, 28 de agosto de 2015

Texto de presentación del historiador Aurelio Pretel al libro "Mapa de Las Pedroñeras"



La primera vez que vi a Aurelio Pretel Marín hablar en unas charlas belmonteñas quedé prendado por sus palabras, las palabras de un historiador con notables conocimientos y enamorado de su tierra manchega, más aún de la albaceteña, de la que es hijo. Es nuestro máximo exponente en este sentido, más aún de nuestra historia medieval, más aún de la referente a esta zona de nuestra Mancha, aunque también ha hecho sus pinitos en otros momentos, en otras circunstancias históricas, y ya sabemos cómo son los pinitos de este prohombre. Por aquí podréis leer un extracto de su extensísima bibliografía y os dejo también el enlace sobre los libros de Pretel que andan por la Biblioteca Nacional.


Lo que uno tuvo claro desde un principio, más aún después de haber leído parte de su obra (sobre todo la dedicada al señorío de Villena en que Pedroñeras andaba implicada) que sería quien mejor podría presentar con un prólogo este libro. Sin conocernos, y tras echarle un vistazo a la obra que le envié, tuvo la amabilidad, nunca del todo agradecida, de prestarse a escribir unas palabras. Sin duda, en ellas, este historiador, miembro fundador del reputado Instituto de Estudios Albacetenses, elogiaba quizá en exceso esta obra mía, cosa que a uno (que es humano) le llenó de orgullo y algo de vergüenza, pues quien esto escribe no se considera más que un osado diletante que se mete quizá en demasiados fregados, aunque a uno le suponga la estima de que no lo son, quizá inocentemente, tratándose de investigaciones relacionadas con su tierra. Uno no aprende del todo y anda con anteojeras.

En fin, quisiera dejar también en este blog estas palabras llenas de exceso que don Aurelio, con el que tuve la suerte de compartir un largo café el otro día en Albacete, tuvo la gentileza de dirigir a mi humilde persona y a este libro sobre el pueblo; un libro que tiene mucho de toponimia, de topografía, de cartografía... pero también de historia. Desde aquí, vuelvo a agradecerle esta cortesía.





Presentación de Aurelio Pretel que preside el libro

Cuando Ángel Carrasco me pidió que leyera su trabajo sobre la toponimia pedroñera y escribiera unas líneas a manera de prólogo, no podía imaginar que un libro sobre un pueblo en el que nunca he estado y del que nunca he escrito pudiera interesarme hasta el punto que lo ha hecho. Yo le dije -y reitero- que temía no ser la persona adecuada, tanto por mi ignorancia sobre el marco espacial como por el asunto escogido. Le advertí del peligro, que yo mismo no he sabido eludir en otras ocasiones, de entrar en un terreno tan sujeto a polémicas y tan resbaladizo como la toponimia, en el que ni siquiera los mayores expertos pueden estar seguros (en su libro Al-Andalus contra España, el profesor Fanjul, excediéndose un poco, pero no sin razón, ridiculiza a quienes van buscando arabismos debajo de las piedras). Incluso le conté el solemne ridículo del poeta Ibn Handum al explicar el nombre de la ciudad de Elvira como un derivado del árabe al-Bir, que significa ‘el Pozo’, cuando la realidad es que viene de Iliberris, la población romana que fue su precedente, y mi experiencia propia, en que tampoco faltan meteduras de pata. Y le dije, además, que a mi modo de ver, Las Pedroñeras es un pueblo moderno, nacido en una zona que estuvo despoblada o apenas ocupada antes de la conquista por los cabalgadores de Alarcón, y después de la misma, por lo que malamente se podrían hallar topónimos antiguos cuyo estudio resulte de interés.

Pero Ángel Carrasco no ceja fácilmente. Insistió amablemente, no tuve más remedio que iniciar la lectura, y para mi sorpresa, en las primeras páginas comencé a aprender cosas, que trascienden al ámbito local y me vendrán muy bien para otros estudios. De momento, aprendí cómo hacer un esquema minucioso y completo de un trabajo que agota los distintos problemas estudiados, cosa que a mí, que soy intuitivo y anárquico en mi investigación y en la organización de mis conocimientos, me hace mucha falta. Y que el nombre del pueblo puede ser más antiguo de lo que se supone, pues él lo documenta en pleno siglo XIII, cosa que yo ignoraba. Pero además me fue confirmando teorías que yo mismo defiendo en otros casos, al ofrecerme ejemplos más claros y eficaces que los que poseía: por ejemplo, el de esa Hoya Labar, que es deformación de la “Hoya del Abad”, o la Hoya Arangil, que es la de “Herrán Gil”, lo que indica a las claras que no siempre se dan evoluciones lógicas y sujetas a normas inmutables, como muy a menudo defienden los puristas desde el punto de vista de la filología. 

Por supuesto, no abunda, como era de esperar, la toponimia árabe (y aun así se podría rastrear algún caso, siempre con el peligro de caer en el error, e incluso en el ridículo), y sin duda cabría discutir alguna evolución o algún significado. Pero... ¿a quién no podríamos buscarle las cosquillas en tan difícil campo? ¿Y con qué autoridad osaríamos hacerlo, sin conocer la zona, y cuando los expertos suelen equivocarse con tal asiduidad? Además, el autor tiene bien aprendida la lección: no hacer afirmaciones demasiado tajantes, sugerir con prudencia y humildad, e intentar no dejarse llevar por la soberbia de quien quiere explicarlo todo y a toda costa. Ya podrían -podríamos- aprender otros muchos. 

Por otra parte, el libro de Ángel Carrasco Sotos no trata solamente sobre la toponimia pedroñera, como yo imaginaba. Es una obra extensa donde habla del paisaje, de los restos históricos que quedan en el término, despoblados, ermitas, molinos y corrales, pozos, cuevas, parajes, árboles singulares (gracias a él he sabido exactamente lo que es una “mata”, topónimo frecuente en nuestros documentos medievales), colmenares, hornillos, palomares, caleras, norias, balsas, acequias o “cerrojos” (otro nombre curioso, que tampoco sabía), manantiales y arroyos... Es decir, de vestigios de la historia social (que no es la de los reyes, sino la de los pueblos, la auténtica “intrahistoria” de la que habló Unamuno) y de la arqueología industrial o de la etnología comarcal, que hoy están en peligro de perderse, y que Ángel Carrasco documenta, además, con sus valiosas fotos y sitúa con mapas valiosísimos que van desde los viejos del siglo XVII (de Luchino Vicenzo y Hendrik van Schoel, de 1602, y Fosman y Medina en 1692) a los más actuales, incluidos los hechos por él mismo. 

Dentro de pocos años, cuando desaparezcan, por desgracia, muchos de estos vestigios, como ha ocurrido ya en otros muchos pueblos, tendremos ocasión de comprobar la oportunidad y el valor de este libro, de su cartografía y sus imágenes. Un libro que, además, está muy bien escrito y -lo que importa más- escrito con amor, lo que es requisito indispensable para el conocimiento, porque sólo se escribe con rigor de lo que se conoce, y sólo se conoce aquello que se quiere, como hace con su pueblo Ángel Carrasco Sotos.

 Dr. Aurelio Pretel Marín 
(del Instituto de Estudios Albacetenses)

Breve biografía de Aurelio Pretel Marín (que copio de la solapa de su último libro, Don Enrique de Villena: retrato de un perdedor, CEM, 2015):

Nacido en Albacete en 195'0. Se doctoró en  Historia por la Universidad de Murcia en 1976. Profesor de Enseñanza Secundaria durante 38 años, lo ha sido también de Historia Medieval y de Paleografía y Diplomática del Centro Asociado de la UNED de Albacete y de la Facultad de Humanidades de la UCLM. Miembro correspondiente de la Academia de la Historia y de la Sociedad Española de Estudios Medievales, fue fundador y director durante nueve años del Instituto de Estudios Albacetenses, cuya sección de Historia presidió hasta 2006. Autor de una treintena de libros monográficos y medio centenar de colaboraciones en revistas y obras colectivas, ha coordinado varias jornadas y congresos sobre Arte e Historia local y provincial, participando en otras e impartiendo distintas conferencias en la misma provincia de Albacete y diferentes puntos de Jaén, Murcia, Alicante, Cuenca y Ciudad Real.

ÁCS

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