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miércoles, 12 de agosto de 2015

La colegiata de Belmonte, por Juan Jiménez Aguilar (3)



LA COLEGIATA DE BELMONTE
ARTICULO PUBLICADO EN LA  VOZ DE CUENCA POR JUAN JIMÉNEZ AGUILAR, EL 17 DE AGOSTO DE 1931

AQUÍ la segunda parte (anterior)

por Miguel Ángel Vellisco Bueno




Es de lamentar que nuestro ilustre paisano D. Pelayo Quintero y Atauri -catedrático en el Instituto de Cádiz- no conociera esta sillería en 1908, cuando publicó su erudito y competente estudio acerca de las “Sillas de coro españolas”. En él “Boletín de la Sociedad Española de Excursiones”, de la cual somos ambos afiliados veteranos.

 Entonces hubiera tenido esta bella y antañona “bolserie”, apenas conocida, todos los honores que la correspondían. En primer lugar, ser presentada por el admirado cronista de Cádiz y de Uclés, a los amigos del Arte; y luego que tan brillante artista y escritor le dedicara algunas páginas, fotos y dibujos. Así, este sencillo trabajo de divulgación, no tomaría para mí las proporciones de una tarea de titanes con un rendimiento insignificante, como el “parturiens mons” de la fábula de Pedro.
En el reparto del breve tiempo de que disponía en mi viaje a Belmonte donde tantas cosas interesantes solicitan la atención del viajero -no podía salir muy favorecido el coro de San Bartolomé dejando para otra ocasión contar el número de sillas y reseñar, tablero por tablero, los asuntos que el entallador representó en los respaldos de los sitiales.
Pero fue bastante aquella rápida inspección, para darme cuenta de que hay dos órdenes de sillas, con mayor número de asientos de los que correspondían a la totalidad de los capilares y chantres de la Colegiala en sus mejores tiempos. Ya que la “Relación topográfica” de Belmonte de 1 de Abril de 1579, dice que tenía Prior, Chantre, Tesorero, Maestrescuela, seis Canónigos, cuatro Racioneros y cuatro medios Racioneros y ocho Capellanes; que con escasa diferencia es el número de eclesiásticos empadronados en 1786 en Belmonte, según el curioso manuscrito de D. Mateo López.
El exceso de asientos en el coro de San Bartolomé parece confirmar la tradición de que esta “boiserie”, perteneció en otro tiempo a la Catedral de Cuenca, y fue cedida a Belmonte al cambiar aquélla los coros y hacer la nueva sillera en el siglo XVIII, durante el pontificado de Flórez Osorio.
Observé otro detalle que también induce a creer que esta sillera se adaptó, pero no se hizo para el coro de la Colegiata. Casi todos los tableros tienen un relieve con un asunto bíblico -del Antiguo y del Nuevo Testamento- composición de varias figuras enmarcadas por un arco conopial o trilobado, cuyas enjutas ocupan figuras sueltas y más pequeñas de apóstoles, doctores, evangelistas y profetas. Únicamente los tableros de los dos rincones -más estrechos y por tanto sin espacio para acomodar bien un grupo- contienen una sola Figura; en cambio en otro lugar se ve que han acoplado dos tableros estrechos -y con un personaje solitario cada uno para formar un respaldo.
 Si no recuerdo mal, estas figuras sueltas -unas con leyenda y otras sin ella- son varios ejemplares de la mujer fuerte de la Biblia: Judit, que en la punta de un corvo bracamarte, lleva la cabeza de Holofernes; Atalia, hija de Acab, rey de Jerusalén, que para ocupar el Trono de sus mayores mandó dar muerte a todos los descendientes de David. Débora, profetisa y “jueza” del pueblo hebreo, y Jael, la hermosa judía, que dio muerte a Sisara, general enemigo, hundiéndole un clavo en la sien mientras dormía…
Desde la creación del primer hombre hasta la muerte de Jesús, toda la Historia Sagrada está compendiada en aquellas interesantísimas tallas, que he de ver de nuevo, y con todo el detenimiento necesario, Entre tantas escenas voy recordando la “Creación de la mujer”, que surge del costado de Adán, que ha de encontrarla a su lado, y enteramente formada, “cuando despierte”. Tampoco salió de la frente de Júpiter, herida por Vulcano, una niña desnuda y tierna, sino una arrogante y ágil amazona, armada de casco, escudo y lanza.





Otro tablero representa “el primer pecado” con Adán y Eva al lado del árbol fatal, donde se enrosca la pérfida serpiente...
No hago memoria si luego está representado “el primer fratricidio”, que horrorizó a los cielos y la tierra, aunque muy pronto la costumbre de matar convirtió en actos meritorios las grandes carnicerías que registra la Historia de la Humanidad; ignoro si después viene “el Diluvio”, cuya ineficacia para cambiar la condición humana fue tal, que obligó al Cielo a ensayar otro procedimiento de regeneración dos mil trescientos cuarenta y cinco años más tarde.
“El Nacimiento del Redentor”, “La Adoración de los Reyes Magos”... y luego “La Cena” y otros episodios de la Pasión y muerte de Jesús, completan la obra del artista notable y anónimo.
Es indudable que una paciente labor de archivo acabará con bastantes incógnitos de estos; pero también es verdad que la absurda disposición ordenando la destrucción de los procesos de larga fecha en los juzgados de España, ha cegado abundosas fuentes históricas. Así, pues, en muchos casos será imposible ya describir al autor; y en otras ocasiones tenemos que contentarnos con una filiación hipotética, basada en el dibujo, en la técnica, en los ropajes, armas, fondos y vagos detalles de las obras artísticas.
A este género de deducciones se prestan mucho las anónimas tallas de Belmonte.





¿De qué época y a qué escuela podemos referir la sillería de Belmonte? Contestar a la primera parte de la pregunta diciendo que es del siglo XV, es recordar que en este tiempo, nuestro arte escultórico es todavía de aluvión; que son escasos los imagineros y entalladores indígenas, mientras se enriquecen los templos castellanos con obras de Egas, Borgoñas y Dankart; y aun aquellos artistas españoles no poseen un arte propio y definido, sino un reflejo de los gustos franceses, flamencos y germanos, que acaban por fundirse y formar un arte nuevo.
El estilo español antiguo -de cuyo nombre se abusa tanto en nuestros días- más que en Ios motivos ornacentistas, se revela en el sentimiento religioso que inspira sus representaciones plásticas, triunfando de cualquier influencia extraña.
Un francés habría buscado asuntos en las leyendas del ciclo caballeresco o en la mitología pagana; flamencos y waIones hubieran preferido temas humorísticos o grotescos, mientras los alemanes cubrirían los tableros con grandes yelmos y pequeñas tarjas; revueltos lambrequines y extrañas cimeras. A veces el español recoge todos aquellos elementos exóticos, pero como motivos secundarios, para enmarcar el tema místico y principal, más prefiriendo casi siempre a la profusión de adornos la ascética sobriedad del “arte franciscano”, tan en boga, reinando los Reyes Católicos.
Por aquellos días en que el maestro Gil de Siloe labraba primorosos altares y bellos sepulcros de alabastro, donde no siempre hacia gran alarde ornamental. No es aventurado creer que en la Catedral de Cuenca hizo un altar de alabastro de la capilla mayor a expensas del Comendador Alonso Beltrán del Castillo -de la Orden de Santiago- en tiempo del obispo Fr. Alonso de Burgos; pues por los mismos años labró en Ocaña la estatua y cama sepulcral de D. Rodrigo de Cárdenas, caballero de Santiago y tío del último maestre de la misma orden, que costeó el monumento y cuyos restos están repartidos entre los Museos “Victoria and Albert”, de Londres; “Metropolitá”", de Nueva York, y “Fitzwillian”, de Cambridge. Algunos críticos suponen que para alguna de estas obras, Gil de Siloe dio la traza, pero las ejecutaron sus discípulos. Pero lo cierto es que la escuela burgalesa dejó en nuestra provincia abundantes huellas.
Por burgalés tengo el retablo de la capilla de Ramírez en Villaescusa de Haro; burgalesas son varias estatuillas sueltas, de piedra y madera, de la Catedral de Cuenca, y también podemos incluir en ese estilo -que se inicia en la antigua “Caput Castellae”… -el frente de la urna sepulcral de caballero desconocido, que yace en la capilla de Santiago de la misma Catedral.




En mi opinión, las tayas de la sillería de Belmonte son de arte castellano; perfectamente definidos por sus trazos enérgicos e ingenua composición donde no se muestran muy acusadas las naturales influencias de los maestros extranjeros.
Nuestra emancipación artística comienza, paradójicamente, merced a la esclavitud de nuestro espíritu. Dominados por el sentimiento religioso, más que a la belleza plástica, atendían nuestros artistas a provocar emociones dramáticas; mientras los pueblos del Norte, de floreciente riqueza y de costumbres más libres, buscaban en su misma vida frívola y galante la fuente de su inspiración artística.
 No quiere decir esto que en otros países no existiera también un arte profundamente religioso, pero los temas preferidos son otros y el efecto que se buscaba era otro también. El español, acostumbrado a no pensar, ni comprender, ni discutir sobre tales cuestiones -la Iglesia se lo prohibía terminantemente bajo severas penas- huye de los temas abstractos y simbólicos que pueden quebrantar su fe, y busca la exaltación del sentimiento. Como los otros pueblos, al principio también el español gusta de visiones trágicas y violentas -martirios y penitencias- a propósito para impresionar a las clases populares; luego sustituye estas emociones fuertes por un expresionismo de mística dulzura y es entonces cuando en los retablos de nuestro país se repiten tanto los relieves con la Anunciación, el Nacimiento, la adoración de los pastores y de los Reyes, la Circuncisión y la Sagrada Familia. Otro ciclo lo constituyen las escenas de la vida de la Virgen. con la Puerta de Oro y el puerperio de  Santa Ana en aposento confortable; la Virgen niña subiendo las escaleras del templo, sus Desposorios y la Anunciación.
A veces hay un cuadro central con la Virgen en su gloria, rodeada de todas las invocaciones de la Letanía: “Rosa mystica”, “Causa nostrae leticiae”, “STella matutina”, “Regina angelorum”... ¿A qué seguir? No es necesario más para ver en ello cómo llega a plasmar nuestra inveterada costumbre del piropo.
Pero la sillería del coro de Belmonte, no es eso que hemos llegado a ver en la misma colegiata y en el vecino oratorio de Santa Catalina, ejecutado por Pedro de Saceda.
Este Pedro de Saceda, y Pedro de Villadiego, entalladores que figuran en la Catedral de Cuenca de los años de 1548 a 1570, ejecutando uno la si la para el obrero”, luego “unas puertas de nogal para el coro” y el otro “Iuego trabaja en la colocación de la nueva sillera” y algunos años más tarde en la “coronación de las sillas del coro” y las bases y recorte de pilares del mismo. Estos escultores y sus oficiales Cerezo y Villanueva lIeváronse el secreto del artista incógnito que acaso fue su deudo y su maestro.
Son legión los entalladores que entonces se establecen en Cuenca, atraídos por la febril oferta de trabajo: Altares, escaños de formas y adornos arcaicos eran retirados como cosa inútil, para dar entrada en las iglesias, coros y capillas al gusto neoclásico y “romano”, en ello trabajaron Giralte del Flugo y Esteban Jamete y Miguel Ángel Santalino, alternando con los indígenas Tomás Vázquez, Alonso de Esquinas, Francisco Vivar, Juan Barba y Andrés de Oropesa. Entre esos apellidos españoles suena también el de un linaje consagrado entre los artistas: Gaspar de Berruguete cuyo parentesco con el famoso Alonso Berruguete se desconoce. Pero estas rivalidades, frecuentes entre los del mismo oficio, arman las manos de sus compañeros que envidiaban su pericia: Yuna noche tendieron a Gaspar de Berruguete en la calle, mal herido de una estocada.

Encartado en el proceso estuvo Villanueva, el oficial de Pedro de Saceda, que trabajó con él en las obras de BeImonte.


Miguel Ángel Vellisco Bueno

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