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sábado, 15 de agosto de 2015

A los pies de Pedroñeras - Cuentecillos y microrrelatos de Pedroñeras (2)



A los pies de Pedroñeras
por Fabián Castillo Molina





Aquel día de junio de 2015 había amanecido en Las Pedroñeras tan agobiantemente caluroso como los anteriores y siguientes. Por ser festivo se levantaron un poco más tarde la mayoría de los más de catorce mil pies, que todos los días se ponían en marcha temprano sin que nadie les dijera una palabra, ni les diera una orden. Nacían todos los pies hermanos gemelos, pero nunca trillizos ni cuatrillizos y si alguna vez ocurrió en la historia fue silenciado o en su caso considerado una anomalía monstruosa. Por lo general no tenían nombre propio los pies, todos se llamaban igual: pie derecho y pie izquierdo, añadiendo también para identificarlos el nombre de la persona a la que prestaban sus servicios y así se entendían.


Ellos siempre dispuestos, silenciosos (unos más que otros), porque cada par de pies tenían por costumbre pisar con más o menos fuerza y dar el paso más o menos largo; eso sí, estaban acostumbrados desde muy pequeños a una sincronización perfecta: primero uno y luego el otro, sin variarse ni un pelo, porque si uno se adelantaba o se retrasaba un poco ya se veía que algo andaba mal y, no digamos si alguno se negaba de plano a dar un paso, entonces había que ir a la pata coja y cargarle todo el peso al hermano y no digamos si se negaban los dos y querían ir al mismo tiempo haciendo pareja; entonces tenían que hacerlo a saltos. Así es que por lo general la inmensa mayoría estaban muy bien acostumbrados y sin ningún tipo de discusión se ponían en marcha tan pronto como la cabeza, con el piloto automático, les decía que había que bajarse de la cama por muy temprano que fuera. 

Además de no ser habladores, los pies salían siempre a la calle cubiertos y protegidos de la mirada de las gentes, solamente era posible ver los pies en plan nudista masivamente en las playas y las piscinas principalmente en verano, porque en invierno las playas y piscinas (salvo las piscinas cubiertas) solían estar desiertas. Salian a la calle vestidos los pies sobre todo, porque aunque no se aireaba, era pública y notoria la necesidad de respetarlos, cuidarlos y protegerlos, ya que cargaban con un gran trabajo y responsabilidad, de hecho, hasta había una profesión específica dedicada a los pies, la de podólogo. Era sin duda una gran misión la encomendada a los pies (y a las piernas a las que siempre iban unidos, pero de las piernas ya hablaremos en otro momento), llevar de un lado a otro a todo un cuerpo y a la cabeza pensante desde que se levantaban de la cama hasta que volvían a ella. 

Es verdad que había pies de muchas edades y muy variados en tamaño, hermosura… y también con olores muy peculiares. Como las personas de las que formaban parte, cada pareja era única e irrepetible. Así ocurría que unos tenían costumbre de corretear o correr abiertamente, sin medida, esos eran los más lozanos. Otros obedecían las órdenes del que mandaba y bailaban al compás de las músicas que les ponían (por cierto que en la calle del Maestro Ortega de este pueblo había una academia de baile donde se ejercitaban los pies más variopintos y alegres sobre todo femeninos), y también estaban siempre dispuestos los pies del grupo folclórico local Raíces Manchegas que paseaban el nombre de Las Pedroñeras por todos los escenarios de la piel de toro tan contentos y orgullosos de su tierra. Ocurría lo mismo con los de los futbolistas del equipo local, que en las últimas temporadas habían llegado a ponerlo en una posición muy destacada en el panorama deportivo nacional y paseaban también el nombre del la capital del ajo por toda la geografía española. Pero mucho antes de que existieran tanto las academias de baile como el grupo citado, existía en el pueblo la banda municipal de música que tocaba y alegraba las calles y las gentes en todas las celebraciones importantes, y también, sobre todo en semana santa, desfilaban los numerosos jóvenes de los grupos de tambores y cornetas así como los miembros de todas las cofradías que hacían salir a la calle a disfrutar y relacionarse con sus vecinos y amigos más de la mitad de los pies que paseaban el pueblo. Así ocurría con la romería que se celebraba todos los años por de San Isidro y en menor medida, también con la que llevaba a recorrer los casi 40 kilómetros que separaban Las Pedroñeras de Alconchel de la Estrella con motivo de la celebración de la Virgen de la Cuesta. 

Mientras tanto, otros muchos pies pisaban el acelerador del vehículo que conducía su jefa o jefe más a fondo de lo debido, aunque la inmensa mayoría lo hacían con prudencia; menos mal, que si no… Luego estaban los pies que pedaleaban en su bicicleta tanto si era de carreras como de montaña o simplemente de paseo, y antes de esto se habían acostumbrado a los pedales de un triciclo, algunos a los de los patines y monopatines o los que montados sobre una tabla de surf se desplazaban sobre la espumantes olas del mar como lo hacían también los que montaban sobre los esquíes disfrutando el incomparable paisaje de montaña. 

Había pies ya con muchos pasos a cuestas, iban estando cansados y caminaban más despacio, incluso llegaba un momento en sus vidas que necesitaban la ayuda de un tercer pie, una garrota, un bastón, para poder seguir caminando donde les indicara sin palabra el deseo del único jefe que habían tenido en su larga vida. Los menos, pero no había que olvidarlos sino prestarles especial atención, habían llegado a un extremo que ya ni el bastón les bastaba y necesitaban de un andador, o un carro de la compra, o incluso una silla de ruedas, con o sin motor para desplazarse en su vida diaria. Pero todos seguían allí dispuestos a complacer a la cabeza pensante que venían acompañando desde que vinieron al mundo. Ya por último estaban los que no podían más y no respondían a las órdenes que les enviaba el cerebro y al negarse de plano, habían dado con el cuerpo en la cama y de allí no se movían. Este era el paso más duro, aunque la esperanza es lo último que se pierde. 

Aquel día caluroso de junio, en el que se celebraba el día del Corpus, a la hora de la siesta, estaban descansando en Pedroñeras buena parte de los más de catorce mil pies con que contaba el pueblo, cuando unos cuantos sintieron que las cabezas que los mandaban dieron la orden de acelerar. Al menos dos pies bajaron corriendo, descalzos, las escaleras desde la planta de arriba de la vivienda ya que se encontraban descansando, y no se paró a calzarlos su jefe, al sentir la tremenda explosión, como un barreno, que se produjo en la casa de al lado, de esa misma calle de La Paz. Así entraron descalzos en la nave que ardía. Ellos no veían ni olían el humo, pero sentían la mayor aportación de sangre correr por sus venas. Había mucho movimiento de pies, se escuchaban órdenes y cambio de sentido de marcha continuamente. Supieron pronto que los dos pies del dueño de la casa en llamas, junto con el conjunto de compañeros unidos al cuerpo y la cabeza habían sido llevados con urgencia al centro médico para ser atendidos de una intoxicación por inhalación de gases. La tensión fue en aumento durante varias horas ya que ni los pies calzados con botas de voluntarios de Protección Civil ni de bomberos lograban hacerse con el control del incendio que atacaban con mangueras que disparaban agua en cantidad. Mientras tanto por varias cabezas pasó el temor a quedarse sin casa aquella tarde y la angustia llegó en algún momento a ver lo que todavía no había ocurrido, ni por fortuna llegó luego a ocurrir. El momento álgido fue cuando el dueño de los pies descalzos dio la orden con respeto, a otro vecino, de sacar el tractor de la nave cuyas ruedas ya estaban empezando a arder, mientras él sacaba de su nave vecina el coche, porque todo lo veía peligrar. Le alertó del peligro el depósito de gasoil hirviente que estaba entre las llamas y que amenazaba con prenderse o reventar en cualquier momento. Los pies sabían, como lo saben todos, que había que obedecer con presteza las órdenes de sus cabezas pensantes y así lo hicieron hasta el final de la tarde cuando por fin oyeron decir que el fuego estaba controlado y parecía que no había peligro de hundimiento de la cubierta. 

Y ya para terminar esta historia había que decir algo que distinguía los pies de ahora con los de antaño en Pedroñeras; era la variedad de lugares donde éstos habían venido al mundo. Nunca hasta estos últimos años había habido, conviviendo en este pueblo, tal variedad de nacionalidades de los pies. La mayoría habían llegado al pueblo en busca de trabajo para salir adelante en su difícil vida, y venían de más de ¿cincuenta? países de los cinco continentes y convivían bien con la gente hospitalaria de Pedroñeras y en muchos casos solidaria y se adaptaban a esta nueva vida y clima trabajando sobre todo en la que era la principal fuente de trabajo y riqueza, los Ajos Morados, que le habían dado a Pedroñeras el título de Capital Mundial del Ajo.

Fabián Castillo Molina

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