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lunes, 17 de agosto de 2015

Las Pedroñeras con sabor a ajos (11): Poesías de José Vicente Navarro Rubio




por José Vicente Navarro Rubio


Por Las Pedroñeras, camino de Pinarejo

       I
De vez en cuando vuelvo
como la abeja
a la flor del romero.
De vez cuando
viajo en el tiempo
y me veo
por aquellos llanos,
por aquellos cerros,
por las Pedroñeras camino de Pinarejo
no se si en coche
o en jumento
como lo hizo Sancho Panza
o algún Marques de dulces sueños
en carruaje de cuatro ruedas
con jacas blancas, casi terciopelo,
remontando las cuestas
comiéndose el viento
con olores a verdes sarmientos
de las viñas,
de los majuelos,
de las cosechas,
de aquellos hombres de buenos ceños
que querían a la tierra
por encima de lo que se quiere a cualquiera de esos dioses buenos
que las fuentes históricas nos trasmiten tan iguales /gemelos
todos los dioses
que por ser etéreos
me saben a poco más que a mosto
de aquel que preparaban nuestros abuelos.

Autor: Jose Vicente Navarro Rubio


                II
Hispanismo heroico por el tiempo taladrado
ya está bien de hablar de ajos y más ajos,
digo y hago,
y me pongo de inmediato
a glosar las maravillas
de un pueblo tan serrano
que por ser  de La Mancha
un diamante con esmero tallado
se merece que se le piropee
de vez en cuando,
con respeto y cariño,
tal y como en estos casos esta mandado.

Hablemos con paciencia
y desmedido descaro
de las Pedroñeras resaltando
su conjunto monumental
de casas, iglesia, convento,
casonas y palacios
y sin dejar detalle
en ningún escondite guardado,
y sin engañar a nadie
con dulce sonata
de juglar a su amada cantando
ahora  mismo comenzamos
para que nadie diga que vaya, el mío, descaro.

Ya mis dedos sobre las teclas golpeando
merece ser resaltada La Plaza,
con su iglesia desde siempre,
así me lo han contado,
lugar de culto y muy sagrado,
residencia de jesuitas y de talentosos sabios
y Ayuntamiento  con bandera al aire engalanado.

Tiene La Plaza muchos años
y significa tanto
en la historia de este pueblo tan estimado
que por allí han pasado
todos los nacidos en Las Pedroñeras
ya sea para ir a la escuela,
 de jornaleros al campo
o para descansar en sus bancos
cuando el pelo ya teñido de blanco
pide su merecido descanso.

Entre forjas de hierro
y acero a fuego labrado
y carpintería de pinos milenarios
nos enseña Las Pedroñeras
en menos que canta un gallo
sus casas solariegas
de nobles e hidalgos,
casonas de cuatro yuntas y más de un carro,
posadas donde comer, dar descanso,
y dormir roncando a pies descalzos
y palacios de todos los tamaños.

Si por Las Pedroñeras, su casco,
se continua caminado
nos encontraremos entre sobresaltos
con magníficos portones
en piedra muy finamente  labrados
con buenas artes y mejores manos.

Entre tantas casas casi de bruces nos pegamos
con la de Mendizabal
y entre venidos encantamientos mágicos
llegamos a la bien conocida casa del curato
y de tanto caminar, en tan reducido espacio, desembocamos
en el  palacio de los Molinas
con su ermita adosada
como si uno y otra ¡que encanto!
estuvieran desde siempre en acogedor abrazo.

La casa de los Ortega
es otra de esas mansiones
de recio estilo castellano
y no le vas en zaga,
vaya por delante mi relato,
la casa de los Zapata, Condesa y Bosch,
que se pueden ver sin reparos
si pasean y toman del sol,
por esas tierras de casi obligado baño.

Llama la atención por su estilo depurado
la Residencia de los Jesuitas
con un portón de medio punto, dovelado
y como quien nada quiere,
pero así es el caso, flanqueado
por columnas,
como si estuviéramos en el Vaticano
o en el Partenón de Atenas adivinando
como fue aquel recinto con dinamita volado.

A todo esto de reojo mirando
descubro, no son tallos de trigos por la sequía  doblados,
un  orden jónico corintio
tan bien depurado
que en lo que se refiere a este edificio
se adorna
con blasones reales en ellos rematados.

De argamasa y sillarejo
se reviste,
desde que así la diseñaron,
la ermita de San Julián
con su interior rematado
por una nave dividida en tres tramos,
altar desde donde elevar los cantos
y coro sostenido por arco muy rebajado.

Sobre suelo rocoso,
así me gusta a mi que los edificios se levanten
sin más ni menos apaños,
la ermita del Santo Sepulcro
resplandece entre halagos
como si fuera un témpano
de hielo bien congelado
para goce, como debe ser, de todos los cristianos.

Destaca en su entramado
de paredes, techos y tejados
su  mampostería revocada
y cal de medio palmo
y para que no se diga
que en su construcción no hubo desamparo
su pórtico vino, entre milagros,  
casi volando,
desde la iglesia del Robledillo,
este último un antiguo poblado.

De tanto hablar de ermitas
me estoy quedando helado
por eso le toca ahora a la del Santo Cristo
adosada como ya hemos hablado
a la Casa Palacio de los Molinas ¡buen palacio!
con portada adintelada,
arquitrabe, pilastras y bolas
que le dan aspecto aburguesado,
aunque de ella se sabe tanto
que todos sus rezos no caben
en costal alguno
aunque este vació de polvo y grano.

Y ahora, ya acabando
me quedo con Dios a la espera de que alguien respire
y diga si quiere algo.

Autor: José Vte. Navarro Rubio

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