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domingo, 15 de septiembre de 2013

Mi pequeño museo del labrador - El tumbillo


Antes de que existiesen las calefacciones, antes de que -como en mi generación- nos calentásemos los pies en invierno (cuando nos acostábamos) con las bolsas de agua caliente, antes incluso de que existiesen los también viejos calentadores (o quizá contemporáneos a ellos) existían los tumbillos, amigos. Desconozco su extensión de uso, pero sí que equivale a lo que los diccionarios generales recogen como tumbilla. Es lo mismo. Y también he visto registrado el vocablo en diccionarios dialectales no solo de nuestra Mancha, sino en Aragón y La Rioja. Quizá el ámbito geográfico en que se utilizó no supere estos límites.




Es el caso que yo tenía por ahí un tumbillo algo destrozado que creo que vino del vertedero y acudí al carpintero a que me lo aderezase. Bueno, miento, primero le dije que si me podría arreglar un tumbillo, pero este carpintero, que no es muy viejo, se quedó como diciendo "¿qué me está diciendo este tío?" El tumbillo cayó en desuso hace muchos años, pero aún nuestros abuelos los usaban, y por eso todavía hay tumbillos que se conservan en aquellas casas en que no han hecho una moraga donde se quemaran todos los enseres inútiles de la antigua usanza doméstica. ¡Cuántos no habrán subido ya a los cielos transformados en humo!




Como podéis ver en las fotografías que he hecho de este mío, que es pequeño, el tumbillo no es ni más ni menos que un artilugio que consta de un armazón de madera en cuyo interior se ponía un recipiente, como esa lata de "escabeche" de la marca Ortiz que yo tengo puesta. En este recipiente previamente se habían colocado unas ascuas, de modo que cuando el tumbillo se metía bajo las mantas de la cama (antes de acostarnos) este despedía una calorcilla de lo más agradable que dejaba la cama calentita, si bien también un poco olor a humo (no hay atajo sin trabajo, o quien algo quiere algo le cuesta: al menos antes). Cuando uno se iba a meter en el sobre, retiraba el tumbillo, se metía dentro y ¡a dormir tan a gusto con el culo caliente! (aunque las narices estuvieran helás).

Y, en fin, esto es un tumbillo. El mío ya forma parte de mi pequeño museo. No tiréis estas cosas y hacedles un hueco en el hogar. Creo que vale la pena conservarlas. También forman parte de nuestra historia pedroñera. 


Entradas anteriores de la serie:

La losa de lavar

©Ángel Carrasco Sotos

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