por Vicente Sotos Parra
Ya dejamos claro el tipo de persona que era el tal Felipón, o Celipón, como le llamaban muchos. Austero, hermético, solitario, apocado y poco dado a las relaciones de la comunidad. Esto hacía que más de uno sintiese antipatía, inquina, envidia, hacia ese tipo de persona de tan difícil calificativo, difícil también de encuadrar dentro del lugar en donde la mayoría siempre andaba de cabeza las cuatro estaciones del año. Cuando el año era bueno y los ajos se vendían bien, la gente aprovechaba para comprarse un tractor más grande, un coche, una furgoneta, cambiarse de casa. Si por el contrario ese año los ajos no tenían valor, acumulaban deudas que arrastraban los años siguientes. Si por lo que fuese no valían, se percibía en el ambiente la tensión y el descontento de la mayoría de ellos. Esos años de frustración llevaba a la mayoría a las barras de los bares para allí ahogar sus penas, y hallar consuelo a su poca fortuna. No pensaban que las penas al igual que las deudas sabían nadar.














