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sábado, 14 de marzo de 2015

Memorias y vivencias de Emilio Castillo Ramírez (9): Final y Momentos inolvidables de su vida


Memorias y vivencias de
Emilio Castillo Ramírez

Capítulo IX:

Final
Momentos que no se olvidan por el peligro en que nos vimos y por otras múltiples razones.


Nota del transcriptor:

         Después de los muchos trabajos y peripecias vividas a lo largo de casi cuarenta años, hay momentos y casos cuya fecha o incluso año no tenemos claro, por tanto en este capítulo final incluimos varias vivencias inolvidables repetidas por Emilio en varios cuadernos y papeles, pero sin fijar fecha en ningún momento; en cualquier caso, significativos.


EL RAYO QUE PUDO MATARNOS
        
Voy a contar ahora el caso que nos ocurrió a mi mujer  y a mí, en la época que habíamos dejado el estraperlo, pero íbamos a vender todos los lunes a Belmonte. Pues  en este viaje veníamos de vender judías, patatas, garbanzos y arroz, que era lo que llevábamos al mercado de Belmonte. Pues según venimos por la carretera, blanca entonces, antes de llegar al Pedernoso  vemos que se pone un nubarrón bastante feo y de pronto un relámpago que nos deslumbra y unos momentos después da un trueno tremendo encima de nosotros, un trueno de estos que te retiembla el pecho, y casi al mismo tiempo vemos de volar  tres palos del teléfono hechos ciscos, totalmente esgarraos por completo. Nos quedamos paralizaos, asustados por completo sin saber qué decirnos. Pero al contao llega un muchacho con una moto y nos dice: "¡Ay, hermanos (como decimos aquí), los he visto a ustés casi muertos. Ha dao una llamaratada tremenda en las orejas del borrico y he dicho ¡ay, Dios mío, los ha matao”. Fue que al trueno cayó un rayo o salación, como se dice aquí, en los palos de la luz, y allí estábamos nosotros en aquel momento. Pero por suerte no nos pasó nada gracias a Dios.


ERRORES QUE CUESTA  DESCUBRIR Y ACLARAR PERO HAY QUE HACERLO

Pues uno de los lunes que fuimos al mercado de Belmonte, tuve un error que ya veréis. Teníamos la costumbre mi mujer y yo de contar los cuartos que habíamos hecho en la venta, apenas salíamos a la carretera ya de regreso al pueblo, y aquella vez resulta que le digo: "María, ¿cuánto hay?"; y  me dice: "tanto"; y digo: "No puede ser; tiene que haber más". Ajusto yo cuentas  mirando a la libreta de mis apuntes y digo: "Me he equivocao; le he dao de más a la hermana gitana". Esta mujer era madre de una mayorala que nos compraba siempre mucho. Así que me tuve que volver rápido a su casa por no dejarlo para otro lunes. Llego a su casa y se lo digo y gracias que se lo aclaré bien  y me lo dio sin protestar,  que fue una cantidad buena para entonces. 


Otra vez me pasó con un revendedor de Villaescusa, y lo mismo, tuve que ir con una bicicleta que me dejaron y  me tuvo que devolver lo que había de equivocación y no pasó nada más.


TRABAJOS  DUROS CON CRIATURAS A CUESTAS

Un día, estando segando en La Marota, cerca del pinar de don Cayo, terminamos a medio día de segar y tuvimos que mudarnos mientras la siesta a la Casa el Sol, a unos 8 o 10 kilómetros de distancia con aquel calor que hacía. Emilio, el chico, muy pequeño, subido en la borrica o dentro del aguarón y la niñera, una chica de "Resiste”, en lo alto, y nosotros andando detrás. Llegamos al peazo y, al momento, a trabajar hasta ponerse el sol. A la noche después de llegar bien hartos de segar,  tener que ir al Pozo Nuevo a por el agua al ijar con cántaros, sacar el agua tirando de la soga que había que poner en la garrucha, cada uno llevábamos nuestra soga y al terminar de sacar el agua la guardábamos, y luego vuelta a casa con los cántaros y en la mano algún cubo

Antiguamente ¿qué teníamos que hacer los que teníamos hijos, sin poder dejárselos a nadie? Pues en el agosto, lo que teníamos que hacer es echarlos en un aguarón en la burra y llevarlos al rastrojo, para allí hacerles una sombrilla con unos haces, un tesnal, como se decía y, la niñera tenía que estar cuidando de él para que las hormigas y las moscas no le molestaran. Esto sí que es triste contarlo. Esto les pasaba a muchas familias, y la madre, harta de segar, tener que darle el pecho. A  estas alturas debíamos andar por el año 45 o 46, mi cuñao Nicolás todavía seguía cumpliendo condena con trabajos forzados para acortar el tiempo de prisión.


A POR CARROS DE ALEAGAS PARA TOSTAR GARBANZOS

Años después ya nos hicimos con un carro y una borrica mayor y más joven, y con esos medios ya marchábamos un poco mejor. La chica ya ayudaba algo en la casa y el chico también se venía conmigo cuando me hacía falta.

El combustible que usábamos para tostar garbanzos eran las aleagas. Íbamos a las lomas con el carro y la borrica, y hasta  alguna vez fuimos al paraje conocido como El Aleagar que estaba cerca de la Fuente de la Señora. Está bastante alejado del pueblo, pero había para cargar. En cuanto vi que valía para ayudar, me lo llevaba siempre a Emiliete para que las fuera colocando arriba, según se las echaba yo en hacecillos, con la horca. Cargábamos bien el carro, pero ojo lo que sufría el chiquete, que tendría entonces unos 11 o  12 años. Ya por entonces había nacido Antonio,  pero era muy pequeño todavía. Por cierto, que en el juzgado lo registramos como Fabián, porque ese día 20 de enero Fabián era el santo, pero luego en casa siempre lo nombramos como Antonio. El pobre Emilio cuántos lloros tuvo que echar encima del carro colocando las aleagas.  Porque, claro, el carro era de varas y se iba para atrás o para alante según iba colocando la carga, y él se caía de culo y se pinchaba la criatura por to su cuerpo. Esto hay que reconocer que era duro tamién. Pero no había más remedio que hacerlo, porque entonces esta era nuestra vida para ganar el sustento para comer toda la familia.

Emilio y Antonio en la feria de Belmonte


EL CASO DEL FAROL QUE SE APAGA Y LOS DE LA MOTO QUE CASI SE ESTRELLAN CONTRA EL CARRO

Otra vez nos ocurrió otro caso inolvidable. Entonces también íbamos a Belmonte por la carretera del Pedernoso. Era noche cerrada y llevábamos el farol del carro encendido, cuando, de momento, se apaga el farol. Íbamos a vender al mercado con el carro y una muleja que ya teníamos; muy espantadiza, pero buena: tiraba bien del carro (Sevillana se llamaba). Y, como siempre, el camino lo hacíamos de noche porque tardábamos en llegar más de dos horas y había que estar allí al vese o al ser de día, como se dice aquí. De pronto se nos  presentaron dos muchachos también con una moto y resulta que, como se había apagao el farol y ya se conoce que estaban muy cerca, por no matarse contra el carro, se ladearon con su moto y se salieron de la carretera. Cuando los vimos la esposa y yo saltar dando trompiquillas, y dijimos "¡Ya se han matao!" Menos mal que tuvimos suerte también y no les pasó casi na. Pero es que la mula se espantó y ainas podemos sujetarla.  Luego resulta que eran de aquí de Pedroñeras, que todavía me acuerdo quienes eran, uno de Pajarillay el otro el de la fábrica de harinas el Provenciano, que estaba casado aquí con la hija de Luis Pérez, que de esto hace ya lo menos 45 o 50 años.

Por estos años, que serían mediados de los cincuenta o algo más, ya había vuelto Nicolás y se había incorporado a los trabajos del campo en casa de sus padres. Ahora ya los domingos teníamos los amigos un rato de descanso y distracción echando el truque y haciendo una cuerva, un domingo en cada casa, me acuerdo de ellos, que ya han muerto casi todos. Nos juntábamos Fernando "Santano", que todavía vive, Ángel "el Belmonteño", Jesús Motilla, Gabriel Goris, Manolo, el de las Bienvenidas”, primo de mi mujer, Ruco, Lindoy Vargas”.
        
Esto lo escribo el 18 de mayo de 2004. Estando echando la siesta al despertar se me han venido a la memoria y he dicho "ahora mismo voy a escribirlo y a contarlo". Tengo ya 91 años. Y otra cosa que también me vino a la cabeza que la contaré, la de la siesta y el borriquete entero.


 El BORRIQUETE QUE LO TRAJO EL VIENTO DE MI BURRA

Estando segando en la Casa don Benito, estábamos echando la siesta detrás de dos haces, a la sombra mi mujer y yo, cuando oímos un ruido tremendo que parecía que venía un ciclón. Levanto la cabeza y veo que era un borriquete que venía como un toro al oler la borrica que estaba movía, pero es que era muy joven y grande y muy buena, que parecía una mula.Se llamaba Lucera  y yo no quería que criara, porque criando se estropean mucho, y mucha pelea  que lleva para criar al borruchete. Total, me levanto rápido y la María lo mismo. No tardo dos minutos en llegar y lo veo arrojarse a la borrica como un lobo. Subía en ella, pero la borrica le daba patadas rechazándolo y yo al mismo tiempo le tiraba del rabo y lo tiraba al suelo para que no hiciera nada; pero no conseguía convencerlo, así que cogí una cincha de la albarda por si volvía a querer subir y efectivamente comenzó a dar guerra, pero con la cincha le puse bueno el badajo que casi le arrastraba al suelo. Esto era para haberlo cogido en cine, pero con el jaleo que traíamos entre todos, arranca la estaca y se escapa la borrica, echa  a correr y el borrico detrás y yo lanzao tras ellos y, dice mi mujer: "no le tires del rabo que te  va a dar una patá”. En aquel momento lo cojo del rabo y me suelta una coz y caigo como un trapo al suelo. Me quedé totalmente desmayado y dije a la borrica: "¡Dios te ampare!, no tienes apelación". Entonces, cuando me ve tan apurado. me dice la mujer: "Pos sí te apuras tú; si tenemos un borruchete, ya tienen los chiquetes pa jugar"Total que se fueron corriendo  lo menos a tres kilómetros a ampararse cerca de una cuadrilla que había segando en el Chozo Perona. Yo me rehíce de la caída y llegué al poco rato. Allí me contaron los segadores que menos mal que entre todos pudieron cogerlos y,  según dijeron, al final el cabrón del burro no pudo hacerle nada a mi Lucera.


Al poco rato se presentó el amo del borrico que era Vicente Peneque", que se le había  escapado, que estaba él segando a cuatro kilómetros en el Cerro Perdigón y yo cerca. Primero protestaba porque dijo que me había visto de darle con la cincha a su borrico, pero luego se aplacó. Nos juntamos los dos en donde tenían a los animales, cogimos cada uno el nuestro y todo sirvió de una feliz fiesta de risa entre todos los que estábamos allí. Cogí a la burra y me la traje a mi  hato, como le decíamos.

Vaya siestecica que nos dio la dichosa pareja.


Nota final del transcriptor:

Remitimos a una composición rimada titulada Siesta de segadoresque se publicó en este blog el 1 de diciembre de 2012, que está basada en esta historia. Como en el caso de A vender harina” (por aquí podéis leerla) fue un trabajo hecho expresamente para el autor de estas vivencias y a él le gustaron siempre.
©Fabián Castillo Molina


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