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domingo, 4 de febrero de 2018

Una reflexión sobre el artículo de Miguel Castellanos Sotos y los distintos usos del nombre del Altísimo


por Fabián Castillo Molina





A través del  artículo de Miguel Castellanos Sotos, publicado en Facebook el pasado 24 de enero (que incluye referencias al poeta Antonio Machado, sin duda uno de los más destacados intelectuales de la generación del 98, además de un querido y respetado humanista y profesor, cita también a Picasso, quizás el artista más internacional del siglo XX), hemos descubierto, digo, cómo con esa forma de expresar de manera cruda (sin cocción, sin suavizar el sabor, el aroma, ni el olor de la palabra, reiterando lo que “parece una blasfemia y no lo es” como él explica bien) una realidad de la infancia vivida, tratando el asunto de manera entre drama y comedia, hace reír al lector y ponerse serio. Quizás estaba intentando captar la atención de muchos lectores descreídos, poco acostumbrados a ir a misa, agnósticos, ateos o simplemente católicos por estar bautizados, pero no porque practiquen el cristianismo ni otra religión. Si perseguía tal objetivo, sin duda lo consiguió de manera muy inteligente, de tal modo, que si Miguel viviera en las proximidades de Madrid, o en Las Pedroñeras, su pueblo natal, no faltarían paisanos o no paisanos que intentaran al menos mantener con él un trato personal y directo para hablar de diversos asuntos.


Al finalizar la lectura del escrito, me vino a la memoria la parábola del hijo pródigo. La oveja descarriada que vuelve al redil, y es recibida con la mayor de las alegrías por parte del padre, hasta provocar incluso la protesta del hijo predilecto y fiel. Miguel sabe, como casi todos, que una gran mayoría de los que leen esas cosas que se publican en el blog Las Pedroñeras y en Facebook, están lejos de ser católicos practicantes (otros muchos lo son): si pisan la iglesia, es en un funeral,  en  una comunión o una boda católica y poco más. Eso el que la pisa, que muchos se quedan en la puerta o en la plaza hablando en corrillos de lo que salga. Sin duda, con su texto perseguía que todo ese “ganado descarriado” al hacerle gracia sus piruetas con las palabras, pensaran en Dios durante un rato y volvieran al redil aunque solo fuera por unos días (en definitiva estaba haciendo de catequista) y si al final conseguía recuperar algún alma descarriada, pues habría merecido la pena.

Su trabajo a través de la palabra introduce al lector en un ambiente que a veces hace reír por lo inesperado y otras pensar, reflexionar sobre el hecho de utilizar tan reiteradamente el nombre de Dios con tanta familiaridad y confianza como nunca lo habíamos visto escrito. Más chocante aún resulta si pensamos o sabemos que el autor es un miembro de la iglesia católica.

El nombre de Dios, tal como la citaban en el pueblo nuestros padres y abuelos en ciertas ocasiones, no debe tomarse al pie de la letra. Probablemente habría que escribirlo con minúsculas, como si se tratara no del Dios único y todopoderoso que anuncia el evangelio, sino de otro más de andar por casa, para uso corriente como parte del lenguaje cotidiano.




Como sabemos, a pesar de que hubo un tiempo en la España de la dictadura de 1939 a 1975, que hasta en los bares, barberías, tiendas y lugares públicos se exhibían carteles con la leyenda “Prohibido blasfemar, bajo multa de … pesetas”, esa costumbre siguió adelante y sigue ahí viva y continúa a día de hoy sin que nadie pueda ponerle coto. Dios, la hostia y el copón, se oyen en la calle y en la televisión (valga la rima, con perdón). Muchas son las personas no propensas a decir palabras malsonantes en público, pero que no las usen públicamente, no quiere decir que no las hayan podido pensar. ¿Y qué hay de lo que no se dice, pero se piensa? Para Dios, nada hay oculto, pues hasta los pensamientos más recónditos conoce, incluso el más mínimo detalle, ¿no es así? Pero como escuché una frase en cierta ocasión, dicha precisamente por un cura a una persona que estaba sintiéndose culpable por tener malos pensamientos y fue a confesarse intentando curar tal mal: “El pensamiento no delinque, querido amigo, ve en paz y piensa bien”.

Casos mucho más rebuscados y creativos -originales podría decirse; brutales, también-, respecto a lo que se decía en la blasfemia (que no lo era), lo más feo y malsonante que imaginarse pueda, como si el que hablaba lo hiciera en nombre del demonio, a ver si de esa forma Dios acudía en su ayuda, los ha habido y sigue habiéndolos. Hasta el extremo se llegaba, como recuerdo un caso cercano, que decía y no una vez sola; “¡Ni hay dios ni virgen santísma!, ¡mecagüendios!” Hay que fijarse que no había reflexión en tal párrafo, puesto que por un lado el exabrupto niega la existencia de algo en lo que luego se caga. No creo haber oído nunca “¡me cago en la nada!”, sin embargo sí hemos oído decir “me cago en to”, o como decía un compañero de trabajo: “Me cago en to lo que se menea”.





Si le hubiéramos preguntado a aquel por qué decía y afirmaba eso de ”no hay ni dios ni virgen…”, seguro que no hubiera respondido lo que dijo Buñuel: “Yo soy ateo gracias a Dios”. Él tendría sus razones para componer aquella frase. Es bastante probable que por lo menos fuera agnóstico, pero tampoco hubiera sabido decir él qué era eso del agnosticismo. Tampoco sé, si hubiera sabido razonar sobre su ateísmo, seguramente hubiera afirmado que él no creía en nada celestial. Sin embargo, lo que sí sabía sin duda, es lo que era el infierno, ya que en la tierra, cuando condenaron a muerte a su hijo, un hombre bueno, honesto, por el hecho de haber defendido en conciencia unas ideas socialistas, las que que creía más justas y solidarias y haber luchado en el bando de los perdedores, le mantienen la condena a muerte durante nueve meses, viendo los padres cómo van fusilando a muchos de los condenados en Uclés, compañeros suyos, cinco de ellos paisanos. Después  no se sabe por qué razón, le conmutan la pena y la dejan en treinta años y un día. Y finalmente, por medio del trabajo en régimen de semiesclavitud, redime la condena y en diez años sale libre y vuelve al pueblo, ya marcado de por vida. Sin duda, lo que vivieron aquellos padres debe de ser muy parecido a lo que los curas pregonaban que era el infierno. Un sufrimiento infinito, aunque fuera sin llamas, ni amenazas de fuego eterno; que eso sí me pareció siempre una crueldad por parte de los que así pretendían hacérnoslo creer. En contradicción con la bondad infinita del Dios todopoderoso que proclamaban.

Quizás este pasaje que voy a referir pueda hacer que entender algo mejor lo que se entiende como mal uso del nombre del Altísimo. Se trata de un caso que me contó Isidora Pérez Araque,  referido a la misma persona que negaba la existencia de Dios. Ella iba a visitar a su padre, que también cumplía la misma condena que el hijo de aquel hombre y lo acompañaba también junto a una hija de este y otro hijo más joven. En ese viaje, iban a Uclés a visitar a sus presos queridos. Llevaban el hato en el carro del referido paisano y tiraban de él una mula y un macho. Guiaba la yunta el hijo joven. Era un enero gélido, en pleno “pozo el invierno” como solía decirse, llovía y nevaba mucho entonces. En un trecho del camino, en una hondonada el carro entró en un bache de esos que hacían hincarse el carro hasta el eje, y el carro se atascó. El joven guía intentó de buenas maneras que los animales sacaran del atasco el carruaje, pero por más que lo intentaba no había forma, los animales parecían obedecer, pero nada. Ya harto de esperar, el padre se bajó del carro y dijo "¡quitaros de ahí mecagondiós!" Tanto Isidora como la hermana mayor y el joven se apartaron a la linde más próxima. Entonces el padre se puso delante de la yunta, cogió las riendas, metió un berrido bestial y un exabrupto impronunciable aquí, se hizo a un lado, tiró de ellas, de forma que mula y macho dieron tal embestida que el carro salió adelante. ¡Vaya si salió! Aquello, a quienes lo presenciaron, no se les olvidó en la vida.

¿Qué nos dice este caso sobre el uso malsonante del nombre de Dios, de el de la Virgen y de todos los santos? Ahí queda la pregunta.




Comprendo la defensa de lo que para un católico puede ser lo más importante en la vida, Dios. Sin embargo, para otras muchas personas puede no significar nada, o casi nada, porque no creen en su existencia, aunque no hagan proselitismo de la inexistencia de Dios ni tampoco se hayan declarado apóstatas. Por tanto, puede respetarse lo que no se cree y creen otros, como se puede respetar el Sol, la Tierra, el Universo, la Infinitud o la Eternidad; pero aunque uno se cague en el Universo o en la Eternidad, creo que nadie se va a enfadar por eso. Incluso he oído decir a varias personas “mecagüen mi padre” o ¡mecuagüen mi puta madre!”, y los andaluces usan la palabra “hijoputa” o “hijo de la gran puta” con la mayor naturalidad y simpatía, y seguro que quieren y respetan a su padre y a su madre como cualquiera; sin embargo se cagan de palabra en ellos. Sin duda, está claro que es una forma de decir algo por llamar la atención y para desahogarse, o simplemente como una muletilla más.

En muchos casos, cuando se usa como válvula de escape,  una vez sacada fuera esa mala leche, dicho lo dicho, el que lo dice se queda tan tranquilo, sin  que ni por un momento le produzca remordimiento de conciencia, suponiendo que piense en la conciencia.

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