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domingo, 3 de abril de 2016

¿Un mundo feliz? (Un cuentecillo con moraleja)



por Fabián Castillo Molina 




Aquel hombre era mucho más alto que la mayoría de los hombres del lugar, más todavía si era visto por los ojos de una chiqueta inocente pedroñera.

Llamaba la atención de aquella criatura, ver aquel hombre tan alto con su chico sentado sobre sus hombros, espatarrao en él, como si fuera sobre un poni de los que había visto por vez primera en la feria de Belmonte. Y es que no fue una sola vez, no, fueron casi todos los días de aquel verano al caer la tarde.

El hombre alto era para la pequeña observadora el hermano más largo que había visto y, si además añadía a su chico en sus hombros, es que tenía que mirar moviendo la barbilla y los ojos de abajo arriba para verlo todo lo bien visto. 

La madre, mujer de aquel hombre, era menuda, pequeña y ligera de cuerpo y piernas. Siempre iba al lado de su marido y así acrecentaba más aún la estatura del mismo, a ojos de la chiqueta que miraba atenta cada vez que los veía, parando de girar la cordeta con la que saltaba para mirarlos. La mujer llevaba de la mano a su hija, la hermanica del que iba a hombros, y que decían que era gemela de este, aunque el observatorio que había alcanzado él, para ver la calle de San José y la gente, variaba mucho del suyo, por lo que se sabía que la pequeña tenía cierta envidieja.

Un día, la observadora lo vio todo completo. Estaba allí cerca del Pozo Nuevo cuando el hombre grande y su mujer pequeña bajaron del remolque donde venían del campo. La mujer enlutada y el hombre con su camisa roja, relejosa de sudores blancos en las sobaqueras, pañuelo de cuadros al cuello y el saquillo de la merienda en la mano. Echaron a andar calle arriba, y pronto, la que miraba vio cómo bajaban los gemelos corriendo calle abajo con los brazos abiertos al encuentro de sus padres, como si llevaran mucho tiempo sin verse y, cómo ellos los recibían con un abrazo tan cariñoso y efusivo que desde la distancia se notaba aquella alegría desbordante. Después, vio de qué forma la madre ayudaba a encaramarse a la pequeña al hombro derecho de su padre y  la sentaba allí como en un pedestal, para acto seguido hacer lo propio con el hermano en el hombro izquierdo. Así, después, de esta curiosa forma, recorrieron la calle hasta llegar a la esquina donde estaba la tienda. Allí descabalgó el padre a la hija, que entró con su madre a comprar algo para la merienda del día siguiente porque le gustaba mucho escuchar la campanilla que sonaba siempre que abría la puerta. El padre y el chiquete se quedaron en la calle esperando, y en algún momento desde la lejanía la observadora vio cómo el hombre tan alto hacía como si galopara con su carga querida, ajeno a su cansancio después de todo un día de trabajo. Nuevamente, el sonido de la campanilla era el aviso de la salida de la madre y la hija. Ahora la gemela prefería ir de la mano de su madre, y en la otra mano, la pequeña bolsa con la compra. Siguieron hasta que volvieron la esquina y entonces ella los perdió de vista sabiendo que los cuatro eran felices.

Pasados muchos años, aquella secuencia permanecía viva en la memoria de la chiqueta que miraba, y no podía apartar de su cabeza, lo aparentemente fácil que puede ser una vida sencilla a la que podría aspirar la humanidad: Una pareja que convive a gusto, dos hijos tenidos porque los deseaban, hijos que quieren a sus padres y su mayor bien es abrazarlos. Un trabajo con el que ganar un sueldo con el que alimentar a sus hijos. Una casa. Un pueblo en el que tienen todo lo que necesitan.




Algo tan sencillo a lo que tiene derecho cualquier ser humano por el simple hecho de haber nacido, y que está reconocido en la famosa Declaración Universal de los Derechos Humanos , por las Naciones Unidas, el 10 de diciembre de 1948 en París. 

Sin embargo, ¿qué vemos, oímos, o sabemos un día sí y otro también? Hambre y sed hasta morir niños y adultos, a miles y millones, mientras, al mismo tiempo, grandes mansiones de lujo, palacios, yates, fiestas deslumbrantes…Ingresos millonarios de los que se benefician personas que practican el tráfico de drogas, el tráfíco de armas, el tráfico de seres humanos. Ejércitos y armamentos cada vez más sofisticados para destruir al enemigo, armándose de razones para la agresión o la defensa. Ataques indiscriminados donde menos se esperan. Y por otro lado, grandes palabras, muchas reuniones de poderosos o mandados de los que detentan el poder, cuya misión es llegar a acuerdos y solucionar los problemas, pero la realidad demuestra que ¿todo es mentira?

Es cierto que no es que, cuando aquella humilde familia del cuentecillo vivían esos ratos ideales, el mundo no tuviera problemas, guerras, hambre, miseria e injusticia a manos llenas, sea cual fuere el  día, año o mes que elijamos. ¿Qué podría hacer el pueblo, la inmensa mayoría de la humanidad, para que esto cambiara? Esa es la cuestión.

Cada uno puede continuar por su cuenta la historia.


Libros de Fabián Castillo Molina

Al pueblo (poesía) y La Culpa (novela)



 


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