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sábado, 5 de marzo de 2016

Nieve en el pueblo: Segunda parte (recuerdos)


por Fabián Castillo Molina 





El día del gran nevazo y los lobos no se le olvidaría jamás al chiquete, por muchos años que viviera, a no ser que le entrara el Alzheimer o demencia senil, males de los que cada vez oía hablar con más frecuencia. Nombres y palabras que en su juventud no existían, o al manos él nunca las había oído decir. Recordaba que entre el frío y el miedo no había despegado los labios aquel día, aunque no era mudo. Luego se unían aquellos recuerdos a otra gran nevada, unos años después, cuando las calles se convirtieron en un entramado de zanjas bordeadas por rimeros de nieve. Con el entonces chiquete,  que acompañaba al padre no había conseguido hablar, pero sí con el hermano más joven que se prestó a contarme sus recuerdos de la mayor nevada que él había vivido en Pedroñeras. Ahora ya persona mayor recordaba así algunos detalles de aquella mañana.

Amanecer nevado. En la casa.

Desde la cama escuché mu temprano los golpes del hacha en el corral partiendo una gavilla de salmientos encima la cepa de cortar la leña pa´echar lumbre. Entraba la primera luz de la mañana más fuerte que otros días. Me asomé a la pequeña ventana que daba al patio, pasé la mano por el cristal cubierto de vaho y lo que vi me dejó sin palabras. To era blanco brillante. La nieve  bajaba a disminución desde el alero de la tapia hasta la puerta del portal cubriendo hasta cegar una piedra que había allí siempre y que servía de escaño, de asiento en invierno y en verano. Mi hermanico  mayor y yo dormíamos en el mismo cuarto, pero él ya no estaba allí. Me levanté silencioso, pisé descalzo el suelo de cemento y estaba frío como el reguillo. Me calcé los calcetines y las zapatillas y me fui  pa la cocina. La lumbre encendía por mi padre, como tos los días calentaba y me acerqué, pero pronto me fui derecho a la ventana del corral y vi cómo estaba to cubierto por una capa como nunca antes lo había visto.

Sentía un ruido metálico rozando contra el suelo en el patio. Atravesé el portal, salí y vi que mi padre avanzaba abriendo un camino hasta las portás, echando a un lao la nieve que cogía con la pala. El manto limpio de la izquierda le llegaba más arriba de la rodilla. Mi hermanico mayor barría con un escobajo de mijo la nieve que iba quedando en la zanja abierta por la pala.


Amanecer nevado. En la calle.

En mitá la calle Barajas habían abierto un sendero entre los vecinos. Una zanja en la nieve que comunicaba con cada vivienda. En el suelo se iba formando un sendero escurrizo que había que pisar con mucho cuidao. A los dos laos de la zanja había un talud blanco igual que el ribazo del río záncara junto al Molino el Moral. Mirando hacia abajo, se perdía la vista por la calle San José que atravesaba y más allá La Isilla. To era  tan blanco que deslumbraba. Solo daba la nota el  humo que subía de casi toas las chimeneas. De los acanales del tejao en las dos partes de la calle colgaban grandes chupones de hielo suspendíos  y acabaos en punta. Las orejas helás  animaban a volver  a la lumbre, puesto que la ropa que usábamos no era pa aguantar aquel frío. Al mediodía nos comimos los cinco las gachas que hizo la madre de la casa que era lo mejor que se podía comer un día así. Fue la primera vez que probé un cachejo de pimiento picante  y en lugar de una tajailla de tocino un pajarillo frito
.


Cogiendo pájaros con pequeños gatos

Nunca había catao un pajarillo frito hasta aquel mediodía. ¡Pobre pajarillo! Recuerdo velo revolotear entre la nieve, enganchao en el gato de arambre, la ballesta, que luego decían que se llamaba. Saltó así, d'untó. El pajarillo estaba tan contento picando inocente las miguillas de pan y de pronto ¡zas!, saltó el gato de entre la nieve pura. Aquella trampa metálica le costó la vida. Lo enganchó del cuello y empezó a revolotear sin poder escapase. Allí acabó su vida por comer. Pronto los amigos de mi hermanico, y él tamién, corrieron contentos a recoger la presa; yo, más pequeño, corrí detrás. Vi cómo lo libraban de la trampa y cómo la cabecilla y su piquejo caían a un lao con los ojillos aún abiertos. Me lo dieron y lo cogí con miedo, toavía el cuerpecillo, debajo de las alas, estaba caliente. Los otros volvieron a colocar el gato abierto, y en la punta del arambre más gordo otra miga de pan mayor. Lo camuflaban cerniéndolo un poquito otra vez entre la nieve, dejando la miga fuera, a la vista, y echando alredor otras miguillas. Nos retiramos y volvimos, el último borrando las pisás, hasta el mismo escondite, cerca del Pozo la Comadre. Yo siempre recuerdo lo helaos que tenía los pies aunque llevaba unas botejas katiuskas negras, con el borreguillo de adentro arrugao, que dejaba la goma al descubierto igual que afuera. To esto ocurría en la ladera  que había entre la era de Sebastián y la Cañá Vieja, justo aonde está ahora el centro médico. Aquel fue el mayor nevazo que conocí en el pueblo. Corría el año 1958”.


Lo quintos y la gran bola de nieve más alta que ellos.

Por la tarde volví a salir a la calle con mis  amigos que vivían en el barrio y había mucho movimiento de gente. Hacía frío pero no aire. En la esquina del Sepulcro los quintos habían formao una gran bola de nieve que superaba en altura la de cualquiera de ellos. Tos los que había allí que eran muchos, estaban arrempujando pa subila hacia la era de Sebastián Molina. A pesar de poner to su empeño apenas conseguían balanceala, y algunos se escurrían al hacer  tanta fuerza mientras los otros se resentían;  dos de ellos apalancaban con tablones de obra. Recuerdo que el que paecía más fuerte sin que fuera el más alto contó algo a los otros que les hizo reír: ¿se nos va a resistir esta? la vendimia pasá  un día se nos atascó el carro con la uva. La mula no podía sacalo de allí  por más que mi padre le arreaba en las costillas unos ramalazos, hasta que le dije, déjeme usté a mi, padre. Me puse a lao de ella y nada. Hasta que ya le dije: Padre, ¡tíreme usté la boina a ver si me espanto! Y claro que lo sacamos del barrizal, no se iba a quedar allíDespués de las risas, se pusieron serios, tós a una y poco a poco, a la de tres, la bola dio la güelta, vencieron la cuesta, dejando la enorme bola al fin, junto a la era y el Camino Belmonte. ¡Qué alboroto y qué alegría cuando dio la última güelta! Era la mayor bola de nieve que se había visto en el lugar.  Desde allí, que llegamos los cuatro chiquetes y otros un poco detrás, vimos la juerga de los quintos. Vino un hombre que les hizo unas fotos. Desde allí, pudimos ver el manto blanco que   cubría la era hasta la hondoná de la Cañá Vieja  y  después de unos olivares, al fondo, se veía El Cerro Ratón blanco. A la derecha, el Camino Belmonte, La Molineta y  un poco más allá La Casa la Era. Mirando calle abajo hacia la plaza se veía la torre con tu capucha blanca como nunca la habíamos visto.


Libros de Fabián Castillo Molina

Al pueblo (poesía) y La Culpa (novela)



 

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