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sábado, 23 de enero de 2016

"Un pintor en Barcelona": Poesía leída en las Fiestas del Pozo Nuevo




por Fabián Castillo Molina 




La semana pasada os recordaba una historia de albañiles blanqueaores del cementerio de Pedroñeras, allá a mediados de los años sesenta. Hoy, siguiendo el hilo del oficio, por la mismo época, contaremos un caso que le ocurrió a un labraor pedroñero, reconvertido en albañil, en el pueblo, y luego, como tantos en aquellos años, emigrado a Barcelona, y reconvertido en pintor, con lo que supone dejar atrás las raíces que te atan a la tierra, cambiar de oficio y estar entre gentes que hablan en otra lengua. 


También se hablaba en esa historia del varejón, y ahora en Barcelona, en plena ciudad condal ¿cómo iba a ir un pintor con un varejón por la calle? No, este llevaba una vara de pintor y se trasladaba en plena jornada por la gran ciudad, por un olvido, como aquí se cuenta. 

Me vais a permitir que la historia, en este caso, la traiga aquí tal como la escribí a finales de los ochenta para decirla en la fiesta del Pozo Nuevo, que así quedó dicha públicamente para regocijo de unos cuantos, en un verso libre de estilo propio. La titulé "Un pintor en Barcelona".


UN PINTOR EN BARCELONA


Albañiles de los pueblos
acostumbraos a tapiar,
a hacer porches, gorrineras,
gastar yeso y blanquear.

A abrir huecos en las tapias,
picar a mano las zanjas,
a echar piedra en los cimientos
y con barro y paja tapiarlas.

Las manos encallecías.
Ni aun con oficio cambiante
yendo a segar los agostos
podéis salir adelante.
Por eso vais emigrando
a las grandes capitales
y se os llama emigrantes.

Los veteranos allí
os advierten sus errores
recomendando no ir
por sus mismos callejones,
y a pesar de lo advertidos
a todos nos pasan cosas
pues nadie escarmienta,
ya sabes,
si no es en cabeza propia
————-
Así me sucedió a mí
cuando emigré a Barcelona:
de arar con yunta en el pueblo
y después ser albañil,
me convertí en un pintor,
de los de Santa Coloma.

Y los techos eran altos,
aonde yo estaba pintando
que era un edificio Gaudí
del que ya me habían hablado.
 Aquel lunes,
 no me se olvidó la brocha, no,
pero no me traje el mango.

Y me tuve que volver
a la pensión por el palo,
después de aguantar la bronca
que me largó el encargado.

Con vara bajo escaleras,
con vara voy por la calle,
pago billete en el metro,
que no me dejan de balde.

Con pica voy por el tren
igual que va un picaor
y me coloco en un ángulo
en el fondo del vagón.

La vara , que tie dos metros
pongo de pie junto a mí
agarrándola bien firme
no me se vaya a escurrir.

En la estación que he subío
por ser comienzo de línea,
se van ocupando asientos
y de allí la gente mira.

En la segunda estación
los nuevos que se incorporan
se cogen bien a las barras
previniendo maniobras.

En mi vara de pintor
en la que yo voy cogido
me se agarran dos o tres
muy serios y convencidos.

Y con la prisa que llevo
y pocas ganas de hablar
pienso:
En la estación siguiente
seguro, se han de bajar.

Pero en lugar de apearse
me se agarran otros cuatro.
Así un palo de pintor
nunca tuvo tantas manos.

Y pasan tres estaciones
y allí, tos agarraos a la vara,
en la próxima sin duda
ya tendré que dar la cara.

El metro para otra vez
y en mi lanza,
afianzás van siete manos.
-Lo siento mucho, señores,
pero he de llevarme el palo”.

Se quedan muy sorprendíos
por lo que acaban oír,
por lo menos dos o tres
no puen evitar reír.
  
Y aquí termina esta historia
del pedroñero emigrado
que de labraor y arbañil
 fue convertido en pintor, 
barcelonés, con un palo.



Libros de Fabián Castillo Molina

Al pueblo (poesía) y La Culpa (novela)



 

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