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sábado, 31 de octubre de 2015

La lumbre - Cuentecillos y microrrelatos sobre Pedroñeras (9)



 La lumbre


por Fabián Castillo Molina




Quienquiera que lea esto recordará probablemente el título Cuentos al amor de la lumbre, de A. R. Almodóvar. No hablaremos aquí de aquellos cuentos que se contaban, sino de la  propia lumbre y de otras lumbres.

            La lumbre acompaña mucho dijo María.


¡Cómo me gustó  aquella frase! Tanto, que se me quedó grabada y la incorporé a esas expresiones que marchan contigo  siempre como una verdad absoluta. Y es que  todo el que haya estado junto a una lumbre sabe a qué me refiero. Recordará el placer de calentarse esas manos heladas, extendidos los brazos hacia el fuego, abiertas las palmas como diciendo "¡para, frío que aquí está quien te puede!", echada la cabeza hacia atrás para no abrasarse la cara. Después, cuando las llamaradas han amainado y su crepitar queda atrás, viene la calma. Una brasa viva y llamas tenues que producen relajación y paz. Su incesante movimiento y colorido nos lleva a recordar el discurrir de las aguas de un río tranquilo. El manso oleaje del mar junto a la playa el día en el que sopla brisa suave.

Cuando la leña ha sido devorada por el fuego queda el rescoldo, la brasa que tú puedes moldear a gusto con las tenazas o el badil. Las formas cambiantes de la lumbre y al mismo tiempo estables; las belluscas  o chispas que saltan al remover la brasa, el calorcillo que desprende… Puedes permanecer horas a su lado, sin otra compañía,  sin hacer otra cosa y no sentir cansancio ni aburrimiento. Si hay otra persona contigo y va surgiendo conversación serena, mejor que mejor. Nada de tele, ni radio, ni teléfonos móviles, ni revistas ni libros. Tampoco ha llegado aún el tiempo de matanza y todavía no cuelgan de la chimenea las morcillas.



A medida que desciende el calor remueves otra vez los restos de lo ardido, amontonas cuidadosamente en el centro del fogón, justo en la vertical de la chimenea lo que parece ya solo ceniza y le brotan ascuas minúsculas como lucecillas calientes que iluminan tu cara, dan alegría e invitan a seguir junto a ella. Mientras tanto ya has puesto el puchero o la olla y el agua ha empezado hervir. El sonido del gorgoteo ahora será el que prevalezca, y si hay conversación pausada, con tal ruido de fondo; si el viento viene favorable desde la plaza traerá las horas del reloj o un toque de las campanas de la torre, y hará parar la charla para escuchar. —¡Calla! -dirá la otra persona que te acompaña, o ¿quizás tu?-. Quieres saber la hora que es o a qué tocan.

Puede continuar después la conversación todavía un largo rato y la tranquilidad  y el sosiego seguirá allí presente. Esa paz se consigue con pocas cosas tan sencillas. Es posible, así lo he comprobado también, que suceda algo parecido una tarde de lluvia  vista a través de los cristales de una ventana. La habitación en semi-penumbra y si acaso alumbrada por la escasa llama de la lumbre a tus espaldas.




Hay otras muchas lumbres en el pueblo y en otros lugares, es verdad, y dejaremos aquí los nombres de unas cuantas solamente por recordarlos y por si alguna vez queremos contar algo alrededor de cada lumbre.

Lumbre para calentarse las manos y los pies cuando se ponen ajos y llegamos al tajo y el hielo todavía no se ha ido.

Lumbre  también para entrar en calor un día de esos de coger aceituna en los que el aire viene como el hielo, y por buena indumentaria, botas y guantes que lleves puestos, el frío te cala.

Lumbre en un día de matanza, para poner las trébedes y calentar la caldera de agua que luego se empleará en lavar el gorrino tras la chuscarra, y más tarde, para lavar las tripas y después para cocer las morcillas.

Lumbre de aleagas para achuscarrar  el gorrino en el corral, o quizás en medio de las carrilás de la calle.

Lumbre  grande de sarmientos que dejen buen montón de brasa para hacer las tortas de los diablos al lao de Entrecapillas.

Lumbre para hacer la paella un día que vienen invitados a una celebración.

Lumbre para una barbacoa en la que habrá que poner parrillas y asar las consabidas chuletas de cordero, unos choricillos, panceta y algunas morcillejas.

Muchas lumbres, tantas como calderetas se preparaban al abrigo de cercados de corrales, en las fiestas del Pozo Nuevo de los años 80 y 90, para dar de comer a veces hasta 500 invitados.

Lumbre para tostar garbanzos, que debe dar fuego rápido y hará ponerse el yeso a cien, hasta  que “salten” los garbanzos y la caldera se ponga como un hervidero de pirañas.

Lumbre para las luminarias, que reunirán a su alrededor a un grupo de jóvenes con zambombas y canciones tradicionales de todo tipo, y algunas picantes que harán reír a todos los del corro.

Lumbre de  obra, con tablas y tablones para que albañiles y guardianes nocturnos se calienten las manos y combatan el frío que es enemigo permanente en invierno, de esos trabajos duros al aire libre.

Lumbre precaria improvisada, a base de papeles, cartones y residuos recogidos sobre la marcha, para calentar un poco las manos ateridas de los niños, que acompañan a los llamados “refugiados” sin refugio, miles y miles llegan a Europa,  huyendo de la guerra y la muerte casi segura si se quedan en sus países de origen, y  en cuyo destino incierto,  tras un largo y difícil camino de barro y alambradas, los mandatarios y muchos nativos les niegan asilo y protección. Finalmente, van consiguiendo apoyos de gentes todavía hospitalarias y gobernantes con algo de humanidad.


Libros de Fabián Castillo Molina: 


Al pueblo (poesía) y La Culpa (novela)



 

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