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sábado, 3 de octubre de 2015

La escuela de adultos - Cuentecillos y microrrelatos sobre Pedroñeras (8)



La escuela de adultos 


por Fabián Castillo Molina






Aquel otoño de 2015, el profesor de la escuela de adultos de Pedroñeras puso en práctica por vez primera algo que había pensado hacer ya muchas veces y que había ido posponiendo por eso que a casi todas las personas les da reparo: enfrentarse a experimentos nuevos.

Fue en aquella clase, estando en plena explicación de algo que a él le interesaba especialmente, cuando el cuchicheo entre dos alumnos ajenos totalmente a su discurso le decidió a poner en práctica su demorada iniciativa. Al terminar su exposición les habló a todos del nuevo ejercicio práctico para realizar ya, a partir de aquel momento: 

—Vamos a realizar el siguiente ejercicio: Tenéis cinco minutos para escribir unos apuntes que os sirvan de base suficiente y os permitan hablar aquí en público, durante 3 minutos, con todos en silencio. El tema será libre, cada uno que hable del tema que de verdad le apetezca y conozca suficientemente. Solo advierto que debe tenerse en cuenta el conocido y clásico principio de: presentación, nudo y desenlace. 

Se armó un breve revuelo y los correspondientes murmullos en pequeños corrillos. Les pilló por sorpresa. Entendieron que era una pequeña venganza contra los que no atendían ni respetaban, ni siquiera mínimamente, el turno de palabra. Hasta en misa de difuntos podía observarse cómo se había extendido esta costumbre de atropellarse unos a otros queriendo poner su opinión u explicación sobre la del que hablaba, o cuchichear sin hacer caso del orador. 

Apaciguó los ánimos y añadió: 

—Por favor…, a ver, por favor. Esto no es ningún examen ni nada tan difícil y menos con las ganas que a veces nos entran a todos por hablar cada uno de lo suyo cuando tenemos que estar callados. Tened en cuenta en esos cinco minutos que os doy para anotar, dejad claras tres o cuatro palabras clave que os sirvan de base para no perder el hilo y decid lo esencial. No se permitirá tener delante ningún papel excepto esas tres o cuatro palabras para mirarlas de reojo. 

Entonces uno de los alumnos dijo: —Pero… ¿cuánto tiempo de lo que nos queda de clase vamos a dedicar a eso? Tendremos que hablar todos, ¿no?, y a tres minutos por barba… 

—Pues calculad. —Dijo el profesor mirando su reloj.— En la hora que nos queda, quitando los 5 minutos que os doy…, son… 18. Esos podréis hablar si lo hacemos bien. Supongo que alguno menos será… Pero eso no es importante, los que no puedan hacerlo hoy, ya lo harán el próximo día. Como hay quien tiene muchas ganas de hablar se irá dando turno a los primeros o primeras que levanten la mano. Venga, ya podéis empezar a preparar vuestro discurso. Pongo el cronómetro. Cuando os queden dos minutos de los cinco para escribir las tres palabras clave os aviso. 

Obedecieron todos sin excepción, había curiosidad ante el experimento. A los tres minutos dijo: "Quedan 2 minutos". Avisó como había anunciado, aunque para los alumnos fue como si hubieran pasado dos segundos. Al decir "¡Tiempo!", la mayoría se revolvieron en sus sillas y miraron alrededor echando en falta más minutos. El tiempo parecía que funcionaba así, a veces pasaba como una exhalación y otras se hacía interminable. 

Las intervenciones se fueron sucediendo y llamaba la atención el silencio con el que todos escuchaban a cada uno, y las incidencias curiosas que aparecían. Después de cada turno de palabra de tres minutos, el profesor hacía un resumen de lo hablado y resaltaba lo más destacable, haciendo también mención de las deficiencias y animando a mejorar en la siguiente práctica. Hubo momentos tensos cuando a más de uno le ocurrió quedarse bloqueado a mitad del tiempo concedido sin saber qué decir, allí con todos esperando a ver cuándo se desbloqueaba. Otros el tiempo se les quedó corto, se enrollaron y apenas pudieron decir la mitad de lo que pretendían. Alguno hubo que fue necesario decirle que hablara más alto porque no se le entendía nada. En todos los casos quedó la lección bien aprendida. Incluso uno recordó aquel cantarcillo de otros tiempos: “Todos somos cantaores / de casinos y tabernas, / pero al subir al tablao, / a tos nos tiemblan las piernas”. 

De los 25 asistentes a clase hablaron los 10 primeros en levantar la mano, pero era evidente que los otros también querían tener su oportunidad y así quedaron emplazados para la siguiente clase. El profesor hizo mención de la costumbre en las escuelas de Argentina, desde hacía mucho tiempo, como una asignatura más, la de enseñar a hablar en público. 

La intención con la que el maestro había puesto en práctica el ejercicio pareció gustar a la mayoría de las alumnas y también a ellos. La expectación y el silencio ante quien tomaba la palabra imponía, pero era de agradecer. Se comprendió ahora mejor la mala práctica que se veía tanto en la tele, en las tertulias y debates, cuando se formaban aquellos guirigáis en los que no se entendía nada y la mejor opción era el zapping.


Libros de Fabián Castillo Molina: 


Al pueblo (poesía) y La Culpa (novela)



 

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