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viernes, 10 de julio de 2015

Los ajos de España y la toponimia ajil de nuestra piel de toro




[Seguimos con la labor que dejamos emprendida en este artículo con la intención de reproducir algunos apartados del libro Jardín de curiosidades sobre el ajo que casi todos los pedroñeros llevan en su mochila].

Hay que decir que la palabra “ajo” está presente en la toponimia española para nombrar a una prudente diversidad de poblaciones o accidentes geográficos. Pensemos en el pequeño pueblo burgalés de Cañizar de los Ajos (hoy Cañizar de Argaño), en el sevillano de Carrión de los Ajos (hoy Carrión de Céspedes), en Valverde de los Ajos (en Soria), en los pueblos de Aja y Ajo (ambos en Cantabria), región donde también podemos visitar el Cabo de Ajo (en el que se encuentra el faro de Ajo y la ría de Ajo). También existe El Ajo (pueblecito de Ávila), Ajofrín (en Toledo), Valdeajos (en Burgos; en donde también se encuentra el arroyo de Villajos) y la Punta de Ajones en la isla del Hierro, en Canarias. Es posible que se puedan añadir algunos topónimos más, pero sobre todo podríamos citar otros pueblos de la geografía española donde el ajo se ha producido desde antaño y ha dado cierto renombre en este sentido a la población.




Sin salir de Castilla-La Mancha podemos citar a Ajofrín o Quero en la provincia de Toledo, a Herencia en Ciudad Real o todas aquellas poblaciones que junto a Balazote siembran ajos en Albacete, como San Pedro, Tiriez o Lezuza. En Andalucía destacan los pueblos de Montalbán, Santaella o Aguilar (de Córdoba), Antequera (en Málaga) y varios de Granada, como Fuente Vaqueros, Valderrubio, Santa Fe, Las Gabias, Cúllar-Vega o Láchar, que aprovechan la vega del Genil para su siembra. No podemos olvidar los ajos de Chinchón (en Madrid), los de Falces (en Navarra, junto al río Agra), Aceuchal (en Badajoz), Bañolas [1] (en Gerona), los de pueblos de Zaragoza como Alpartir o Plasencia de Jalón, Montoro de Mezquita (éstos en Teruel), los ajos de Villena (en Alicante), los que se siembran en la zona fronteriza entre Valladolid y Segovia, en pueblos como Vallelado o Mata de Cuéllar (ambos de Segovia) o, por último, los de la zona valenciana en torno a Canals como Navarrés o Llosa de Ranes.

            Es evidente que nos dejaremos muchos sin citar, pero, claro, hay algo de lo que nadie dudará: de que ha sido Las Pedroñeras la única población de España que ha conseguido, a fuerza de tradición ajera en su cultivo, de tesón y de algo que siempre permanecerá en el ámbito de lo misterioso, ganarse a pulso el sobrenombre áureo de CAPITAL DEL AJO, palabras que son, por otro lado, los apellidos (o filacteria honrosa) con los que viaja por el mundo. Tampoco duda nadie, que yo sepa, de que los ajos morados que aquí se producen son los de mayor calidad ni de que es la mayor productora del país, y sobran cifras para demostrarlo; pero éste no es un libro de números, sino de letras.







[1] La familia de Pere Figueras, uno de los “amigos del bosque”, en la premiada novela de Javier Cercas Soldados de Salamina, de la localidad de Cornellà de Terri (próxima a Banyoles), dice su autor que tenía “un pequeño negocio de ajos” (p. 116 de la edición de Círculo de Lectores, Barcelona, 2001).

Ángel Carrasco Sotos

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