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viernes, 4 de abril de 2014

Memorias del pedroñero Luis Olmo Ortiz - Recuerdos de la Somala y de Valencia

En el cerro Sancho

por María Olmo Ruiz




Este capítulo es continuación del que publicamos hace unos días sobre los recuerdos de Luis Olmo Ortiz, referente a sus recuerdos de mocedad en la Casa de los Frailes, tras haber pasado la niñez en El Taray (fue el primer capítulo). Con este que hoy os ponemos terminan sus breves pero interesantes memorias, que son reflejo y ejemplo de lo que don Miguel de Unamuno vino a llamar intrahistoria, la historia no de los grandes acontecimientos, sino la de la gente, la del pueblo, que es quien, al fin y al cabo, en su día a día sigue tejiendo esta tela que llamamos vida, la vida del hombre. Os dejo con él. Disfrutad. Al final, su hija María Olmo nos deja una hermoso epílogo y una reflexiones.


No puedo concretar pero en estas fechas fue cuando vino a cazar a la Casa de la Somala un señor valenciano que se llamaba Don Emilio. No recuerdo bien cómo fue, creo que en la matanza del Capellán, este señor simpatizó con mi hermano Felipe.


A la derecha, la casa la Somala; a la izquierda, la de los Frailes


Al día siguiente se presentó en la casa y se fue con él de caza, total que si el señor estuvo quince días, esos mismos estuvo Felipe con él.

Llegó el día de marcharse y en broma o no en broma, que se marchó con él contentísimo y después cuando yo le escribía intenté decirle que si me buscaba una casa y yo también me marchaba. Me la buscó y me marché.

La señora era hermana del señor Emilio y por esta razón Felipe y yo muchos días, estábamos juntos. 

Pero antes de esto debo contar el día que salí para Valencia.

Recuerdo que salimos de la Casa los frailes por la mañana con una burra. Llegamos a Villarrobledo, llegó el tren, me despedí de mi padre y ¡en marcha! Cuando llegué a Játiva, allí estaban esperándome Felipe y el señor Emilio con un tiburi. Los saludé, nos montamos y a Villanueva de Castellón.


Antigua foto de la estación de Villanueva de Castellón.


Llegamos, me llevaron a casa de su hermana, me presentaron y nos saludamos. La señora se llamaba Ángeles y el señor de la casa don Modesto. Tenían dos niños: Modestito, que tenía siete años y la niña, que tenía cuatro.

El primer día, llega la hora de la comida y nada a comer en la mesa con los amos. Ni sabía coger el tenedor, el cuchillo y la cuchara; yo me hacía un lío. No aguanté nada más que dos días. Le dije a la señora: "mire ud. yo nunca he comido así ¿no podía comer yo con la criada?"  Y me dijo: "si tú quieres, puedes comer con ella, no hay ningún inconveniente". De esta forma yo comía a mi manera y eso ya era otra cosa.

Ahora viene el problema de la casa, yo estaba acostumbrado a dormir toda la vida en el camastro y me encuentro con un dormitorio con su cama y su lavabo. En fin, antes de acostarme la moza le echaba fliz para los mosquitos –como está mandado- y por las mañanas, o sea todas las noches ¡un dolor de riñones! Estaba por la mañana más cansado que por la noche. Hasta que me acostumbré, me costó bastantes días.

Cuando ya llevaba dos o tres meses ya me empecé a enterar de algo porque al principio no me enteraba ni de papa. Después de cenar –que los valencianos llaman sopar— me sentaba yo en un portal que tenían bastante grande y los chicos se sentaban al lado de mí; los chavales en castellano apenas sabían hablar y las primeras veces que yo les hablé un poquillo en valenciano les hizo mucha ilusión, tanta que se fueron corriendo a su madre y le decían: “Cha mare el tío Lluis ya sap parlar en valensia” con una alegría que daba gusto oírlos. Me decían “tio Luis anemomes a yuar una miqueta al carrer, no bols si de made mati anirem al ort a cullir toronches y melós”.


Fragmento del texto original.


También cantábamos “Al pasar un pont que era mol llargot, el tyo del bombo se hasta cat a un clot, chiquet veniu agarem el bombo y estirem al peu”. Don Modesto, que era el dueño, un día me dijo: "Luis, he hablado con Batiste sobre tu comportamiento y me ha dicho que estás aprendiendo bastante bien las fórmulas de los abonos y su aplicación sobre el terreno; esto me satisface mucho porque Batiste ya tiene en su casa bastante trabajo para él y un día –quizá sin tardar mucho tiempo- tendrá que dejar de trabajar en casa. Por lo tanto para esa fecha quisiera que tú ya estuvieses capacitado para ponerte al frente de todos los trabajos que llevan consigo las faenas del campo.

 Ya llegaron las funciones del pueblo...

[Y hasta aquí llegan los recuerdos de Luis Olmo Ortiz]


Epílogo de María Olmo


24 marzo del 2014

Con esta frase,  "Ya llegaron las funciones del pueblo…", acabó mi padre sus recuerdos escritos y pretendo darles -¡atrevida de mí!- un nuevo final añadiendo historietas que él nos relataba en nuestra niñez sobre su vida en torno a esa época y alguna que otra pincela, desdibujada o nítida, de etapas posteriores, de ese regalo que fue su vida entre nosotros, hasta que nos dejó , casi en los albores del siglo actual. 

Llegaron las funciones del pueblo y mi padre sintió la llamada del Lugar y volvió ¡vaya si volvió! Se quedó. En su corto vuelo había descubierto con gran júbilo otra forma de vida -creo que él la llamaría "más amable"- y se sentía feliz. Las funciones del Lugar era un buen momento para compartir con los suyos la luz de la huerta valenciana que le inundaba y D. Modesto le dio unos días de permiso. 

Al llegar al Lugar contaba y no acababa nunca de enumerar los grandes avances que había conocido en su ausencia, pero mi padre era muy cabal y su generosidad no le permitió dejar a su padre, mi abuelo Antonio, solo, pues comprobó que estaba más cascado que cuando marchó, y como era el hermano mayor y ya tenía arraigada la idea, que tan bien supo transmitirnos, de “La familia es lo primero”, no tuvo elección posible y de nuevo, con sus alas rotas, retomó la vida del pueblo. 

Pocos años, hacia 1934, murió su madre, mi abuela Eleuteria, que regentaba un horno, y en él la sustituyó la Leona -mi tía- que era pequeña, tan pequeña que casi no llegaba a la boca del horno para echar el pan... También tuvo que volver el tío Felipe pues eran cinco hermanos y el padre no se podía rehacer con la reúma. Fueron años de mucha necesidad, decía él. 

Y ante las adversidades, surge en mi padre el antiguo deseo de “correr mundo”, de buscar otras opciones para salir de tantas calamidades. 

Solicitó hacer el servicio militar voluntario y, aunque no le llamaron porque brotó la guerra, él se marchó, y allí, en el ejército, hizo cursos de telegrafía. 

Empleó seis años de su vida entre la guerra y el batallón disciplinario y sobrevivió a muchos, muchos, infortunios -como tantos otros españoles-. Tuvo que pasar revisiones militares hasta 1954 y su salud se quebró para siempre al sufrir el paludismo en Tánger. 

Al volver al pueblo encontró trabajo de mozo, “anca Chaperre ” y de allí salió para casarse con mi madre, la Ramona, la hija pequeña de Chaperre. 

Su mala salud no le permitía llevar con dignidad los trabajos del campo (en invierno cogía frío y en el verano del sudor, también caía malo) y probó a ser granjero, a trabajar “de otre” con el tractor que compró a medias con un socio que casi le busca la roína, quiso “salir del Lugar” a trabajar a Madrid, pero tenía que volverse al pueblo pues por aquel entonces pedían “informes” al pueblo y en el suyo decía desafecto al régimen…

Pero siempre hubo armonía en la granja: nos animaba a inventar juegos laberínticos, estudiaba con nosotras cuando nos aturdían las lecciones, nos peinaba con mimo cada día -mientras mi madre echaba de comer a los animales- para llevarnos hasta la escuela a las tres chiquetas subidas en el portaequipajes de la bicicleta como el mejor funambulista-trapecista del mundo por la linde embarrada del camino del aceitero -y nosotras aguantando la respiración, para mantener el equilibrio hechas una piña . 

Y llegó 1969- Hacía poco que marchaban mejor -mi padre ejerció como profesor de autoescuela- y les llegó la oportunidad de un trabajo en Madrid y allá marcharon. Ese año, María comenzaría el curso de Preuniversitario; la hermana mayor estaba estudiando siendo novicia en las monjas y la pequeña estudiaba en Cuenca. 

La familia estaba encauzada, el padre tenía un trabajo llevadero y si respondían, las tres hijas llegarían a algo, y ellos, mis padres, se sentirían satisfechos porque habían puesto en ello todo su empeño. 

Muchos años después, se manifestaba orgulloso porque había alcanzado el mayor de los vuelos, la formación a través de sus hijas, y el conocer otros horizontes abiertos, como él, hasta el final.

©María Olmo Ruiz-Ángel Carrasco Sotos

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