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martes, 28 de mayo de 2013

Toponimia menor del Santiaguillo - Un viaje con Marcelo Ruiz Parejo

Marcelo frente a la puerta del castillo de Santiaguillo

Hace unos días pregunté a nuestro provenciano director del instituto que indagase en la localización de algunos puntos del Santiaguillo (Santiago de la Torre) y de El Provencio que aparecían en la mojonera antigua entre los términos de estas poblaciones y Las Pedroñeras. Otras veces me ha ayudado solícitamente y con la diligencia que le caracteriza, recurriendo a familiares y paisanos si ha sido preciso. Él es así. Pero en esta encomienda me dijo que la persona que mejor podía indicarme todo lo que del Santiaguillo precisase era Marcelo Ruiz Parejo, que había vivido allí toda la vida. No andaba errado desde luego. Así que permitidme que os narre esta pequeña historia, que es viaje, al lado de este provenciano de pro recorriendo los campos del Santiaguillo.


Conocer a Marcelo ha sido todo un placer y una gratísima experiencia. Con sus 91 años conserva aún una clarividencia que ya quisiéramos para nosotros muchos "jóvenes". Nació en 1922, según me dice; no en el Santiaguillo, que era donde sus padres (Félix y Josefa) vivían, pero casi, pues su madre fue a El Provencio a dar a luz y luego volvió de nuevo con su retoño al Santiaguillo. Félix Ruiz Ortiz, su padre, era el encargado de la finca por aquel entonces, cuando los dueños del castillo (en una de cuyas dependencias vivían los padres de Marcelo) eran don Alfonso Morcillo y Dolores Urrea (que era quien lo había heredado). Por aquel tiempo en el Santiaguillo solo estaba el castillo, la pequeña iglesia y un corral de ganado. Las casas que hoy configuran una pequeña aldea abandonada se construyeron posteriormente. La familia de Marcelo aún conserva las suyas, que cada vez visitan menos.

 
Marcelo fotografiado junto a su casa en el Santiaguillo

Marcelo es memoria viva, una fuente inagotable de información. Todo el que quiera conocer todo lo acontecido en Santiago de la Torre (o Santiago el Quebrado o simplemente Santiaguillo) desde antes de la guerra, tendrá que consultar inevitablemente con él. ¡Cuántas anécdotas, noticias, hechos de la más variada naturaleza no podrá contarte Marcelo! Y a ello animo: a que los cronistas e historiadores provencianos se acerquen a su persona para indagar y tomar datos. Marcelo, ya os lo digo, os atenderá de buen grado.

Gracias a Marcelo he podido saber de un aljibe frente a las casas que yo creía pozo, el cual recogía el agua de una corriente que pasaba cercana al castillo. De cómo el molino de su término (propiedad de los Acacio entonces) dejó de moler en los años 30. También de los hornos de yeso del Prau, unos 6 o 7, de los cuales su padre se encargaba de cobrar (hasta 6 duros) por cada hornada y de los cuales quedan tan solo unos pocos restos de uno de ellos. También de las trampas que se hacían para pagar menos. En fin, Marcelo, que es un auténtico pozo de conocimiento, me menciona incluso el nombre de los mayorales pedroñeros que han pasado por el castillo: Dimas y Amalio Escudero, como también del alberqueño Máximo Cerrillo.

Pozo en Canforrales

Me habla por añadidura de cómo, hace pocos años, unos curas vinieron a llevarse las campanas de la espadaña de la iglesia, dejándola desmochada, derrotada, como hoy está, y, de paso, saqueando el interior del pequeño templo, rapiñando lápidas, la pila del agua bendita o la bautismal, que él cree que trasladaron a Belmonte. Y de cómo esos curas (cuesta creer todo esto), cuando los ladrillos de tal espadañaa yacían amontonados en el suelo, le espetaron: "Ahí tienes, Marcelo, para hacerte un corral". ¿No es increíble?

En fin, termino dando una vuelta con Marcelo por todo el término del Santiaguillo anotando toda su toponimia menor porque no me gusta que estas cosas se olviden. La apunto en mi mapa: el cerro la Horca, el Almadén, la Carrasca Enana, el Calvario y un par de decenas más, todos interesantes por motivos diversos. Y volvemos al fin a El Provencio en amena conversación, después de parar a observar unos pocos flamencos hoy aposentados en esa laguna artificial creada con el último desbordamiento del Záncara (por aquí tenéis las fotos que tomé hace unas semanas). Ya en su casa me muestra una foto aérea del Santiaguillo, de los años 80, que tiene colgada presidiendo su comedor y que ya os dejaré por aquí.

Un placer, en definitiva, el haber podido charlar con Marcelo, con el que contraigo una deuda impagable, y de la que quedo plenamente satisfecho. Regreso a casa, sabiendo que en la carpeta en que guardo mis apuntes llevo un tesoro. Gracias, Marcelo.



©Ángel Carrasco Sotos

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