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sábado, 31 de marzo de 2012

Escritores ilustres de Las Pedroñeras - Florencio Díaz Izquierdo

Pedroñeras 30 Días, número 80, mayo de 2008


No sé si ilustres; quizá sería mejor decir “destacados”, al menos en su época y en un determinado círculo provincial. En todo caso plumas firmes de las cuales iré trayendo a estas páginas algunos fragmentos de sus escritos. 


Comenzaré este repaso, siempre superfluo y limitado, con Florencio Díaz Izquierdo, quien escribiera diversos artículos en el periódico El Día de Cuenca y en otras revistas regionales, siempre el hombre muy preocupado por la pedagogía y la educación del pueblo, si bien, como puede comprobarse si se hojean sus escritos, siempre abierto a otros temas de diversa índole, y dejándonos muestras constantes de su claridad de ideas y de su escritura rotunda a la par que fluida y embriagadora. 

Florencio Díaz Izquierdo se casó en Pedroñeras en 1919 con María del Carmen Rubio Ballesteros, de cuya unión nacería un año después María Teresa. 

En el número 71 (del año de 1913) de la popular Revista Regional Ilustrada que llevaba por título Vida Manchega, publicada en Ciudad Real, nuestro paisano don Florencio –que sería quien inaugurase como maestro el “Colegio Cervantino” en 1916 y luego ejerciese como alcalde durante unos años–, publicó el siguiente artículo, que titula PUEBLERINAS y subtitula La siega. El texto, un hermoso cuadro de costumbres, está firmado por su autor en Pedroñeras, en el mes de julio de 1913. Juzguen ustedes de la valía de nuestro autor y saboreen de paso el recuerdo de cuando se iba al campo a segar a mano bajo el tórrido sol del estío. 


Pueblerinas. La siega (por F. Díaz Izquierdo): 

“El pueblo está triste, más triste que nunca. Déjase caer el sol con una violencia irritante. La intensidad de la luz martiriza los ojos. Repiten los grillos con prisas de tableteo de sus ansias, y desde lo alto de los árboles, las cigarras en son de protesta, rugen rabiosas, sin descanso. 

El campo, este vasto campo manchego tan pródigo, muestra grandes planos secos, duros, tostados. Contrastando con las asperezas de este rudo paisaje, las pequeñas parcelas que forman las huertas con sus blancas casitas y rodeadas de árboles, reverdecen, puntos diminutos de la colosal llanura que se extiende ante nuestra vista, en la que se retuercen, abrasados, unos trigales rubios, de pletóricas espigas, de altivas cañas, desafiadoras de hoces y de guadañas, y cuyo arrullo se asemeja a sombría música de dolor. 

De los tortuosos y angostos caminos levántase un polvo calcinante que ciega, que sofoca, que desespera. A lo largo de ellos bajo una lluvia de fuego espesa y continua, caminan las campesinas montadas sobre retozantes jumentos, con sus grandes sombreros de paja a la cabeza, con sus sayas burdas, cortas y ondulantes, coloradas y sanas, airosas y satisfechas, ostentando en las “aguaderas” el cántaro de sabroso morapio, la panzuda olla, la negra sartén, las verdes hortalizas, el resobado pan, a llevar de comer a los hombres, a esos membrudos y torrados hombres que siegan desde muy temprano; desde las cuatro, desde las tres, quizás antes; hasta las ocho, hasta las nueve, quizás después. Llevan el sustento de sus maridos, la comida de sus hijos, la salud y la fuerza de sus hombres, que ahora trabajan mucho, sudan mucho; pero ganan, ganan bastante para el sustentamiento de la familia allá en los meses del invierno. 

A paso reposado, vuelven las galeras cargadas de mies, tiradas por sudorosas y jadeantes mulas. Al contestar el afectuoso saludo de los conductores, las campesinas, despiden mayores bríos contra sus jumentos que siguen veloces la carrera. 

Llegan al hatillo, sueltan bajo la sombra formada por haces la bendita carga y aguardan la llegada del atador que ordena el alto. Entre tanto las hoces, despidiendo hirvientes reflejos, acompasados y seguros, clavan sus dientes en las altivas cañas y abaten riendo en zis-zas cadencioso a las doradas espigas, una madre cuyo hijo menor hubo de quedar en el hato, tómalo en sus rollizos y ennegrecidos brazos y le da el sabroso néctar de la vida. 

Detrás de los segadores, queda un campo triste, campo de grandezas vencidas; suelo cubierto de orgullos pisoteados; lecho de arrogancias humilladas, que traen a la memoria la altivez derruida de los que no pensaron nunca en la prosperidad, la inmediata decadencia. 

Los hombres rudos del campo, estos hombres fuertes e intrépidos que se mueven en un ambiente de llamas, sobre un piso de espinas, siguen impasibles en su tarea de derrocar engreimientos. Las flácidas gavillas van cayendo al suelo y sobre ellas suele posarse de vez en cuando el pie monstruoso brutalmente calzado del segador, y las espigas como última venganza, pretenden arañar la piel de estos hombres musculosos y tostados es muy dura, y las espigas en vez de arañarla, parece como que la acarician... 

Por fin la voz ansiada, áspera y rotunda, pronuncia el consolador: “Basta, a comer”. Caen las hoces al pie del enemigo; corren los hombres al encuentro de las mujeres; rocíanlas con frases que queriendo ser galantes y obsequiosas, resultan groseras y procaces; devuelven pellizco por pellizco y palabrota por palabrota, y todos contentos y alegres, sin pensar en altiveces, orgullos ni luchas, comen con buen apetito y mejor humor, gozosos y satisfechos de poder saborear el contenido de aquellas panzudas ollas y negras sartenes, que luego en el mal tiempo, en los cortos meses del año, largos por la escasez, dormirán vacías y yertas en los limpios vasares.” 

Otros escritos de Florencio Díaz Izquierdo en esta revista ciudadrealeña son “El cuerpo de maestros militares” (nº 60; 1913), “La inteligencia y el corazón. Resurgir” (nº 63; 1913), “Campesinas. Pesimismo y optimismo” (nº 76; 1913), “Albur. Cuentos de Vida Manchega” (nº 115; 1914) o “Amores y amoríos” (nº 190; 1917). 

[Continuaré dando noticia de estos nombres olvidados en otros números]. 

©Ángel Carrasco Sotos

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