por Vicente Sotos Parra
Solía ser por las tardes cuando se acudía a la iglesia para que el cura de turno diera esas clases para aquellos pillos del pueblo de entre seis y nueve años. Era don Miguel quien impartía tales clases. Allí estaban rodeados de amigos, de muchos conocidos y de otros menos y siempre se juntaban en la escuela en el recreo; parecía que entre ellos había amistad siempre. Las diferencias salían a relucir de alguna forma por la más mínima cosa, siendo esto motivo de gresca, que a la media hora, como nube pasajera, se diluía. Esa tarde -no se sabe el motivo- todo el altar estaba cubierto de una neblina que le daba un aire de misterio por no saber de dónde venía ni cómo había podido llegar hasta allí.














